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Reforma tributaria ideal
Arturo Damm
¿Es posible una reforma tributaria
que consiga los siguientes objetivos: que el gobierno recaude más; que los
contribuyentes paguen menos; que quienes no pagan impuestos paguen; que se
simplifique el sistema tributario; que se incentive el ahorro; que se promueva
(¡ojo!) la inversión privada; que el gobierno cuente con más recursos para
ayudar a los más pobres? ¿Es posible la reforma tributaria ideal? Hagamos
cuentas. El año pasado el gobierno federal
cobró once impuestos distintos (sobre la renta; al valor agregado; empresarial
a tasa única; especial sobre producción y servicios; sobre tenencia o uso de
vehículos; sobre automóviles nuevos; sobre servicios expresamente declarados de
interés público por ley; a los rendimientos petroleros; al comercio exterior; a
los depósitos en efectivo; accesorios) y recaudó, según información de la Secretaría
de Hacienda, 994 mil 552 millones de pesos. Por su parte, en 2008, según datos
del INEGI, el consumo privado (demanda por bienes y servicios de las familias)
sumó 8 billones 525 mil millones de pesos. Haciendo cuentas tenemos que, si en
2008, el gobierno federal hubiera cobrado un solo impuesto del 15 por ciento al
consumo de las familias, todo incluido, la recaudación hubiera sido de 1 billón
279 mil millones de pesos, ¡28.6 por ciento mayor que la conseguida con los
mentados once impuestos!, muestra de que el sistema tributario mexicano es un
engendro, una criatura sin
forma, sin la proporción debida, mal concebida, a la cual, con la reciente
propuesta de más, y más elevados impuestos, se pretende deformar todavía más. Si el año pasado el gobierno federal hubiera cobrado un
solo impuesto al consumo total de las familias hubiera recaudado 28.6 por
ciento más de lo que recaudó, lo cual demuestra que sí es posible llevar a cabo
una reforma tributaria que logre, uno, que el gobierno recaude más (28.6
por ciento); dos, que los contribuyentes paguen menos impuestos (uno solo);
tres, que quienes no pagan impuestos paguen (ya que se gravaría todo el
consumo, y todos consumen algo); cuatro, la simplificación del sistema
tributario (al tener que pagarse un solo impuesto); cinco, que se incentive el
ahorro (para pagar menos impuestos habría que consumir menos y, por lo tanto,
ahorrar más); seis, que se promueva la inversión privada (las empresas no
pagarían impuestos) y, siete, que el gobierno cuente con más recursos para
ayudar a los más pobres (porque la mayor recaudación vendría de los más ricos,
que consumen más, no de los más pobres, que consumen menos, haciendo posible la
redistribución). Las cifras avalan mi propuesta a
favor del impuesto único (ni uno más), homogéneo (la misma tasa en todos los
casos), universal (sin excepción de ningún tipo), no expoliatorio
(para que su cobro no degenere en un robo con todas las de la ley), al consumo
(no al ingreso, no al patrimonio). La propuesta tributaria del Ejecutivo apunta
en la dirección contraria, hacia la manutención y agravamiento del engendro
tributario, hacia más de lo mismo, siendo que lo mismo deja mucho, ¡pero
mucho!, que desear. Artículos relacionados :: Una verdadera reforma fiscal :: Reforma fiscal: Va de nuevo :: Por qué subieron los impuestos :: Recaudación: De menos a más (y aumentando) :: Una verdadera reforma :: Impuestos: Haciendo cuentas (y sumando) :: La madre de los mitos geniales :: Diez mentiras sobre los impuestos :: De la reforma electoral al alza de impuestos :: Sin sentido de urgencia
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