“Hay
muy pocos seres en la historia del ser humano cuya contribución en el campo de
las ideas ha generado un cambio material demostrable, para el resto de la
humanidad. Uno de ellos, sin duda, ha sido Milton Friedman.”
Alan Greenspan,
Presidente de
La libertad vive un
momento de luto. Milton Friedman, principal voz de la
escuela económica conocida como “monetarismo” y uno de los grandes campeones de
la libertad en la historia del ser humano, murió el día de ayer, a la edad de
94 años. Friedman recibió el Premio Nobel de Economía en 1976—época donde sus ideas eran
consideradas herejía en el mundo de la sabiduría convencional. A la postre, sin
embargo, gracias a sus enormes aportaciones, tanto en el plano intelectual como
en el plano de la política pública, el siglo que casi llegó a vivir, presenció
eventos como la caída del Muro de Berlín, el colapso del comunismo, el cambio
de paradigma en el pensamiento económico, las reformas en países alrededor del
mundo, los milagros económicos modernos (desde Hong Kong hasta Irlanda hasta Estonia hasta Chile), la explosión
de la apertura comercial, nuevos “rankings” como el Índice
de Libertad Económica, y mucho más.
Todos estos representan
tributos al poder de una idea: la libertad de elección. Esa fue la idea que
caracterizó el pensamiento de Milton Friedman. En las
palabras de Edward Crane,
Presidente del Cato Institute y además fundador del Premio Milton Friedman
para
Libertad de elección.
En todos los frentes: educación, política, sistema monetario, pensamiento, en
los medios, en la sociedad civil. Sin duda, Friedman
se caracterizó por su énfasis en la importancia de la moneda y las
instituciones monetarias para lograr mayores niveles de prosperidad. Esta idea,
hoy, es aceptada como parte del sentido común. Pero no hace poco, era
considerada poco convencional, sino es que locura total. En las palabras de
Alan Greenspan, quién siempre defendió patrones
monetarios como el oro, la gran virtud de las aportaciones de Friedman en la ciencia económica es que nos enseñó que sí
se puede lograr la estabilidad del poder adquisitivo en un mundo de moneda fiat, o sea en un
mundo de papel.
Friedman también se caracterizó
por sus controvertidas posiciones en temas como la reforma fiscal, el gasto
público, el llamado “bono educativo,” la flotación del tipo de cambio, así como
un sistema de pensiones individualizadas. Esta última propuesta tuvo su primera
divulgación en Capitalismo y Libertad,
y unas dos décadas después se adoptaría con éxito en Chile, y posteriormente varios
otros países alrededor del mundo.
Pero estas posiciones,
si bien objetos de críticas derivadas más del estomago que del cerebro,
reflejaban un enorme respeto por el comportamiento natural del ser humano, y a
la vez, por el poder del sentido común. Su crítica a la fuerte expansión del gasto
público la logró traducir en forma muy sencilla, pero muy poderosa: “si uno se
gasta su dinero en uno mismo, uno se preocupa mucho de cuánto se gasta, así
como de cómo se lo gasta; si uno se gasta su dinero en otros, uno sigue estando
muy preocupado de cuánto se gasta, más no tanto en cómo se gasta; si uno se
gasta el dinero de otros en uno mismo, uno no está tan preocupado de cuanto se
gasta, pero sí muy preocupado de cómo se gasta. Sin embargo, si uno se gasta el
dinero de otros en otros terceros, uno casi nunca se preocupa en cuánto se
gasta, ni en cómo se gasta.”
Estas joyas de
sabiduría común lograron resistir la hostilidad de varios políticos e
intelectuales que profesaban (que siguen profesando) el romance del ogro
filantrópico, el falso e irresponsable himno seductor de que sí hay tal cosa
como un almuerzo gratis. Gary Becker,
otro gigante de la economía, lo expresa muy atinadamente: “…todos tenemos una
inmensa deuda con este gran economista.”
Más allá de su
formidable legado intelectual, Milton Friedman
también nos deja otro legado lleno de riqueza:
A Milton Friedman lo sobreviven su esposa y eterna acompañante Rose,
otra gran economista, su hijo David, brillantísimo erudito tanto en las
ciencias naturales como las sociales, y su hija Janet—junto
con todo un universo de amistades y colaboradores en su batalla por mejorar el
bienestar humano. Nosotros tuvimos una modesta oportunidad de colaborar con
este gigante de las ideas, incluyendo la ocasión que visitó nuestro país en
1992, en un magno evento del Cato Institute Apertura en las Américas.
En marzo de este año,
tuvimos oportunidad de dialogar con él, en un foro a puerta cerrada en honor de
su legado, en las afueras de San Francisco. En ese diálogo, nos reiteró su
posición sobre dos grandes revoluciones que se dieron en el fin de siglo—la revolución
política, representada por la caída del muro de Berlín, y la revolución
tecnológica, la cual consideraba un episodio liberalizador. Esta, decía Friedman, permitirá que personas sean más productivas, con
mayor oportunidad tanto de crecer como de elegir. El efecto clave, sin embargo,
es que hará cada vez más difícil la recaudación de impuestos—y con ello,
obligará a los gobiernos a ser más eficientes en el ejercicio de su quehacer
público.
México, en la visión de
Friedman, se ha beneficiado enormemente del comercio
exterior y de la inversión. Un gobierno que se limite a lo suyo (protección de los
derechos de propiedad, seguridad y paz), es condición necesaria para el
desarrollo. O, como solía decir, el futuro de los mexicanos depende de ellos,
no de factores externos. Somos amos de nuestro propio destino.
Otra idea poderosa,
otra idea de sentido común. Una de tantas más que cambiaron al mundo, que
transformaron la forma de pensar de varios presidentes, ejecutivos, líderes,
estudiantes, hombres y mujeres. Ideas que partían de una visión sencilla pero
fundamental: una sociedad donde somos libres, libres para elegir nuestros
destinos y decisiones.
En paz descanse, Milton
Friedman…