La visita del Presidente Electo Felipe Calderón a Canadá ofrece la oportunidad
de hacer algunas reminiscencias que pueden ser útiles sobre el papel estelar
que jugó ése país en la negociación del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte (TLCAN).
El Primer Ministro de Canadá Brian Mulroney
tomó la iniciativa de invitar a Estados Unidos a negociar un tratado bilateral
de libre comercio en septiembre de 1985, que fue aceptado de buen grado por el
Presidente Ronald Reagan,
quien procedió a solicitar la aprobación de su Congreso.
Como suele suceder en negociaciones complejas,
la que relato hoy no estuvo exenta de problemas. Ya cerca de la fecha límite
para ultimarla, dos años después de su inicio, Canadá rompió las pláticas pues
EU rechazaba crear un mecanismo de solución de controversias.
Con la intervención de los líderes
políticos de ambos países se superaron las desavenencias y se alcanzó un
acuerdo en octubre de 1987 horas antes de que expirara la autorización del
Congreso norteamericano. El acuerdo incorporó las cruciales demandas
canadienses.
Si bien el tratado aludido tuvo
dificultades para su aprobación en Canadá, ese no fue el caso en Estados Unidos
dónde a lo largo de la negociación y en el proceso de ratificación y voto en el
Congreso no hubo gran oposición a nivel popular.
Objetaron, por supuesto, industrias
en EU como aserraderos de maderas suaves y productores agrícolas, que veían con
recelo la eliminación de tarifas y el impacto negativo en sus operaciones, pero
fue una oposición marginal.
La historia habría de ser bien
distinta cuando México decidió buscar también un tratado comercial con Estados Unidos.
Cuando el Presidente Carlos Salinas
llegó a la conclusión que un convenio de esa naturaleza sería beneficioso para
el país, mandó explorar la reacción en Washington.
Al producirse el “viaje secreto” del
enviado presidencial, yo trabajaba a cargo de los asuntos económicos en nuestra
embajada en la capital estadounidense, y recuerdo haberle advertido que la
ciudad de Washington era particularmente chismosa por lo que el “secreto”
duraría poco.
Efectivamente, tres semanas después
la historia la reveló el corresponsal del Wall Street Journal
en Washington, Peter Truell, lo
que de inmediato empezó a causar gran revuelo y a forzar a los medios de
comunicación a entrevistar a funcionarios de ambos gobiernos y comentaristas entendidos
para medir los alcances de la iniciativa mexicana y sus eventuales
consecuencias.
El primer fenómeno imprevisto del
que nos percatamos fue que los hábiles diplomáticos canadienses en Washington
empezaron a ejercer su formidable influencia sobre los legisladores de EU para
ser incluidos en las negociaciones con México.
De inicio esa idea se rechazó en
México pues se pensó que la presencia de un tercer país dilataría la negociación,
pero cuando resultó evidente el daño fatal que podrían hacer los canadienses al
convenio, en caso de ser obstruida su presencia, se
evaporó la oposición y comenzaron las pláticas preliminares.
La participación de los canadienses
en la negociación del TLCAN fue para México una bendición, que no se había
anticipado, por dos razones:
1.
Ellos tenían la experiencia invaluable del convenio
bilateral que acababan de concluir que resultó utilísima para nuestros
negociadores.
2.
Su presencia dio cobertura política al gobierno de México al
disminuir la percepción entre nuestros paisanos, siempre proclives a teorías de
complots, que en una negociación a puerta cerrada con Estados Unidos
seguramente acabaríamos dando mucho más de lo estrictamente necesario.
La relación entre México y Canadá ha
florecido notablemente desde 1994, cuando entró en vigor el TLCAN, pero lamentablemente
no al grado de lo que podría haberlo hecho. Existe un enorme potencial todavía
para estrechar lazos en materia comercial, migratoria y política en beneficio
de ambas naciones.