1/29/2013
Una viajera extraordinaria a París
Fernando Amerlinck

En el vuelo de Air France que salió de México la noche del miércoles 23 de enero viajaba una mujer asombrosa, que de una manera destacadísima ejerce un noble y meritorio oficio.

Era Alondra de la Parra, directora de orquesta. Viajaba a Munich para interpretar música junto con el Bach Collegium y la Filarmónica de esa ciudad. Su propósito, festejar con música el nacimiento de uno de los mayores hombres que en este planeta han existido: Amadeus Mozart, quien nació en la fecha en que esto escribo, hace 257 años. Una mujer enamorada de la música, que ha destacado como directora, y que no piensa en que es mujer porque no tiene tiempo para ello; su oficio y empeño es hacer el mejor arte posible.

A Alondra de la Parra no la recibió en el aeropuerto el canciller de Francia, ni le extendió una alfombra roja. No viajó en primera clase, con boleto pagado quién sabe por quién. Y no se hospedó en el hotel Bristol, uno de los más caros de una de las ciudades más caras del mundo, en pleno Faubourg Saint-Honoré, una de las calles más popofientas de París. Cerquita del Palacio de l’Élysée, sede del poder presidencial de la V República.

Tampoco la recibió en l’Élysée el presidente de Francia ni le dieron trato de heroína. Sin duda ese presidente ni siquiera sabía que venía en el avión, y muy poco le habría importado. ¿Cuándo se ha sentido menos un hombre de poder, que una vulgarísima directora de orquesta?

Sí que le dispensó máximos honores a otra viajera; alguien que (independientemente de su ya nunca comprobable inocencia o culpabilidad) jamás ha dado algo interesante a la humanidad, a los franceses o a los mexicanos. Pero bien que la recibió con toda consideración, tras de enjuagar con champaña su agotador viaje; y con más prensa y fotógrafos y reflectores. Vamos, ni tuvo que pagar taxi para transportarse a su hotelazo.

El presidente de Francia es temporal y olvidable, tanto como su antecesor. Más útil ha sido Pablo Moncayo que Álvaro Obregón, y Octavio Paz que Luis Echeverría. Nadie sabría de Hieronymus von Colloredo, príncipe arzobispo de Salzburgo, si no fuera por las trastadas que propinó al divino Mozart.

Así recordaremos a Hollande, y así al típicamente arrogante, soberbio, imperial Sarkozy: como quienes escupieron sobre un país amigo al arropar y dar tratamiento de prócer de la República Francesa a una sospechosa del más abominable delito; gobernantes que con sus injurias casi han declarado una nueva Guerra de los Pasteles contra México. Y Florence Cassez pasará a la historia no por sus incomprobados y ya incomprobables delitos o inocencia, sino como la partícipe de un caso en que quedaron en la picota las instituciones mexicanas de “justicia” y sus transgresiones, sus prácticas ilegales, su estupidez, su estulticia, su arrogancia, su abuso contumaz contra el derecho ajeno. Para eso, si acaso, habrá servido esa mujer que en mala hora pisó nuestra tierra.

Alondra de la Parra sí ha hecho algo de valor; ha dado verdadero brillo al arte, gracias a su esfuerzo personal y amor a la música. Ella sí porta, y muy alto, el nombre de México. Finalmente, ¿qué nos pueden importar ante eso los mediocres, efímeros, presumidos, olvidables presidentes franceses?



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