El título de este columna parafrasea el dicho favorito del bufón Donald Trump en su reality show “El Aprendiz,” que según leo –nunca lo he visto– es una especie de concurso en el que los competidores disputan el “privilegio” de trabajar para él pero pocos lo consiguen.
El resultado del primer sufragio en el que al fin los votantes de Iowa concurrieron a elegir sus candidatos para la elección presidencial, expulsando a los encuestadores que habían puesto a Trump en los cuernos de la luna, arrojó una infamante derrota para este payaso que insulta a todo el mundo.
Ahora le podemos endilgar a él sus adjetivos predilectos de “perdedor” y “fracasado” que tanto usa con otros, al malograrse su victoria en esa primera elección frente al Senador Ted Cruz, tejano de padre cubano, nacido en Canadá, a quien Trump no había atacado hasta que se le acercó en las encuestas.
Así, hace como un mes emprendió una hipócrita serie de invectivas en las que alegaba que “le habían dicho” que Cruz no podría ser Presidente al no haber nacido “naturalmente” en EU, a pesar de ser ciudadano, pues su madre lo era y lo registró como tal, y que ello pondría a su partido en un aprieto legal.
Es previsible que Trump regrese al tema, como lo hizo por años con el Presidente Obama, a quien denunció por nacer en África, arguyendo que su acta de nacimiento acreditando haberlo hecho en Hawái era falsa, y es posible que recurra a su táctica favorita de denunciar judicialmente a Cruz como inelegible.
Me temo que no ha llegado el momento aún de cesar a este atroz payaso de la carrera presidencial, pues tiene vuelo para seguir haciendo ruido e incluso ganar en alguno de los próximos comicios que tendrán lugar en New Hampshire, pequeño estado de Nueva Inglaterra, Carolina del Sur y Nevada.
A quien no hay que perderlo de vista es a otro Senador, también de origen cubano, Marco Rubio, que cerró en un muy apretado tercer lugar pisándole los talones a Trump, y que resulta el más elegible de los tres punteros, puesto que Cruz, un fundamentalista radical de derecha, se ha hecho odiar por los dirigentes de su partido y la mayoría de sus colegas legisladores.
Del lado demócrata las cosas no le salieron bien a Hillary Clinton, quien ganó por una mínima diferencia al senador socialista del estado de Vermont, Bernie Sanders, que nadie esperaba tuviera la menor tracción en su campaña y que sorprendió atrayendo a gran cantidad de jóvenes, la mayor parte de los cuales no tiene idea lo que fue la Unión Soviética, dónde Sanders fue a gozar ¡su luna de miel!
Una ventaja de lo ocurrido en Iowa es que se han retirado candidatos que nunca fueron competitivos, como el demócrata exgobernador de Maryland, Martin O’Malley y varios republicanos, entre los que destaca el Senador por Kentucky Rand Paul.
La salida de Paul, quien caracteriza su credo político como “libertario” –lo que en el resto del mundo se llamaría liberal, quien cree en un gobierno acotado y enfatiza la libertad individual–, es importante pues en New Hampshire tiene un buen número de seguidores que quienes permanecen en la contienda tratarán de atraer.
Trump es lo opuesto a un libertario, cree en gobiernos intervencionistas y poderosos, de preferencia controlados por él, y es un ferviente devoto del uso irrestricto del “dominio eminente” del Estado, es decir, la capacidad de la autoridad de confiscar propiedad privada para usos de “utilidad pública.”
En complicidad con gobiernos locales, Trump ha intentado repetidamente usar los poderes públicos de “dominio eminente” en beneficio de sus proyectos, que quería construir en terrenos con propiedades cuyos dueños se negaron a vender. ¿La solución? ¡El gobierno expropia y se los vende a él!
Aunque perdió y me temo que habrá bufón todavía para rato, no resistió la tentación de hacerse la víctima y declaró, sin ninguna prueba ¡que le habían robado la elección! ¿A quién nos recuerda este berrinchudo?