El crecimiento económico no es otra cosa que la
generación de verdaderas oportunidades de desarrollo para las personas;
oportunidades para estudiar, para trabajar, para ahorrar, para consumir, para
invertir.
La capacidad que tienen los países de generar
oportunidades para su gente no depende ni de su clima ni de su dotación de
recursos naturales, como se pensaba en el pasado. Ni Japón, ni Suiza, ni Hong Kong poseen grandes
territorios, ni terrenos propicios para la agricultura o la ganadería, ni importantes
yacimientos de petróleo o minas de metales preciosos. Vaya, Suiza ni siquiera
tiene salida al mar. Las tres son hoy importantes potencias económicas.
El crecimiento económico tampoco se debe a que
los países ricos exploten a los pobres. España y Portugal, que fueron grandes
potencias coloniales, eran a mediados del siglo XX naciones pobres y atrasadas.
Igual Francia, Italia y Bélgica, antiguas potencias, hoy lo son pero de tercero
y cuarto nivel. Hong Kong, fue colonia británica y hoy
se destaca por su riqueza económica, en un territorio que no posee ninguna
riqueza natural. La nación más rica del planeta, Estados Unidos, fue también colonia
en el pasado.
Hasta ahora, la evidencia empírica indica que la
ayuda internacional a los países pobres tampoco se traduce en mayores
oportunidades de desarrollo para sus habitantes. Está comprobado que la ayuda
externa sólo ha fomentado la corrupción, el derroche, el desempleo y el
deterioro ambiental en los países atrasados. Un estudio de la década de los 80
demostró que el país africano con la mayor ayuda externa por habitante era el
que más se había empobrecido.
Los países que generan más oportunidades tampoco
son los que más gasto público destinan al ámbito social. Desde que Alemania,
Italia y Francia desbordaron su gasto público (cerca del 60% del PIB es
acaparado por el gobierno) para sostener a su famoso Estado de Bienestar, han dejado de crecer y, de hecho, el ingreso
personal en esas naciones comienza a estancarse y a ser rebasado por el de países
cuyo gasto público es menor.
Los políticos de esos países –y uno que otro
romántico despistado- creen fervientemente que, a través de un poderoso Estado
benefactor, puede darse a la gente lo que no tiene. Basta con un acto generoso
de voluntad redistributiva para crear todo lo que la
economía no ha sido capaz de crear. Sólo hay que otorgar derechos, a diestra y
siniestra, que aseguren la felicidad a todos, desde una completa alimentación
hasta buenas escuelas, hospitales, universidades y jubilaciones. “Una especie
de acto mágico, de atajo milagroso, que lleva del atraso al bienestar”, como
dicen los expertos.
El problema es que la regulación y los altos
impuestos requeridos para sostener al Estado benefactor reducen las
oportunidades de la gente de hacer su propia vida, frenan el crecimiento y
crean desempleo. Como consecuencia, la actividad económica es baja y el nivel
de vida se estanca o deteriora en esos países.
Es curioso que los admiradores del Modelo Social Europeo y su “social
democracia” -ese Estado grande con altos impuestos, monopolios estatales
omnipresentes, mercados de trabajo regulados, ambiciosos programas de bienestar
social, amplias restricciones a la libre empresa y grandes sistemas estatales
de seguro social- nunca hablen del vergonzoso estancamiento económico que ha ocasionado.
En los últimos 15 años, Francia, Italia y Alemania, con su orgullosa “economía
social de mercado”, han registrado un mediocre crecimiento económico de 1.5% en
promedio al año (ni la mitad del observado por Estados Unidos) y crónicas tasas
de desempleo del 10% (el doble que el promedio de los países de
Suecia, ejemplo por antonomasia del gran Estado
de bienestar -al que llegó, por cierto, a través de un pujante capitalismo
abierto al mundo y mediante el que se crearon las condiciones de un progreso
social sin precedentes-, y que suele ser la demostración para muchos de que sí
se puede garantizar el bienestar a todos a fuerza de decisiones políticas, se
está deshaciendo ya de su modelito benefactor, al darse cuenta de que éste pone
en peligro las bases de la prosperidad que los mismos suecos habían alcanzado
mediante la economía de mercado. El masivo recorte de impuestos, las reformas
liberalizadoras y la profunda ola de desregulación que Suecia lleva a cabo en
estos momentos está devolviendo la esperanza a las personas y colocando a ese
país a la cabeza de las economías más prósperas de
En contraste con el Estado todopoderoso está el
gobierno limitado y la economía de libre mercado. En estas sociedades, donde el
Estado pesa poco y se entromete menos en las decisiones de las personas, la
gente tiene más oportunidades para mejorar sus condiciones de vida. Impuestos
bajos y mercados laborales libres disparan las oportunidades de empleo y la
prosperidad general. Eso lo vemos en países como Corea del Sur, Irlanda, Nueva
Zelanda, Australia, Eslovaquia, Estonia, Estados Unidos y, más recientemente,
Islandia.
