Hasta
hace muy poco, la mayor amenaza a los procesos electorales en América Latina
venía de la derecha, específicamente, de los golpes militares. Las fuerzas
armadas usualmente recibían apoyo político de grupos de clases media y alta,
deseosos de evitar que los estratos bajos obtuvieran poder político.
Durante
los últimos años, sin embargo, la principal amenaza a los procesos electorales
en la región ha venido de la izquierda, específicamente de líderes carismáticos
y populistas que dicen tener la representatividad de los pobres. Y en una
especie de reflejo de los anteriores golpes militares de derecha, las
movilizaciones sociales de izquierda están desafiando cada vez más a la
legitimidad de los presidentes de derecha para gobernar. Como resultado de esta
dinámica, durante la década pasada fueron desbancados mandatarios en
Argentina, Bolivia y Ecuador.
La
actual crisis política en México forma parte de esta tendencia. Una serie de
reformas electorales realizadas en los 90 dieron al país uno de los sistemas
electorales más transparentes de América Latina. La elección de julio, sin
embargo, fue muy estrecha, con el aparente ganador, Felipe Calderón, que obtuvo
cerca de 224,000 votos más que el candidato que le siguió, Andrés Manuel López
Obrador, de un total de 41 millones de votos. Comprensible y legítimamente,
López Obrador pidió un recuento en algunos distritos que habían dado a Calderón
mayorías amplias. Las autoridades accedieron.
La
incapacidad para aceptar esta nueva realidad llevó a muchos, tanto en América
Latina como en el extranjero, a simpatizar, tolerar e incluso apoyar el
comportamiento ilegal y disruptivo que amenaza con socavar las instituciones
democráticas aún débiles de la región. Estas personas asumen que los movimientos
sociales, integrados principalmente por gente pobre, merecen simpatía y
compasión, aun cuando estén fuera de la ley. Sin embargo, los mitos comienzan a
desmoronarse, porque, es también cierto que muchos de los pobres votan por las derechas,
y también las clases medias. También es un hecho que la intelectualidad y
clases altas, se inclinan por las izquierdas populares.
La
problemática mexicana es compleja, porque los mecanismos republicanos, parece,
son incapaces de resolver los problemas políticos, el actuar del ejecutivo ha
sido débil y, la nueva administración entrante no termina de enseñarnos cual será
su verdadero color. Si México no logra generar el despegue económico, y, si la
otra economía pesada de la región, Brasil, no elabora sus propias reformas de
segunda generación, el panorama latinoamericano pinta mal, con economías
mediocres, democracias en papel totalmente infuncionales, con Ejecutivos débiles
que son presa del crimen organizado o los grupos económicos dominantes. México
tiene en este momento, la capacidad de convertirse en un ente de cambio, en un
ente de balance para la región. Solo se necesita que a la ya existente
convicción de ortodoxia económica, se ejecute de manera abrupta, las reformas
necesarias. Sin cometer el error de Fox, pensando que, democracia es, ingobernabilidad.