Milton Friedman
se ha ido, pero sólo corporalmente. Estará siempre más vivo que Sócrates o
Confucio, sólo visibles tras un espejo oscuro de traducciones, errores y pérdidas
que son responsabilidad de los milenios.
Las generaciones futuras, al leerlo,
pensarán en lo que lo movió: la libertad.
Friedman explicó cómo ella saca lo mejor de
cada quien; sólo en libertad puede el ser humano desarrollarse, crear,
construir, crecer. Friedman es uno de los más
destacados inventores de la libertad.
¿Invención? Suena raro; como hablar
de invención del amor, o del cuerpo, o del sexo. ¿Pero qué no, a cada rato,
podemos estar reinventando el amor? ¿Por qué no también la libertad? Porque la
libertad es tan inmensamente rica, tan amplia, tan enorme, que hay que
reinventar su práctica, experiencia y entendimiento; qué se puede hacer a cada
momento, en toda la vida, con la más humana de las facultades. (Y la respeta,
según los libros sagrados, hasta Dios; según el Apocalipsis, es el libre
albedrío el origen de la caída de los ángeles: origen del mal, y origen del
bien como opción disponible. No tendría sentido alguno el mérito moral, si no
tuviésemos posibilidad de optar por algo distinto.)
A la libertad hay que estarla
identificando, reencontrando y defendiendo sin pausa, porque en todo momento se
nos puede ir. Nos la arrebatan. La olvidamos. Así como la vida, la libertad
puede desaparecer sin que nos demos cuenta. Y en ese momento, la existencia
individual y social se degrada y hasta se pierde; el humano se animaliza si
queda –voluntaria o involuntariamente– a merced de
otro, despojado de su más elevada facultad.
Friedman tituló Capitalismo y libertad y Libertad para elegir sus más célebres
obras. Una obviedad esta última, acaso; una tautología. Tan obvia, que la
humanidad tardó milenios en identificar a la libre elección como el motor de la
acción humana efectiva. Y no fue invento sólo de Friedman,
como tampoco de Mises o de Hayek o de Mill o de Smith o de los
escolásticos medievales, pero todos colaboraron para inventar ese
entendimiento, que para muchos se nos ha hecho un nuevo sentido común, parte de
nuestra piel. Y pocos como Milton Friedman habrán
hecho tanto para evidenciar el beneficio de la libertad para una economía
humana, una educación eficaz, o una vida decente y productiva. Humana,
finalmente.
No sé en qué resplandor perdido de
la historia reconoció alguien reflexiva y lingüísticamente el acto de elegir;
ni idea de cuándo se identificó con un vocablo abstracto. Sí creo que cuando
por primera vez se habló de ella, la libertad se inventó. Lo que no tiene una
manera de distinguirse en el lenguaje, en cierta manera no existe; o existe de
una manera menos rica.
La libertad necesita distinguirse en
la palabra, pero lo primero es la experiencia. Dice así el gran liberal Mario
Vargas Llosa:
La
experiencia de la libertad, como la del amor, es más rica que las fórmulas que
quieren expresarla. Al mismo tiempo que definirla es inconmensurablemente
difícil, nada es más fácil que identificarla, saber cuándo está presente o
ausente, si es genuina o un simulacro, si gozamos de ella o nos la han
arrebatado.
Friedman y los grandes
liberales de dos siglos son autores intelectuales del estupendo progreso del
siglo XX y lo que va del XXI, así como Adam Smith inspiró la tremenda inyección de riqueza que hizo, en
el XVIII, la única revolución enriquecidora:
Poco se habrá hablado de los grandes
pensadores liberales como autores del progreso económico y humano de nuestra
era. Al menos, este ignorante escribidor quiere
hacerlo hoy, al recordar al gran maestro Milton Friedman.