11/16/2006
Otra vez, el camino de servidumbre
Ricardo Medina

William Easterly ha sido el más agudo crítico de las propuestas de Jeffrey Sachs para combatir la pobreza en el mundo. Ayer, en The Wall Street Journal la crítica de Easterly fue al corazón del problema: Las propuestas de Sachs, quien es asesor del Secretario General de las Naciones Unidas, tienen la misma matriz que las de la economía centralmente planificada que fracasó estrepitosamente.

 

Easterly argumenta:

 

Jeffrey Sachs en su libro The End of the Povertyofrece su propia versión de la planificación central –en 449 etapas- para terminar con la pobreza en el mundo, en este caso dirigida por el Secretario General de la ONU, quien supervisaría y coordinaría a miles de funcionarios y expertos tecnócratas para resolver los problemas “de cada pueblo pobre y de cada barrio bajo” en la faz de la tierra.

 

Y remata: Sachs, desde luego, no está a favor de la economía centralmente planificada como sistema económico, pero de cualquier forma ofrece como solución el mismo esquema para los multifacéticos problemas de todos los pobres del mundo. “Si usted quiere el mejor análisis de por qué el señor Sachs y sus correligionarios en Hollywood y en la ONU fracasarán en poner fin a la pobreza esta vez (de la misma manera que esfuerzos similares han fracasado las últimas seis décadas), usted lo puede encontrar en Hayek”.

 

En su libro más reciente –The White Man’s Burden”- Easterly explica que los programas y planes de ayuda a los pobres del mundo –emprendidos por instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, desde luego, las Naciones Unidas- carecen de cuatro cosas: 1. Retroalimentación de los beneficiarios (consumidores) de la ayuda, 2. Incentivos, 3. Rendición de cuentas y escrutinio independiente (accountability) y, en consecuencia, carecen también de: 4. Buenos resultados.

 

La crítica de Easterly es demoledora porque su libro reporta multitud de datos duros que no dejan lugar a dudas: Conforme aumenta la “ayuda” de Occidente a los países más pobres del mundo, tales países empobrecen más.

 

La polémica no es nueva, pero la irrupción del gran libro de Hayek la enriquece –y, a mi juicio, la resuelve, ahora en el terreno de las ideas, a favor de Easterly- y la lleva a un asunto más amplio y acuciante: ¿Por qué siguen nuestros políticos fascinados –enajenados- por las trasnochadas ideas de la planificación económica central?, ¿por qué seguimos pariendo planes tan ambiciosos, como vanos y caros, pretendiendo diseñar el futuro económico de millones de personas desde un escritorio o detrás de una mesa de conferencias?



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