Un político típico, que ya ha sido capturado por las
delicias del dinero público, no le tiene miedo a los problemas; por el
contrario, le encantan en la medida que los problemas justifiquen “más
recursos”. Huelga decir que el tiempo pasa, los problemas persisten o se
agravan y el político típico –acongojado en apariencia por esa terquedad de los
problemas- repite la dosis: “Necesitamos más recursos”.
Muéstrame a un político que explica que tales o cuales
problemas públicos no se resolvieron –inseguridad, desigualdad en el desarrollo
regional, deficiencia educativa y demás- porque faltaron recursos y me estarás
mostrando a un incompetente exitoso.
Habría que considerar, entre los indicadores de la pobreza
endémica de algunos países o del subdesarrollo insuperable, el número de
incompetentes exitosos que sobreviven años y décadas en la política. A mayor
número de incompetentes exitosos (políticos que no resolvieron los problemas
que prometieron resolver pero que siguen ocupando escaños en las cámaras o
puestos en los gobiernos) tenemos un indicador inequívoco de que ese país está
atrapado en el subdesarrollo.
El correlato del incompetente exitoso –digamos, don Fulano
que ha sido diputado, senador, gobernador, secretario de Estado, embajador, cónsul,
secretario particular, director de área, comisionado, director de paraestatal,
dirigente de partido y lo que se pueda conseguir en el próximo sexenio- es el
ciudadano degradado a beneficiario del gasto público, o beneficiario de algún
arreglo mercantilista que le permite apropiarse de rentas extraordinarias a
costillas de los consumidores.
Ese ciudadano degradado, que lo mismo puede ser un pobre de
solemnidad que es carne de cañón para programas sociales, que un adinerado
negociante que exprime los excedentes de los consumidores en un mercado
monopólico o protegido, es el cliente de nuestro incompetente exitoso. Si se
trata de hablar con el primero de sus clientes, el incompetente exitoso
promete: “Primero, los pobres”; si se trata de hablar con el segundo cliente,
el incompetente exitoso exclama en el teléfono: “Tú eres el rey de esta
película, papá”.
Y la justificación “ideológica” del incompetente exitoso que
medra en la política estriba en el mito, extensamente difundido a lo largo de los
años, de que con “suficientes recursos” el gobierno puede resolver cualquier
problema: Desde la malnutrición hasta la ignorancia, pasando por el fomento de
las exportaciones, la improductividad del campo, la contaminación de la
atmósfera, el maltrato a las mujeres o la inseguridad pública.
Ejemplo: Oaxaca ha recibido varias veces más recursos públicos
federales por habitante –para combatir la pobreza y la desigualdad–
que Aguascalientes en los últimos 30 años. En el mismo periodo Aguascalientes
ha crecido notoriamente más y tiene hoy una calidad de vida que parece
inalcanzable para el habitante promedio de Oaxaca.
¿Para qué sirvieron los recursos públicos? Para que la política siga plagada de
incompetentes con éxito.