Asistí anteayer a una interesante
conferencia organizada por el Centro para una Política Hemisférica (CPH) de
Participé en la sesión titulada Elevando
Los oradores coincidimos en que se
había avanzado en el camino de las reformas necesarias para elevar la
competitividad Latinoamérica pero que no habían llegado lo suficientemente lejos
para consolidar un éxito indudable, salvo en el caso de Chile.
Respecto a México, relaté cómo en
los años del desarrollo hacia adentro que culminaron en la crisis de la deuda
en 1982, la productividad de la mano de obra en el sector manufacturero creció
en forma muy modesta hasta que las primeras reformas empezaron a fructificar.
Cuando Miguel de
Así se inició la apertura de la
economía y se cerraron o privatizaron un buen número de las casi 1,200 empresas
que manejaba el sector público, la mayor parte de las cuáles eran de una
ineficiencia notable y aportaban a las finanzas públicas un déficit superior al
15% del PIB.
En cuanto estas reformas tuvieron
sus primeros resultados tangibles se observa que la productividad de la mano de
obra empieza a crecer con rapidez, proceso que se acelera conforme se amplía y
profundiza la ruta reformista en el gobierno de Carlos Salinas, culminando con la firma del TLCAN.
Para 1994 la productividad de los
trabajadores en el sector industrial está ya creciendo arriba del 8% anual. Por
desgracia, la crisis de diciembre de ese año pone punto final al proceso
reformista, lo que bien pronto se empezó a reflejar en un menor dinamismo en el
rendimiento laboral.
Hoy tenemos aumentos mediocres de la
productividad de la mano de obra, de entre 3% y 4%, que nos ponen en clara
desventaja frente a los países que han hecho bien su tarea, como China, India y
Chile, para citar sólo algunos, y aún con Estados Unidos cuya productividad
laboral crece por encima de la nuestra, lo que es ilógico considerando la
madurez relativa de ambas economías.
Lo anterior acredita la ingente
necesidad de acelerar el paso en las indispensables reformas pendientes lo que,
a mi juicio, será más factible en el gobierno de Felipe Calderón de lo que fue en el de Vicente Fox por tres razones:
1.
La opción populista sufrió un tremendo desprestigio desde
que López Obrador reveló su
verdadero talante golpista, antidemocrático y autoritario.
2.
Calderón tiene las prioridades claras y oficio político,
virtudes que le permitirán formular un camino reformista coherente y persuasivo
a nivel popular y construir las coaliciones necesarias en el Congreso.
3.
A diferencia de lo que ocurrió en el actual sexenio, hoy el
PRI y sus legisladores tienen los incentivos para actuar constructivamente,
sobre todo si el Presidente de
Es urgente que México gane estas
batallas pues de otra naturaleza seguirá en una ruta mediocre que le continuará
cerrando oportunidades de crecimiento y progreso, lo que impedirá enfrentar exitosamente
los grandes problemas nacionales.