11/7/2006
La aristocracia popular sindical
Fernando Amerlinck

Según varios malpensados, el sindicalismo mexicano es un resabio premoderno de épocas muy pasadas; supérstite de la época fascista que conoció su auge cuando se fundó el sistema político mexicano: los años 30, era de Lázaro Cárdenas. ¿Será?

 

Reprochan que ese progresista y longevo monstruo prospere en un mundo contradictorio: que nos acusen de conservadores, retrógradas y de derecha, si buscamos una sociedad libre y abierta al futuro, para ellos volver –fuera y dentro de Oaxaca, Chiapas, anchas zonas del DF– al cobijo de la tribu colectivista, el ombligo estatal, las garantías de derechos exclusivos, los privilegios monopólicos, los pliegos petitorios, el asambleísmo y la servidumbre voluntaria. Añoran la revolución de hace 96 años y la soviética de hace 89; por eso no son reaccionarios. Y entre postmodernas presiones por una acelerada modernidad utilizando la más conservadora y arcaica raigambre ideológica –premoderna pero muy avanzada y progresista– acabamos debatiéndonos en la desmodernidad. La vida social se sale de madre. (Si no entendiste ni maraca, ya somos dos.)

 

Los grandes sindicatos burocráticos son tenaces partidarios de las fuerzas de avanzada; los demócratas de asamblea colectiva no son conservadores ni retardatarios. Practican la democracia en convenciones bien nacionales y bien democráticas donde votan a su estilo: a mano alzada. Y cuidadito con el que no alce la mano. Porque con tanta revolución tan democrática, ¿a quién le puede interesar el voto directo, secreto y burgués?

 

Los más privilegiados en esta tierra de leyes privadas son, merecidamente, los líderes, ventrílocuos de las más sonadas demandas de la Clase Obrera. Por eso, ni quien se queje de que el artículo 28 les garantice su carácter monopólico. Tanto, que a quien busque la abominación de no querer afiliarse a un patriótico sindicato único, hay que excluirlo; para eso hay cláusulas de eso, de exclusión. Y ni para qué atender la fruslería de que la misma Constitución diga que a nadie se puede impedir practicar una ocupación lícita. O que hay libertad de asociación. ¿Para qué, si los sindicatos son la Clase Obrera en el Poder?

 

Los grandes sindipolios manejan dinerales, pero para beneficio único y democrático de sus agremiados, como los admirables petroleros catadores de vino Petrus de a $25,000 la botella; tan preciso gusto y perfección enológica impide que les caiga una auditoría. Ningún postmoderno Al Capone sufre el enredo fiscal, privilegio reservado al sector productivo de la economía: tú y yo; cautivos somos y en el infierno fiscal andamos. Toda auditoría, exigencia de cuentas o democracia que no sea pública en asamblea, sería una oprobiosa intromisión en la autonomía sindical.

 

Y qué decir del democratiquérrimo sindicato del Seguro Social, cuyos pleitos sucesorios atestiguan cuán grande y generoso empeño anima a dichos servidores públicos por servir al público: atender mejor a los enfermos, modernizar esa noble institución de la República, y darle viabilidad financiera sin que la mellen pensiones y jubilaciones. Ante tal patriotismo, ¿a quién le importa que en la caja haya más de 500 millones de pesos?

 

Según los antipatrióticos malpensados de marras, la postmoderna aristocracia de Versalles son poquísimos y poderosísimos príncipes revolucionarios. Pero no; los de hoy sí defienden el beneficio colectivo y las grandes necesidades de empleo de quien aún vive fuera de la ubre paraestatal de beneficios irrenunciables y conquistas históricas. Serán ellos los mejores aliados de Felipe Calderón, presidente del empleo; desean heredar a todititos los mexicanos una estructura ombliguista de empleos vitalicios bajo la potestad del presupuesto. Su empeño es declarar que los privilegios son para privilegiar a toda la Clase Obrera. Decretarán el Estado de Felicidad Permanente los utilísimos e indispensables líderes sindicales de la gran burocracia. ¿Qué podríamos hacer sin ellos?

 

Sin embargo, estos generosos patriotas no en todo se parecen al Rey Sol: los actuales príncipes sindicales tienen mejor gusto estético y aprecio por las artes.



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