Según varios malpensados, el
sindicalismo mexicano es un resabio premoderno de épocas muy
pasadas; supérstite de la época fascista que conoció su auge cuando se
fundó el sistema político mexicano: los años 30, era de Lázaro Cárdenas. ¿Será?
Reprochan que ese progresista y
longevo monstruo prospere en un mundo contradictorio: que nos acusen de
conservadores, retrógradas y de derecha, si buscamos una sociedad libre y
abierta al futuro, para ellos volver –fuera y dentro de Oaxaca, Chiapas, anchas
zonas del DF– al cobijo de la tribu colectivista, el
ombligo estatal, las garantías de derechos exclusivos, los privilegios
monopólicos, los pliegos petitorios, el asambleísmo y
la servidumbre voluntaria. Añoran la revolución de hace 96 años y la soviética
de hace 89; por eso no son reaccionarios. Y entre postmodernas presiones por
una acelerada modernidad utilizando la más conservadora y arcaica raigambre
ideológica –premoderna pero muy avanzada y progresista–
acabamos debatiéndonos en la desmodernidad. La vida
social se sale de madre. (Si no entendiste ni maraca, ya somos dos.)
Los grandes sindicatos burocráticos
son tenaces partidarios de las fuerzas de avanzada; los demócratas de asamblea
colectiva no son conservadores ni retardatarios. Practican la democracia en
convenciones bien nacionales y bien democráticas donde votan a su estilo: a
mano alzada. Y cuidadito con el que no alce la mano. Porque con tanta
revolución tan democrática, ¿a quién le puede interesar el voto directo,
secreto y burgués?
Los más privilegiados en esta tierra
de leyes privadas son, merecidamente, los líderes, ventrílocuos de las más
sonadas demandas de
Los grandes sindipolios
manejan dinerales, pero para beneficio único y democrático de sus agremiados,
como los admirables petroleros catadores de vino Petrus
de a $25,000 la botella; tan preciso gusto y perfección enológica impide que
les caiga una auditoría. Ningún postmoderno Al Capone
sufre el enredo fiscal, privilegio reservado al sector productivo de la
economía: tú y yo; cautivos somos y en el infierno fiscal andamos. Toda auditoría, exigencia de cuentas o democracia que no sea
pública en asamblea, sería una oprobiosa intromisión en la autonomía sindical.
Y qué decir del democratiquérrimo
sindicato del Seguro Social, cuyos pleitos sucesorios atestiguan cuán grande y
generoso empeño anima a dichos servidores públicos por servir al público:
atender mejor a los enfermos, modernizar esa noble institución de
Según los antipatrióticos
malpensados de marras, la postmoderna aristocracia de Versalles
son poquísimos y poderosísimos príncipes revolucionarios. Pero no; los de hoy
sí defienden el beneficio colectivo y las grandes necesidades de empleo de
quien aún vive fuera de la ubre paraestatal de beneficios irrenunciables y
conquistas históricas. Serán ellos los mejores aliados de Felipe Calderón,
presidente del empleo; desean heredar a todititos los
mexicanos una estructura ombliguista de empleos
vitalicios bajo la potestad del presupuesto. Su empeño es declarar que los
privilegios son para privilegiar a toda
Sin embargo, estos generosos
patriotas no en todo se parecen al Rey Sol: los actuales príncipes sindicales
tienen mejor gusto estético y aprecio por las artes.