El martes pasado por la noche –para aprovechar las horas de mayor audiencia televisiva- se celebró el quinto informe del Presidente de Estados Unidos Barack Obama con un discurso sinuoso, discordante y con la amenaza de actuar por decreto y sin la aprobación del Congreso si éste no hacia su voluntad.
Antes de pasar a la substancia, vale la pena subrayar algo que se ha perdido por completo en México: la urbanidad y las buenas maneras con las que se comportan los principales actores políticos de EU en esta ceremonia cívica. No hubo gritos, jaloneos, insultos, ni mucho menos tomas de tribuna.
Si mal no recuerdo, en México la cortesía en los informes presidenciales se terminó en 1988 cuando el fantoche de Porfirio Muñoz Ledo, seguramente en estado “credo” –neologismo que significa entre crudo y…borracho- “interpeló” al Presidente Miguel de la Madrid en su último informe presidencial.
¿Y quién puede olvidar al diputado Vicente Fox con sus orejas de burro –en presagio premonitorio de su desempeño como Presidente- protestando en un informe de Carlos Salinas? Después, ya de plano de volvió imposible celebrar esta ceremonia cívica como lo ordenaban los estatutos vigentes por lo que hubo que cambiarlos.
De ninguna manera soy partidario de discursos presidenciales interminables y faraónicos como los que solían espetarnos Luis Echeverría y José López Portillo, de infausta memoria, o de las actitudes sumisas y adulatorias de los diputados –la morralla de la política, como solía uno de ellos en describiendo su cargo.
Simplemente, creo que es importante que en una república con régimen presidencial y con una división de poderes funcional, como la que ha existido en EU por más de dos siglos y que se empezó a dar en México en los últimos lustros, es indispensable que el Ejecutivo pueda dialogar con los otros poderes de manera civilizada.
Regresando al informe de Obama, el Presidente indicó que deseaba trabajar con el Congreso pero si éste no cooperaba, que estaba dispuesto a marchar por la vía de unilateral, lo que en el diseño constitucional de EU es sumamente riesgoso pues las acciones directas del Ejecutivo serán cuestionadas en los tribunales como violatorias de las leyes vigentes, y muy probablemente invalidadas.
Las contradicciones en el discurso de Obama también fueron evidentes. Por una parte, presumió que la economía de su país estaba muy bien y que se habían creado “más de 8 millones de empleos” pero omitió señalar que el número total de empleos en su país aún estaba 1.2 millones por debajo de la cifra previa a la crisis de 2008.
Hoy el número de desempleados “de largo plazo” –los que no han encontrado trabajo en 27 semanas o más- subió en casi cuatro millones desde el acceso de Obama al poder y es del doble de la cifra comparable hace cinco años, lo que llevó a que la participación en el mercado de trabajo esté en su punto más bajo en cuatro décadas.
Indicó que el déficit federal se había reducido a la mitad entre hoy y 2009 pero ello se debe a que se ha empezado a recuperar el crecimiento de la economía, aunque con una parsimonia sin precedente, al tiempo que Obama omitió señalar que la deuda pública de su país ha aumentado en 63% desde que se hizo cargo del gobierno.
En el tono populista que el Presidente de EU ha adoptado con creciente frecuencia, enfatizó la creciente brecha entre ricos y pobres y que la movilidad social en su país se ha reducido, lo que pretende enfrentar elevando el salario mínimo, haciendo la educación preescolar obligatoria y ampliando la cobertura médica para indigentes.
Si bien es cierto que la desigualdad ha aumentado en EU por razones complejas que habremos de explorar en futuras contribuciones, es un fenómeno que no se aliviará aumentado el salario mínimo, que puede resultar en mayor desempleo, ni forzando a los niños a asistir al kínder, que sólo beneficia al poderoso sindicato de maestros.
Lo que el Presidente no parece entender es que el camino para retomar la ruta de la prosperidad en su país, demanda de un crecimiento económico acelerado que sólo se puede alcanzar anulando la incertidumbre que él ha sembrado y los obstáculos que entorpecen la inversión privada, como la explosión regulatoria que ha ocurrido en su mandato, y el pésimo sistema tributario, mencionado solo de pasada en su discurso.