Una de las leyes (casi)
naturales en nuestro sistema político moderno es la ley del aterrizaje duro:
los presidentes arrancan su sexenio con expectativas espectaculares, pero
acaban su mandato con esperanzas frustradas, en un ambiente de cinismo y
confrontación, y una economía hecha pedazos por los efectos de una devaluación
cambiaria.
La excepción a la regla
fue Zedillo. Empezó con el error de diciembre, acabó
con la inauguración de la alternancia. Vicente Fox, sin embargo, es el caso más
dramático de este cambio radical de expectativas: haber iniciado con un capital
político sin antecedente, para estar acabando con una credibilidad hecha
pedazos, con la imagen de líder débil, sin los tamaños para enfrentar los
desequilibrios que se ven en todas partes, a todas horas.
La paradoja, como diría
Paco Calderón, es merecedora no de la observación de los analistas, sino de la
terapia de los psicoanalistas. Por un lado imperan los corporativismos, los
grupos cuasi-armados, los nuevos revolucionarios, los
políticos de una oposición que desafía abiertamente el orden institucional. El
crimen es más común que el castigo, a la vez que los secuestros, ya sea de las
calles o de nuestros familiares, se han vuelto parte de una vida sin sentido,
un laberinto lleno de soledad.
Por otro lado, los
mercados financieros y las expectativas de inversión rugen con optimismo, bajo
un clima creíble de estabilidad, sin las terribles distorsiones ocasionadas por
las crisis cambiarias del pasado. Por primera vez en tres décadas, el tema
cambiario no figura en los lemas y los dilemas del debate público. No es
prioridad. Sin embargo, a pesar de ello (y vaya que es motivo de celebración),
los agentes enfrentan un escenario lleno de incertidumbre, de desconfianza
sobre el futuro, pero desconfianza también en el sistema de leyes. La
incredulidad se ha convertido en una faceta más de nuestro quehacer. El largo
plazo es un asunto de veinticuatro horas, no de veinticuatro meses (por no
decir años).
En otras palabras, estamos
viviendo las mismas consecuencias generadas por una devaluación: desconfianza,
corto-plazismo, costos de incertidumbre, parálisis—y
una fuga inexorable, si bien silenciosa, de nuestro capital humano. La
devaluación cambiaria, en el pasado, generaba un trauma mucho más allá del
desorden macroeconómico. Era un reflejo de voluntarismo político, pero también
de rompimiento de un contrato de la autoridad con el pueblo. Esta devaluación
ha sido de corte institucional: decir una cosa, hacer otra; ceder ante la
presión; dejar que impere lo que sea, como sea, por miedo a ser caracterizado
como represor. Otro contrato social despedazado por el volutarismo,
no presidencialista, sino de su anti-tesis exacta: la
pirámide invertida, sin fundamento, sin credibilidad (o sea crédito, sin credere).
La culminación de esta
terrible frustración con el vacío de orden, de liderazgo, es la ridícula
suposición de recurrir a un “Plan B” para la toma de posesión. Empero un Plan B
haría del próximo Presidente Felipe Calderón un presidente B—devaluado, sin
crédito, iniciando su mandato con la señal de que ni puede ni se puede, que no
amerita el orgullo de portar nuestra franja tricolor. Es bienvenido el rechazo felipista de esta alternativa. Lo curioso, lo literalmente
increíble, es que se haya contemplado.
Este es nuestro escenario: una
devaluación sin devaluación. Ojalá no se transforme
en un nuevo ciclo de crisis sexenales.