9/21/2012
Dialogar con los otros
Sergio Sarmiento

El que un presidente electo priista pueda reunirse con políticos del PRI no sorprende a nadie. Tampoco que un presidente de la república surgido del PAN se encuentre con políticos de su partido. Todo esto es parte de la normalidad política en nuestro país.

Lo que a mí me llamó poderosamente la atención el pasado miércoles 12 de septiembre fue, sin embargo, la reunión del presidente electo, Enrique Peña Nieto, surgido del PRI, con siete gobernadores en funciones y un gobernador electo del PAN. Ésta debería ser una costumbre en la escena política mexicana. Pero sabemos que en muy pocos casos se reúnen los políticos de un partido con un presidente de otro. De hecho, en el caso de los partidos de izquierda, muchos de sus militantes se han resistido sistemáticamente a tener cualquier encuentro con los gobernantes surgidos del PRI o del PAN.

La política, sin embargo, debería obligar a que hubiera más este tipo de reuniones. Hay quien piensa que esta actividad debe ser una especie de club de amigos que se ponen de acuerdo para favorecer sus intereses. Todo lo contrario. La política es el arte de conciliar diferencias. La razón por la que existe es porque todos pensamos diferente. En los temas fundamentales, sobre cómo conducir a un país de millones de habitantes, las posiciones no son solo infinitamente numerosas sino que se vuelven radicalmente opuestas. Por eso es tan importante que la política privilegie el diálogo y los acuerdos entre grupos distintos.

Los países que han tenido avances importantes en algún momento de su historia han tenido usualmente grandes acuerdos políticos. Éste fue el caso del Pacto de la Moncloa en España a fines de los años setenta que permitió tomar las medidas que modernizarían la economía española. Un caso similar lo vimos en la Concertación en Chile entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialista después de la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet. Este acuerdo permitió cerrar las puertas a la dictadura al mismo tiempo que se mantenían políticas económicas que favorecieron el rápido desarrollo del país.

En México muchos políticos no han aprendido a negociar y a tomar decisiones de manera conjunta. Piensan que ceder en algún punto es una traición a sus ideales. En vez de dialogar para lograr acuerdos lo hacen con la mirada puesta en las gradas: buscan favorecer el aplauso fácil y tratan de demostrar su superioridad ante sus rivales.

Quizá el ejemplo más patético lo hemos visto con los políticos de izquierda que se han negado a reconocer al presidente o a aparecer siquiera en algún acto en que éste se encuentre. Cuando Marcelo Ebrard, el jefe de gobierno de la ciudad de México, finalmente estuvo dispuesto a colaborar y tomarse la foto con el presidente Calderón, surgieron fundamentalistas como Marti Batres que se opusieron siquiera a ese gesto de buena fe.

Pero la política, la verdadera política, no es ni puede ser de rechazo permanente. Solamente con el diálogo y la negociación se puede hacer política.



«Regresar a la página de inicio