Hace seis años, al final del sexenio de Fox, ¿qué se decía de la economía mexicana? En primer lugar se señalaba la estabilidad alcanzada: inflación controlada alrededor el 4 por ciento anual; tipo de cambio peso - dólar flotando libremente en el mercado cambiario, lo cual permitió conjurar, no las depreciaciones pasajeras, pero sí la amenaza de las crisis devaluatorias; tasas de interés sin sobresaltos ni brincos, si bien es cierto que con un considerable diferencial entre las pasivas y las activas, estabilidad que fue el resultado del manejo relativamente prudente, tanto de la política fiscal, de parte de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, como de la monetaria, responsabilidad del Banco de México. En segundo término se señalaba el poco dinamismo de la actividad económica, caracterizado por bajas tasas de crecimiento en la producción de bienes y servicios y, por ello, en la generación del ingreso, con la consecuencia inevitable de un desempleo creciente, poco dinamismo que fue la consecuencia de la falta de reformas estructurales, cuyo objetivo general debe ser elevar la competitividad del país, definida como la capacidad de la nación para atraer, retener y multiplicar inversiones directas, que son las que abren empresas, las que producen bienes y servicios, y las que crean empleos, inversiones directas sin las cuales no hay crecimiento económico.
Hoy, seis años después, al final de la administración de Calderón, ¿qué se dice de la economía mexicana? En esencia lo mismo: se aplaude la estabilidad alcanzada (¿y consolidada?) y se critica la falta de dinamismo de la actividad económica; se reconoce que la primera es consecuencia del manejo prudente de las políticas fiscal y monetaria, y que la segunda es el resultado de la falta de reformas estructurales, de la cuales, al cuarto para las doce, se concretó una, la laboral, necesaria más no suficiente para apuntalar la competitividad del país, y hacerlo más seguro y confiable, para las inversiones directas que, definidas como todo gasto destinado a producir más y mejor, son la causa eficiente del progreso económico definido como la capacidad para producir más y mejores bienes y servicios, para un mayor número de gente.
¿Lo bueno de los últimos seis años? Se mantuvo (¿se consolidó?) la estabilidad económica. ¿Lo malo? Siguieron pendientes (a excepción de la laboral, que se concretó al cuarto para las doce; ¿será la primera de todas las que se necesitan?) las reformas estructurales, es decir, el fortalecimiento de la competitividad del país. En pocas palabras más de lo mismo: estabilidad con falta de dinamismo.
Dentro de seis años, al final del sexenio de Peña Nieto, ¿qué se dirá de la economía mexicana? Soy economista no adivino, y no sé lo que se vaya a decir, pero sí sé qué es lo que deberá decirse: crecimiento elevado general y sostenido de la actividad económica, acompañado de la creación de más y mejores empleos, más productivos y por ello mejor pagados, y todo ello en un entorno de estabilidad económica. ¿Es posible? Sí. ¿Es probable? ¿?