El tremendo 2012 ha alcanzado la fecha que hizo tremendo a este esperadísimo año: 21 de diciembre. Es decir: hoy, hoy que esto escribo. Pero a pesar de que el solsticio invernal ya ha pasado y el día se acaba, no parecen haber sido certeros los tremendos pronósticos: no se acabó el mundo.
Ha quedado demostrado, una vez más, que siempre son azarosos los pronósticos, especialmente si se refieren al futuro: el pronosticador queda en ridículo. Recuerdo claramente (septiembre de 1965) una psicosis de ovnis en la ciudad de México, que según se anunció, culminaría con un desfile de platillos en Reforma. Al Ángel de la Independencia llegaron las turbas, azuzadas por la tele y los periódicos. Fue tal la frustración que se quemó el tema. En el DF nunca más se habló de platillos voladores, hasta hoy. Creo que algo así pasará con el tremendismo de la malinterpretada profecía maya.
Y es que aunque los mayas no hayan sabido pronosticar su propia extinción, hay que darles el mérito de identificar una de las grandes ocurrencias de la historia, que la ciencia no niega: la precesión de los equinoccios y los alineamientos precisos de nuestro planeta con el resto de nuestra pequeña galaxia. A eso que es ciencia, se suma hoy la espiritualidad, y no sólo con la novísima del new age. Para la antiquísima doctrina china del Tao, el solsticio de invierno es la más sagrada fiesta del calendario: nace el Nuevo Sol.
Los de mi rodada recordarán que a partir de 1967 cantábamos el nacimiento de la Era de Acuario, otro fenómeno con bases científicas (me refiero, claro, a la ciencia de la astrología). Cada una de las doce eras zodiacales dura aproximadamente 2,150 años, y a partir de hoy se cierra un ciclo, identificado entre otros por los mayas, de 25,800 años. Esa cuenta larga es apenas un tic del despacioso reloj de nuestro planeta.
Desde hace unas dos décadas observo un gran cambio de época: vivimos un tiempo apocalíptico. No tiene éso que ser negativo o perjudicial. Literalmente, Apocalipsis significa revelación, pero no de grandes males sino de grandes cambios. Estamos en el fin de los tiempos: el fin de ciertos tiempos. Un ánimo apocalíptico significa, de alguna manera, que muchas cosas pueden pasar.
No es nueva en México una esperanzada expectativa ni somos ajenos a los Apocalipsis. Hablando de prehispánicos, los ya de por sí esclavizados y canibalizados habitantes del Anáhuac sabían que vivían un tiempo apocalíptico. Profetizaban, con esperanzas de salvación. Y para fortuna de la raza mexicana, Quetzalcóatl-Kukulcán cumplió su promesa de regresar, y lo hizo bajo la forma de hombres blancos y barbados en naves transatlánticas. Esos claroscuros hombres, bajo los contradictorios signos de la cruz y la espada, dieron fin a la demoníaca sangría de corazones humanos, que así pretendía agradar al tan sangriento como diabólico Huitzilopochtli y al archienemeigo de la serpiente emplumada, el negro Tezcatlipoca.
Pero basta de incorrección política y regresemos al tema. Si el 2012 fue un buen año, el 2013 parece que lo será también (salvo la peor opinión, acción y omisión de la Fed y Mr Bernanke, Goldman Sachs, Grecia, Francia y demasiados etcéteras). Pero aunque el gigantesco castillo de papel-moneda color euro o color dólar se derrumbe, ¿no será un triunfo de la verdad y la derrota de una gran mentira: la de la moneda ficticia, la del dinero-invento de papel y de bits cibernéticos? Al derrumbarse una gran mentira hay gravísimos daños, pero ¿hasta cuándo transigir con la mentira? Al mundo le urge un cambio de época. Un cambio de estados de ánimo. Un cambio de visión rumbo a una de armonía, serenidad, espiritualidad.
El cambio es de velocidad; urge que mengüe la locura, la codicia, los peores talantes del macho Alfa que por demasiado tiempo han sido paradigma occidental del éxito. Al planeta le urge detener su inercia autodestructiva. Parar una locomotora desbocada que se está descarrilando y podrá provocar peores daños si no se le mete un frenón. Creo que ese tiempo ha llegado.
Me autocito. Hace poco más de un año escribí esto que me parece aún más pertinente hoy:
“No es el fin sino un nuevo comienzo. Vivimos un tiempo privilegiado: atestiguamos un cambio de época, una de las grandes divisiones de la historia. Para seguir con los chinos y su célebre maldición, vivimos tiempos interesantes: nace una época yin, luego de la ilimitada aceleración estilo yang. Un estilo yin evoca un ánimo de paz, cercanía con la tierra y la verdad, serenidad, valores permanentes. Evoca paz y estabilidad, menor velocidad, más sensatez y ahorro, modestia, humildad, espiritualidad. El actual colapso es del ego, la arrogancia, la soberbia, y sus infinitas consecuencias. ¿Qué no más bien habría que celebrarlo?
“Bajo auspicios acuarianos, soplan vientos milenarios que a todo reverdecen. Se habla del estilo yin como más acorde con lo femenino. A lo mejor por eso me gusta tanto.”
Desde hace más de 25,800 años contemplan la cuenca del Anáhuac dos colosos nevados: un macho que humea y a veces eructa fuego y lava, y una mujer. La mujer dormida —que eso quiere decir Iztaccihuatl— se despertará para dar a luz un tiempo un poco mejor.
Lo creo firmemente. Con y sin las tendencias astrológico-espirituales-sesentayocheras-neoprehispánicas, México es importante para ese gran cambio de era, y no porque abunden quienes se encaraman vestidos de blanco a las pirámides cada 21 de marzo (aunque a veces la primavera llegue el 20). Hoy, gracias a nuestra antigua historia maya, fuera y dentro de sus zonas arqueológicas, México está repleto de gente que espera y trae un mundo de mayor armonía.
Eso no es estéril. La confluencia de muchos miles meditando y pensando simultáneamente en cosas constructivas, beneficia y sinergiza la coherencia mental. México, a pesar de un ánimo quizá supersticioso, es finalmente un espacio donde muchos buscan algo de amor y paz.
No sólo me impele para decir eso la cercanía de una época que invita a renacer —el nacimiento del niño más importante que en este mundo ha vivido— sino por muchos indicadores materiales y espirituales más: es este el tiempo de México. El futuro ha llegado a nuestra tierra.