Corea, por ejemplo, después de su guerra (1953-1960),
tenía un ingreso por persona de menos de 87 dólares al año. Las reformas de
mercado en la década de los sesenta consiguieron atraer la inversión, lo que
dio como resultado una de las economías de crecimiento más rápido del mundo (el
PIB per capita coreano creció a una tasa anual de
7.0% entre 1965 y 1995), lo que se conoce como el “Milagro del Río Han”. En
esos 30 años, Corea logró sacar de la pobreza a más de la mitad de sus
habitantes gracias al crecimiento económico; su alto nivel de ingreso personal
lo ha llevado a ocupar uno de los primeros lugares entre las economías
emergentes.
Hace tres décadas, Irlanda era uno de los países
más pobres de Europa, pero dio un salto enorme al liberar su economía y crecer
80% durante los últimos diez años. Ese pequeño país ha emergido a la superficie
de los países desarrollados, convirtiéndose en una de las naciones más ricas de
Europa. Hoy goza del tercer ingreso per cápita más
alto del continente (28,762 dólares), muy por encima de Alemania ($23,002) y
Francia ($22,723), y es un poderoso imán de la inversión mundial. Su tasa tope
de impuesto a las empresas es 12.5%, la tercera más baja del mundo, posee uno
de los mejores ambientes para desarrollar negocios y atrae una tercera parte de
la inversión norteamericana en
Más sorprendente es el caso de Islandia, un país
cuyo PIB hace veinte era insignificante, ocupaba el lugar 140 en el mundo, pero
eso sí, con un hinchado Estado de beneficiencia de
corte socialista. La
economía isleña estaba completamente estancada por los altos impuestos, las excesivas
regulaciones, una enorme burocracia y una inflación galopante. Con el inicio de un
programa liberatorio, mediante el que se privatizaron los bancos y un gran
número de empresas estatales, se flexibilizó el mercado laboral y se introdujo
una masiva reducción de impuestos, Islandia explotó en prosperidad. En estos
momentos, el país nórdico registra tasas de crecimiento del orden del 6% anual,
mientras que su ingreso por cabeza es superior a los 32 mil dólares, el segundo
más alto de los países europeos.
La reestructuración de la banca ha convertido a
Islandia en un centro financiero de importancia mundial. El agresivo recorte
impositivo (el impuesto a las empresas ha sido rebajado de 50% a 18%) aumentó
dramáticamente los ingresos del gobierno permitiendo reducir la deuda pública
de 50% a 15% del PIB. La flexibilización laboral ayudó a reducir la tasa de
desempleo de 15% a 4% (en Islandia no hay “salario mínimo”, por cierto). La
desregulación ha provocado competencia y hasta baja de precios permitiendo
florecer a sectores como la pesca y las telecomunicaciones, anteriormente
deprimidos. Incluso está
ya por iniciarse la construcción de una línea submarina para exportar energía
barata a Europa en forma de hidroelectricidad.
En fin, Islandia, que ha escalado al lugar 5 en
el Índice de Libertad Económica, es un testamento del desarrollo, producto del “dejar
hacer” y no de la compasión gubernamental. Vale la pena considerar aquello que
planteaba Otto Graf Lambsdorff,
exministro de Economía de Alemania, al apuntar que:
“Existe una necesidad comprensible y loable por hacer algo, cualquier cosa,
para ayudar directamente a los pobres, a través de los instrumentos del Estado.
Esto es lo que piden muchos pobres, acostumbrados a los sistemas estatales de beneficiencia. Pero las buenas intenciones a menudo ocultan
la interrogante sobre si las acciones paternalistas en realidad enfrentan las
raíces de la pobreza, o si sólo alivian los síntomas al tiempo que generan dependencia
y ahogan la iniciativa de los mismos pobres.”
La capacidad, pues, que tienen los países de
generar oportunidades de desarrollo para su gente depende de la libertad, los
incentivos y las reglas que tienen sus habitantes para generarlas. Así de
sencillo. Por eso se dice que el crecimiento, que produce oportunidades, y no
la redistribución del ingreso, que arrebata oportunidades a unos para
repartirlas a otros, es la única manera efectiva de combatir la pobreza.
Como puede apreciarse, el camino de las
oportunidades está pavimentado no de enormes y costosas burocracias con buenas
intenciones, sino de instituciones sólidas: libertad económica, imperio de la
ley, sistema judicial eficiente, respeto a los derechos de propiedad,
competencia, políticas públicas responsables, etc. Los países con arreglos
institucionales débiles difícilmente pueden generar oportunidades para su gente
porque castigan la acumulación de capital, ya que los agentes económicos no
tienen claras las reglas del juego o les resulta costoso cumplir con ellas. El
crecimiento económico, o la creación de oportunidades, es pues función de
mercados eficientes, basados en reglas bien definidas, que facilitan la
acumulación de capital.
El camino que han tomado Francia, Alemania e Italia los ha llevado al estancamiento económico y a la desesperación social. El camino escogido por otras naciones como Corea, Irlanda, Islandia y los países excomunistas los ha conducido a un mejor nivel de vida. Usted, amigo lector, ¿cuál considera que sea el camino de las oportunidades para México?