En el debate público sigue campeando
la discusión estéril en torno a la distribución del poder, más que la disputa
seria entre ideas y programas para su ejercicio. Esta carencia produce la
inmovilidad en diversas arenas de la vida pública y el atraso en el nivel de
vida de la sociedad. Pero la ausencia de un debate político alrededor de
políticas públicas, sólo es producto de la ligereza con que se explican los
fenómenos políticos y los incentivos perversos de nuestras instituciones.
Hay varios elementos institucionales
que motivan a los políticos a enfrascarse en debates que no dirigen a ningún
lado y hay otros que reducen los costos de que lo hagan. Por un lado, la
centralidad del acceso al poder como problema, y por otro, los mecanismos
institucionales para lograrlo. Los políticos profesionales toman sus decisiones
para resolver sus propios dilemas de ambición política. Mientras la lógica de
la competencia por el poder no los dirija centralmente a encapsular los
intereses de sus electores, ningún político tendrá los incentivos para resolver
los problemas públicos de manera consistente.
La transición a la democracia es un
proceso histórico concluido. Las reglas de la democracia como mecanismo de
selección de gobierno están establecidas y han sido eficaces al respetar y
agregar la voluntad de los ciudadanos. La consolidación de la democracia
mexicana requiere discusiones en torno al ejercicio del poder. Debemos
transitar de la discusión de cómo obtener el poder para pensar cómo debe
contenérsele. La agenda política de reformas de las siguientes legislaturas
tendrá que ir en ese sentido si se aspira a la consolidación de los espacios
democráticos.
La reforma electoral está en el
centro del debate legislativo y es una prioridad del próximo presidente. Ambos
poderes se asumen convencidos de que las reglas no funcionan y deben cambiar.
El diagnóstico surge de la presión y el descontento perredistas.
Nada más alejado de la razón que ver en la competitividad electoral un
problema. Si los márgenes de diferencia entre competidores políticos tienden a
reducirse, los incentivos gubernamentales para mejorar la función pública se
incrementan.
Ante un escenario deseable en una
democracia joven, los políticos oportunistas proponen mecanismos electorales
que relajen la competencia. Peor aún proponen reformas electorales como
respuesta a problemas de los que no podrán ser solución y en cambio, generan
otros tantos. Así ocurre, por ejemplo, con la segunda vuelta electoral.
La segunda ronda como método de
elección, sugieren algunos, habría evitado una elección tan cerrada entre AMLO
y Calderón. Falso. No hay ningún elemento que garantice que una contienda entre
dos alternativas será menos competitiva que otra entre un mayor número de
alternativas. Por otro lado, la segunda ronda garantiza que el ganador no sea
aborrecido por una mayoría del electorado, pero también es cierto que en tanto
el elector es racional y los medios de comunicación dotan de información
suficiente para que el votante calcule las probabilidades de victoria de sus
alternativas, en una sola ronda electoral se tiene este mismo escenario.
El número de partidos tendería a
incrementarse en un escenario donde se favorece la competencia de perdedores.
Este elemento no sólo resulta en un incremento de los costos de financiar más
agrupaciones políticas sino en el acceso de nuevas y pequeñas fuerzas
legislativas que sólo dificultarían los acuerdos entre poderes. En este mismo
sentido, la fragmentación del sistema de partidos sería caldo de cultivo para
la aparición de buscadores de rentas en el acceso a
El problema se centra en el
diagnóstico de los problemas. En la medida en que las discusiones sean
establecidas sin aspiraciones técnicas y sólo integren elementos de
conveniencia política los argumentos seguirán ausentes del debate público. Pero
para ello es necesario modificar los incentivos que las instituciones generan.
En la medida en que los legisladores tienen como único instrumento para
continuar sus carreras políticas, la aprobación de sus dirigencias partidistas,
el trabajo y las discusiones legislativas están marcados por el conflicto.
Prevalecen los golpes sobre los argumentos.
En la medida en que los legisladores
sean sujetos a la rendición de cuentas por el electorado, a través de la
posibilidad de aspirar a su reelección inmediata, incrementarán los incentivos
de los legisladores a allegarse de mejores apoyos técnicos y de
profesionalizarse en la experiencia parlamentaria. Sus futuros políticos ya no
estarían únicamente determinados por sus partidos sino por sus electores. En
última instancia, lo que se sugiere aquí es que deben incorporarse discusiones
respecto a la forma en que es ejercido el poder y sobre todo, la manera de
hacer debe contrastar a la práctica cotidiana, donde la ligereza y la popularidad
son valoradas por encima de la razón y la representación política.