Suena bonito eso
de hacer llamados vehementes a “democratizar el capital”, pero esos exhortos
serán vanos mientras no se comprenda que: 1. El capitalismo no es pecaminoso y
2. Que el primer requisito para difundir la riqueza es respetar los derechos de
propiedad de los pobres.
¿Qué tienen en común el galardonado Grameen Brank, el “banco de los
pobres” de Bangladesh, y la nueva ley mexicana del
mercado de valores?, ¿qué tienen en común más de 20 millones de pequeños
“nuevos” inversionistas en el mercado de capitales de México, a través de las Siefores, con el precario estado de la mayoría de los
registros públicos de la propiedad y la persistencia de la pobreza?
Mucho. En todos los casos mencionados el
punto central, para bien o para mal, son los derechos de propiedad. El Grammen Bank no es exitoso porque
su fundador, Muhammad Yunus,
sea una persona bondadosa (que sin duda lo es), sino porque se basa en el
respeto a los derechos de propiedad y en el cumplimiento de los contratos; la
nueva ley del mercado de valores en México es tan promisoria para la futura
expansión de ese mercado – y para promover efectivamente la famosa
democratización de los capitales- porque protege los derechos de propiedad de
todos los inversionistas, independientemente de su tamaño.
En Hispanoamérica está mal visto el
capitalismo. Una defectuosa lectura de la llamada Doctrina Social de
Esta mentalidad contrasta con la muy diversa
manera de abordar el asunto del capital
en los países desarrollados: En ellos, la democracia se practica cotidianamente
exigiendo el mismo respeto y las mismas garantías para las pequeñas propiedades
que para las grandes fortunas.
Es más que revelador que en México, por
ejemplo, algunos grandes capitalistas insistan que el caudal de los fondos de
pensiones de los trabajadores del sector privado – más de 60 mil millones de
dólares- debe invertirse en esto o en lo otro (generalmente, negocios en los
que esos mismos grandes capitalistas tienen intereses) desdeñando el hecho de
que esos NO SON FONDOS PÚBLICOS, sino que son capitales privados que tienen
dueño – individualizado en cada cuenta de las que administran las Afores- y que
esos dueños, pequeños capitalistas, son los que tienen qué decidir en qué
invertir sus recursos, no los grandes magnates ni los burócratas
gubernamentales o los líderes sindicales.
Mientras sigamos pensando que la propiedad, y
la acumulación de capital, no son derechos “convenientes” para los pobres,
nuestros esfuerzos para combatir la pobreza terminarán en ese monstruoso
paliativo que son los programas asistencialistas,
sufragados con millonarios presupuestos públicos que los políticos se disputan
ferozmente año con año.