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Columnas > Sólo para sus ojos
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La tragedia del PAN... y de nosotros
Juan Pablo Roiz
Eran los días aciagos de la
primavera de 1995, cuando el gobierno de Ernesto Zedillo
tuvo que luchar a brazo partido por enderezar un barco que se hundía (México) y
a duras penas pudo contar con el número suficiente de priístas para aprobar en
el Congreso el durísimo, implacable programa económico. Sí, aquél del IVA al 15%
con su “roqueseñal”. ¿Dónde estaban los prohombres
del PAN? Criticando ferozmente al gobierno, medrando con la crisis, viendo
pasar el cadáver de su eterno adversario frente a su tienda y tal vez haciendo
las cuentas, no tanto de la tragedia del país, sino de cómo la tragedia los
podía catapultar al poder. Lo recuerdo bien: Decenas de miles de “panistas urbanos a domicilio” (no militantes, sino
seguidores o simpatizantes que salíamos del armario cada elección federal,
calladitos y ordenaditos, para votar por los candidatos del PAN, que eran
“gente decente”, GCU, “Gente Como Uno”) padecíamos, como todos, la crisis del
error de diciembre, pero también había un no tan discreto regocijo porque
veíamos en el horizonte, por fin, el ocaso del PRI. Como muchos otros yo lucía
en la defensa trasera de mi automóvil la calcomanía con la leyenda demoledora:
“A mí no me culpen, yo no voté por el PRI”. En los días difíciles de 1996-1998
cuando el último gobierno del PRI tuvo que pasar el trago más que amargo del Fobaproa, ¿dónde estaban esos mismos prohombres del PAN? En
la cámara de diputados regateando ferozmente su apoyo, poniendo condiciones
absurdas (que en ese momento habrán parecido valientes conquistas ciudadanas)
como vetar en la configuración de lo que sería el IPAB a todos aquellos que
hubiesen tenido que ver con la privatización de la banca y con su posterior
regulación (por ejemplo, Guillermo Ortiz Martínez), y a los panistas
a domicilio de las ciudades aquello nos parecía correcto, lo que tenía que
hacer una gallarda oposición, intransigente, pura e impoluta. Bravo. La “gente
decente” estaba en el umbral del poder. Y en los días igualmente difíciles
de 1998-1999 cuando el gobierno de Ernesto Zedillo ya
ni siquiera contaba con los priístas suficientes para apoyar una reforma
energética, ¿dónde estaban los prohombres del PAN? Ahí mismo en la cámara de
diputados diciendo que no, aliados inopinados de una izquierda reaccionaria y
de los “nacionalistas revolucionarios” del PRI enemigos acérrimos del los
tecnócratas, oponiéndose. ¿Por qué?, ¿acaso porque la reforma energética habría
sido un retroceso?, ¿acaso porque atentaba con los principios doctrinales del
PAN? No, a esas alturas esas cosas –como los principios, el bien del país, la
“victoria cultural o moral”, la dichosa “doctrina”- ya estaban en el segundo o
en el tercer plano, los prohombres del PAN, y con ellos decenas o centenas de
miles de panistas domiciliarios, “gente decente”, ya
estaban (estábamos) instalados en la perversa “lógica del poder”: Mientras peor
mejor, no hay que darle nada al PRI, no hay que tener piedad con esos
desgraciados que han oprimido al país durante seis décadas o más. Y nada, no
hubo reforma energética. Supongo que en ese momento los prohombres del PAN y
muchos simpatizantes, “gente decente”, vieron el asunto como una mera cuestión
táctica: Esas y otras reformas, mucho más audaces y visionarias, modernas e
impolutas, se aprobarían después, como por arte de magia, apenas el PAN llegase
a Los Pinos. Y llegó el PAN. Sin duda, estas remembranzas tienen
hoy un sabor muy amargo. Felipe Calderón Hinojosa, uno de esos prohombres panistas que se instalaron entonces en la lógica del poder,
es hoy Presidente de la República y ahora sí, ¡después de casi nueve años de
“gobiernos” del PAN instalados en Los Pinos!, parece entender que los problemas
de México son más importantes que las escaramuzas electorales del PAN, del PRI
o del PRD. Por fin, parece haber asimilado una “lógica de responsabilidad de
Estado” y voltea a su alrededor pidiendo superar las mezquindades partidistas
para no sólo enderezar un barco (las finanzas públicas) amenazado con irse a
pique, con medidas dolorosas pero necesarias, responsables, sino para hacer
reformas estructurales imprescindibles, urgentes. ¿Y dónde están ahora los “panistas domiciliarios”, esos cientos de miles, millones,
que soñaron con “el cambio” en el año 2000? Pues la mayoría sigue en el mismo
lugar, con la misma gente, haciendo lo mismo que suelen hacer las clases medias
vapuleadas: quejándose del gobierno, que –dicen- salió igual o peor que el PRI.
Haciendo gala de miopía aldeana, cuidando su parcelita, regateando el pago de
impuestos, transando porque “el que no transa, no avanza”, pero “no más
poquito”, porque aún queremos parecer “gente decente”. Convencidos de que “este
país no tiene remedio”. Cosiendo con retazos de aquí y de allá su ideología
domiciliaria, para estar en casa, en pantuflas: un poquito, muy poquito, de
liberalismo económico por aquí, mucho mercantilismo y capitalismo de compadres por
acá, otro tanto de golpes de pecho para que no se diga que no somos decentes,
algunos suspiros de nostalgia por Carlos Salinas de Gortari, que “robó, pero
reformó”. Otros seguidores panistas
ya están de lleno, aquí o allá, en el gobierno, en el federal o en el de tal
estado o municipio, haciendo su luchita con poco o mucho decoro. De todo hay.
Casi todos totalmente imbuidos de la lógica del poder. Lamiéndose las heridas
de una reciente derrota electoral, buscando culpables cercanos. Calculando su
futura carrera política. Bien, aquí estamos. Ahora
necesitamos de los “priístas responsables” para evitar el naufragio final. Algunos
debe haber, a quienes la zanahoria del poder y las lecciones del pasado podrían
haberles enseñado que el país es más importante que las mezquinas luchitas
electorales. Tragedia, dice el diccionario, es
“una obra dramática cuya acción presenta conflictos de apariencia fatal que
mueven a compasión o a espanto, con el fin de purificar estas pasiones en el
espectador y llevarlo a considerar el enigma del destino humano,
y en la cual la pugna entre libertad y necesidad termina generalmente en un
desenlace funesto”. Nuestra única esperanza es un triste adverbio –“generalmente”-
que abre un pequeño resquicio: No siempre tiene que ser así. Artículos relacionados :: Una partidocracia para llorar :: El doble juego de la oposición :: La dictadura defeña de las mayorías :: Una advertencia :: ¿Quién decide en México? :: ¿Puedo influir sobre el Congreso? :: La tragedia del PAN... y de nosotros :: Cambios en el gabinete :: Gobierno, ¿de Calderón? :: Campañas permanentes antidemocráticas
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