3/9/2012
Economistas: Consecuencia del pecado original
Arturo Damm

Frecuentemente recurro en mis clases, con el fin de explicarles mejor a mis alumnos, a determinados modelos económicos, siendo mis favoritos el de la economía robinsoncrusoeniana (un naufrago al margen de la división del trabajo, por lo menos hasta que aparece Viernes, aparición que cambia las condiciones económicas de Crusoe) y el de la economía paradisíaca (Eva - las damas primero – y Adán en las condiciones propias del Paraíso), uso de este último modelo que, en una clase reciente, nos llevó, a mis alumnos y a mí, a la conclusión de que la economía, y por lo tanto los economistas, somos consecuencia del pecado original, ¡lo cual tiene lo suyo!

Antes de continuar abro un paréntesis para explicar que en mis clases uso el modelo de la economía robinsoncrusoeniana para explicar las ventajas de la división del trabajo y la teoría de las ventajas comparativas de David Ricardo (tal vez la teoría más importante de la ciencia económica), y utilizo el de la economía paradisíaca para explicar, entre otros, el tema de los bienes libres, con algunas referencias a los bienes económicos y públicos (bienes públicos que es uno de los temas de la ciencia económica en el cual reina singular confusión). Cierro el paréntesis.

¿Por qué concluimos, los alumnos y el profesor, que la economía, y por lo tanto los economistas, son consecuencia directa del pecado original? Porque lo que estudiamos los economistas, en esencia, son las consecuencias de la escasez en la conducta humana. Los economistas, pese a lo que podría creerse, no estudiamos un determinado tipo de acciones humanas, sino una determinada condición de toda acción humana. ¿Cuál? La que impone la escasez, es decir, el hecho de que no todo alcanza para todos, menos en las cantidades que cada uno quiere, ¡y mucho menos gratis!, consecuencia todo ello de la escasez que experimentamos día tras día, y con la cual hay que lidiar.

Los economistas estudiamos las consecuencias de la escasez sobre la conducta humana, escasez que es, a su vez, la consecuencia del pecado original, ya que en el Paraíso, si realmente fue tal, no había escasez de nada, ¡ni siquiera de tiempo![1], lo cual quiere decir que todos los bienes eran libres, es decir: gratuitos y abundantes, como lo es, todavía, el aire que respiramos: alcanza para todos, en las cantidades que cada uno necesita, ¡y gratis! Es de suponer que en el Paraíso, si realmente era tal, todos los bienes eran como lo es el aire en este mundo extraparadisíaco - ¡gratuito y abundante! -, por lo que no había problema económico alguno, razón por la cual no hacían falta los economistas. Pero sucedió lo que todos sabemos, Eva y Adán fueron expulsados del Paraíso, enfrentados a la escasez (se acabó la abundancia), y condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente (se terminó la gratuidad), lo cual nos permite a los economistas ganarnos el nuestro con el estudio de las consecuencias de la escasez sobre la conducta humana.


[1] Afirmación sujeta a controversia.


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