Un factor
poco explorado en la literatura del desarrollo económico es el papel que juegan
las clases medias en la prosperidad de las naciones. En sociedades con una alta
densidad de ingresos medios, suelen crearse incentivos para que este segmento
actúe como un bloque unido y sirva para estabilizar las demandas “clasistas”, sean
éstas propuestas radicales de redistribución o instintos depredadores de las
elites –políticas o económicas-, y por tanto, su rol resulta determinante para
la creación de la infraestructura institucional que permite a las naciones
crecer y desarrollarse.
William Easterly, el siempre inquieto economista del desarrollo,
confirma con evidencia empírica que sociedades con una polarización excesiva –riqueza,
capital humano, capital físico, étnica-, terminan por privilegiar políticas redistributivas, por encima de políticas detonantes de
Adicionalmente,
las sociedades que carecen de una clase media por lo general tienden a observar
elites depredadoras, que subinvierten en capital
físico (infraestructura) y humano (educación
y salud) por el temor que representa el surgimiento de grupos
suficientemente amplios que pongan en riesgo el status quo, lo que inevitablemente
daña las posibilidades del crecimiento económico.
La historia
económica latinoamericana se ajusta a la perfección a la evidencia de Easterly. La penosa distribución del ingreso que sufre
América Latina, con la visible carencia de una clase media estable y poderosa, no
sólo ha dañado seriamente la potencialidad económica de nuestra región (ver
informe del
La
inexistencia de una clase media favorece el surgimiento del populismo, al
alentar que líderes políticos, habilidosos y sin escrúpulos, encuentren la veta
ideal de su proyecto personal exacerbando la polarización, al situar los
problemas del país como un simple –e ingenuo- concurso de clases, los pobres vs los ricos, los favorecidos vs
los desfavorecidos, los de arriba vs los de abajo,
dicotomía que suele tener eco en amplios segmentos de la población.
Muchas son
las razones que explican la mala distribución del ingreso en nuestro país:
bajos y desiguales niveles de capital humano, un sistema legal ineficiente y
corrupto, elevados niveles de corrupción, limitado y desigual acceso a capital
financiero, regulación excesiva y ventajosa para algunos grupos, inestabilidad
macroeconómica etc. En general, un entorno poco propicio de libertad económica
que inhibe al emprendedor y castiga al innovador, y, por el contrario, alienta
al buscador de rentas.
No obstante,
hay algunas señales de que el país, por primera vez en 40 años, está colocando
los cimientos para la consolidación de una clase media estable y con voz. A
pesar de todas las críticas vertidas en contra de la administración saliente,
la realidad es que se lograron avances –insuficientes, pero no insignificantes-
en la distribución del ingreso. Se han enumerado los avances que se lograron en
materia de disminución de la pobreza, pero poca atención se ha puesto en la
expansión que observó la clase media y
el efecto que ésta jugó en el resultado electoral del 2 del julio.
Según las
Encuestas Ingreso-Gasto del 2000 y 2005, la clase media, identificada como la
población ubicada entre el cuarto y octavo decíl de
ingreso del país, pasó de tener 37.6% de la riqueza nacional, a tener 39.1%.
Ello se logró a pesar del bajo nivel de crecimiento económico observado durante
los últimos seis años.
La
combinación de estabilidad macroeconómica –bajos niveles inflacionarios que
permitieron una lenta, pero gradual recuperación del salario real, junto con
los menores niveles de tasas de interés en una generación, lo que alentó la
expansión del crédito-, los exitosos programas de vivienda y microcréditos, así como la menor carga regulatoria
a nivel federal y en algunos estados, contribuyeron al crecimiento –modesto- de
la clase media.
Bajo esta
lógica no resulta del todo sorprendente, por tanto, el veto que observó el
proyecto “alternativo de nación”, por un importante segmento de
Felipe
Calderón tiene que seguir en el camino de fortalecer, a través de políticas
públicas de calidad, al segmento de las clases medias pues hasta ahora, es la
única vacuna que han encontrado las democracias –imperfectas como son- para limitar
y vetar los instintos populistas de los siempre presentes iluminados
latinoamericanos. Seis años pueden hacer toda la diferencia.