A más de cien años de control estatal sobre las escuelas normales se evidencia un lastimoso fracaso en la educación del pueblo mexicano. Las escuelas normales son las instituciones dedicadas a formar a los profesores que educan e instruyen a los niños de preescolar, primaria, secundaria y preparatorias. Pero es el caso de que nuestros niños y jóvenes no saben inglés, no les gusta leer, no tienen interés por la ciencia y tampoco son emprendedores. Varias generaciones destruidas, cientos y millones de talentos perdidos por haber recibido una educación uniforme, estatizada y mal orientada. Miles de jóvenes que no estudian, no trabajan, no saben qué hacer y mejor se refugian en las drogas o en el crimen organizado.
Las propias Escuelas Normales han sido víctimas de un mal sistema, el sistema de escuelas normales estatizadas, subordinadas y controladas centralmente por el Estado mediante la Secretaría de Educación Pública. Varias escuelas se han transformado en botines de grupos políticos, trincheras de la izquierda comunista o simplemente se han burocratizado formando profesores sin vocación ni interés por educar adecuadamente a los niños y jóvenes. De sus aulas egresan nuevos profesores que solo les interesa una “chamba” que les garantice las quincenas. Por supuesto, existen honrosas excepciones de mentores que toman en serio su papel, pero son los menos. Estos escasos mentores tienen todas las ganas de educar mejor a los niños, de innovar y actualizar los planes de estudio, pero se enfrentan a un infranqueable burocratismo y solo les queda hacer lo mismo que hacen los demás profesores, aplicando obsoletos, atrasados y deficiente programas impuestos por la SEP.
Podemos evaluar a la educación normal por sus efectos en los niños y jóvenes, efectos que se recogen mediante pruebas internacionales como la de PISA y otros donde nos colocan en los últimos lugares acompañando a los países más atrasados. También se puede ver en la escasa o nula motivación que tiene los alumnos para asistir a la escuela. Van porque los obligan sus padres, no porque sientan necesidad de instruirse y saber; van porque los padres de familia se quieren deshacer de ellos aunque sea solo unas horas; van porque en la escuela encuentran a sus amigos de vicios y placeres. Todo, menos el genuino interés por la ciencia, el conocimiento y la superación. Terminan sus estudios y no saben a qué dedicar sus vidas, es decir, pasaron sus mejores años sin abrir sus fronteras de vida.
¿Quiénes son los culpables del desastre educativo que padece el pueblo de México y especialmente los niños y jóvenes? Quizás todos hemos contribuido con una parte de culpa: Los padres de familia, porque cedieron al Estado la responsabilidad de educar a sus hijos; las escuelas porque se llenaron de profesores sin vocación de educar e instruir; los profesores, porque más pensaron en sus ventajas sindicales que en su labor fundamental; las escuelas normales porque solo se dedicaron a aplicar los planes y programas del gobierno, sin la menor crítica; la SEP porque elabora planes y programas sin sentido ni orientación; los sindicatos magisteriales porque solo les preocupa ordeñar más y mejor al gobierno; los Institutos de Investigación Educativa que solo se preocupan por reforzar el sistema burocrático; la sociedad misma porque lejos de comprender las raíces del problema calla y concede al Estado toda la responsabilidad.
En fin, todos tenemos algo que ver con el fracaso de la educación en México. Ahora el problema es encontrar la solución. Pero antes debemos convencernos que se requieren medidas radicales pues si se sigue haciendo lo mismo no se garantizan resultados diferentes.
PROPUESTAS
Estas son tan solo algunas medidas para empezar a construir a las Escuelas Normales que garanticen una mejor educación del pueblo. Se requiere romper inercias y mitos que no nos dejan avanzar. Durante un siglo hemos sufrido el secuestro de la educación de parte del Estado, pero llegó la hora en que la sociedad debe tomar el papel protagónico. Basta tener un poco de coraje y valor para corregir viejos errores.