El sector público en México ha vivido una transformación
radical en los últimos años. Desde la reconfiguración
de los mecanismos de acceso y distribución del poder político hasta las
dinámicas organizacionales para su ejercicio. El cambio, sin embargo, no ha
estado exento de estancamientos importantes en diversas áreas del actuar
público.
El gobierno mexicano es -en
palabras de
Por una parte, el marco
institucional vigente es inadecuado para las realidades políticas nuevas. Por
la otra, la distribución del poder político y los incentivos a la conservación
de esa estructura institucional impiden los cambios. La contradicción implícita
en estas dos circunstancias explica, al menos en parte, la complejidad de las
relaciones políticas y, por tanto, la función gubernamental. Es cierto que se
vienen gestando cambios y mejoras en casi todos los ámbitos de la acción
pública; sin embargo, aún es mucho lo que falta por realizar.
El Estado Federal dificulta la
instrumentación de políticas públicas que diseña, en la medida en que requiere la intensa
negociación con las entidades federativas y los municipios. Hay tres elementos
que alimentan esta problemática: 1) la ausencia de un liderazgo nacional del
Presidente; 2) la existencia de gobiernos yuxtapuestos; y, 3) la incertidumbre
en los mecanismos de coordinación entre órdenes de gobierno (no hay suficientes
instrumentos de coordinación).
Por otro lado, en el ámbito
administrativo la multiplicidad de procedimientos para crear organismos genera
inseguridad jurídica, al no dejar claras las jerarquías conforme a su método de
creación; el tamaño del aparato burocrático dificulta la comunicación y reduce
la eficiencia del sector público; hay superposición, confluencia y duplicidad
de funciones entre las entidades públicas y organizaciones; peor aún, las
formas de organización administrativa contempladas por la doctrina y la
legislación mexicanas está desfasada de la realidad contemporánea.
La democracia ha modificado la
realidad del poder. Como consecuencia de una nueva manera de acceder a los
cargos públicos, también se han generado incentivos a la renovación de las
instituciones. Sin embargo, la estructura de un sector público tan ensanchado
originó una natural resistencia al cambio dentro de las organizaciones
gubernamentales. Estos efectos contrapuestos explican, en buena medida, los
avances y rezagos dentro de
En
particular, el gobierno federal mexicano ha realizado esfuerzos importantes
para mejorar la gestión pública. Sin embargo, los esfuerzos son insuficientes y
carecen en muchas ocasiones de la articulación necesaria entre entidades
públicas y órdenes de gobierno, para potenciar la utilidad esperada de sus
esfuerzos. El problema en este sentido, se torna esencialmente político, en la medida
en que son necesarios acuerdos y negociaciones entre actores políticos
diversos. No obstante, el diseño institucional debería mejorarse para
incentivar la realización de esos acuerdos.
Los esfuerzos
modernizadores del Poder Legislativo en México deben pasar por incrementar su
papel proactivo en el diseño de políticas públicas,
pero únicamente sobre la base de la profesionalización de sus cuerpos técnicos
y de los propios legisladores. Las reformas que mejoren la calidad de su
trabajo legislativo e incentiven la formación de coaliciones parlamentarias con
el Ejecutivo son de primera importancia.
En este
sentido, se debe considerar la posibilidad de dar prioridades en la agenda
legislativa y evitar que los legisladores evadan, con la aprobación de leyes
superfluas, la discusión de los temas relevantes. En este sentido, debe
impulsarse la reelección legislativa inmediata, el fortalecimiento de las
comisiones legislativas para evitar que su trabajo especializado se pierda al
pasar al pleno, y permitir al Ejecutivo la capacidad de proponer iniciativas de
urgencia que tengan que ser discutidas por el pleno, sin importar si son o no,
finalmente aprobadas. Por último, deben plantearse reformas a la organización del
trabajo legislativo para incrementar su calidad y eficiencia.
En fin, la agenda es amplia y
requiere urgentemente la traducción de acuerdos políticos nacionales en
instrumentos jurídicos sólidos y con una pretensión de estabilidad. Este aspecto, continuamente soslayado, nos cuesta a todos. Y nos cuesta mucho.