Madrid (AIPE)- En el curso de apenas un año, han
muerto los dos incansables creadores del “Institute of Economic Affairs”
de Londres: Arthur Seldon
(1916-2005) y ahora Ralph Harris
(1924-2006). Ese Instituto es un centro de pensamiento cuya contribución al
estudio y difusión de las ideas de libre mercado, que en su día contribuyó a
cambiar la política británica de arriba abajo. Los españoles que piensen que se
trata de un centro lejano y sin importancia para nosotros se equivocan de cabo
a rabo: muchas de sus ideas han llegado hasta nosotros a través de sus
publicaciones y han influido en la política económica de ciertos de nuestros
Gobiernos; y su triunfo contrasta con el fracaso de los “think
tanks” independientes en la Península ibérica, desde
que Portugal y España han vuelto a la democracia.
En el año de 1946, un piloto de combate de la RAF muy condecorado, Anthony Fisher, había leído un resumen de “Camino de servidumbre”
de Friedrich Hayek en “Reader’s Digest”. Fue a visitar
al maestro a la London School of Economics para preguntarle qué
podía hacer para detener la caída del Reino Unido en la sima del socialismo:
¿debería entrar en política? Hayek le contestó que de
ninguna manera: el curso de las sociedades sólo lo cambian las ideas. Había que
llegar hasta los periodistas, los profesores, los intelectuales. Cuando éstos
estuvieran dispuestos a escuchar y luego a dejarse convencer, los políticos
cambiarían de dirección. Fisher le hizo caso. Tras
hacerse rico con la primera granja de gallinas en batería de Inglaterra
(¡horror! pollos poco ecológicos) fundó el IEA en 1955 y ofreció el puesto de
director general a Harris. El año siguiente entró Seldon como encargado de publicaciones y redactor-jefe. Los
dos acertaron a trabajar juntos durante un cuarto de siglo, Harris
como la cara pública del Instituto, un mago de la búsqueda de fondos privados, Seldon como el garante de la calidad de las publicaciones,
milagros de divulgación académica. Había que verles juntos: el anglo católico Harris, futuro Lord Harris of High Cross, pipa en ristre y
corbata de pajarita; el judío Seldon, tartamudo y
tímido; ambos hijos de la clase obrera
Eran momentos graves en la historia de la Gran Bretaña. El
Gobierno laborista de 1945-1951 había montado un Estado de Bienestar, con las
piezas que poco a poco habían ido colocando políticos de todos los colores
desde 1911. Mientras Alemania vivía
su milagro gracias a las reformas de Erhard, los
británicos se entregaban con armas y bagajes al keynesianismo, el control de
cambios, el control de precios y salarios, la planificación indicativa, las
pensiones públicas, la sanidad gratuita, la educación estatal. Lo peor fue que
los Gobiernos conservadores que siguieron, Churchill,
Eden, Heath, adoptaron
políticas de paternalismo conservador y socializante. Entre todos llevaron al
país al invierno del desastre de 1978-1979, “the Winter of our
dicontent”, en el que concurrieron las huelgas de la
minería del carbón, correos, transportes, recogida de basuras, de tal forma que
el suministro de electricidad a la industria se redujo a tres días por semana.
Para ese momento ya habían comenzado a
difundirse las ideas del IEA. Defensa de la publicidad comercial, libertad de
precios en el comercio, el timo de las pensiones públicas, el error de la
gratuidad de los servicios públicos, monetarismo para explicar la inflación –
sería cansado traer aquí todos los títulos de los libros y papeles publicados
hasta entonces. El milagro se llamó Thatcher. Ella
misma ha dicho que el IEA creó el clima que hizo posible la victoria del
conservadurismo liberal – esa combinación de laboriosidad victoriana y libertad
económica que los falsos liberales de la izquierda de hoy no reconocen como
suya. El Instituto se ha mantenido siempre independiente de partidos políticos
y Gobiernos de todos colores, pero sin duda muchas de las ideas defendidas por
su cuadra de autores suministró la munición para las reformas de la Dama de Hierro. También se la
criticó desde allí, en especial por el empeño en mantener el monopolio de
suministro público de salud del National Health Service, que está
fracasando como bien predijo Seldon. No puedo
resistir la cita de otra profecía de Seldon en el año
de 1980: “China será capitalista, la
URSS desaparecerá; el partido Laborista nunca volverá a
gobernar con los dogmas del pasado”.
En efecto, Tony Blair ha aprendido alguna de las lecciones del IEA, pero no
todas ni mucho menos: ¡esa manía de gastar más y más dinero en los servicios
públicos, de aumentar la presión fiscal, de procurar la entrada del Reino Unido
en el euro! Las libertades siempre están en peligro, sobre todo en España,
donde el pensamiento organizado es todo menos libre. La historia del IEA tiene
muchas lecciones para los españoles. Yo he fundado cuatro “think
tanks” liberales, todos desaparecidos, pues las
empresas y los particulares no quieren fomentar pensamientos libres que vayan a
disgustar a ministros. Cometí un error al entrar en política, pero nuestro
grupo sí consiguió que José María Aznar prestara
atención a las nuevas ideas. No estoy seguro de que sea buena idea que los
centros de pensamiento dependan del dinero público o de asociaciones
empresariales.
___* Profesor de la
Universidad San Pablo CEU y académico asociado del Cato Institute.
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