3/29/2013
El empresario y la riqueza
Arturo Damm

No deja de llamarme la atención que muchos empresarios (¿influidos por la Doctrina Social de la Iglesia?) se consideran administradores temporales de la riqueza, siendo que de hecho son, ¡sobre todo los verdaderos empresarios!, mucho más que administradores de la riqueza: son los creadores de la riqueza, sobre todo si por riqueza entendemos, como debe ser, los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades y no, como pudiera erróneamente creerse, el dinero, que no pasa de ser el medio de intercambio de la riqueza, pero no la riqueza, y a la prueba me remito: Robinson Crusoe, con cien mil millones de dólares, náufrago en su isla, al margen de la división del trabajo y de los intercambios comerciales, se muere de hambre; el mismo personaje, con la misma cantidad de dinero, en Manhattan, es Carlos Slim multiplicado por 1.4, pero no por los cien mil millones de dólares, sino por cantidad de bienes y servicios (satisfactores) que se pueden comprar con tal cantidad de dinero en Manhattan. La riqueza no es el dinero sino los satisfactores (bienes y servicios) que compramos con ese dinero.

Lo anterior viene a cuento porque hojeando el Reporte de Actividades de la Fundación Carlos Slim, en el apartado en el cual se exponen sus principios, leo, en el punto cuatro, que “el empresario es un administrador temporal de la riqueza, (y que) su función es manejarla con eficiencia: creando empleos, pagando impuestos, con efecto de desarrollo económico en su sociedad”, nada de lo cual tiene que ver con la esencia de la empresarialidad, que dista mucho de ser la administración –desde gestión hasta cuidado–  de la riqueza.

El empresario crea riqueza, para lo cual inventa mejores maneras de satisfacer las necesidades de los consumidores, es decir, imagina y hace realidad mejores satisfactores, tal y como ha sido el caso, paradigmático de las últimas décadas, de los teléfonos celulares o de las computadoras personales, siendo que en ambos casos los de hoy son muy superiores (menor precio, mayor calidad y mejor servicio) a los de ayer, producto de la empresarialidad, es decir, de la capacidad (pienso en Steve Jobs o en Bill Gates) para imaginar y hacer realidad, no solamente más, sino mejores bienes y servicios con los cuales satisfacer necesidad, gustos, deseos y caprichos.

Corta, muy corta, se queda la visión del empresario si se le concibe, nada más, como un administrador de la riqueza, siendo que es mucho más que un simple administrador de la misma: es su creador, creación que hace del empresario la causa eficiente del progreso económico, definido como la capacidad para producir más y mejores bienes y servicios, servicios y bienes que deben ser imaginados (inventados) y hechos realidad (producidos), consistiendo en ello la esencia de la empresarialidad y la aportación del empresario al bienestar de los demás, aportación innegable desde el momento en el que los demás, que en este caso somos los consumidores, estamos dispuestos a pagar un precio por lo que el empresario nos ofrece.



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