11/22/2006
Friedman, coinventor de la libertad
Fernando Amerlinck

Milton Friedman se ha ido, pero sólo corporalmente. Estará siempre más vivo que Sócrates o Confucio, sólo visibles tras un espejo oscuro de traducciones, errores y pérdidas que son responsabilidad de los milenios.

 

Las generaciones futuras, al leerlo, pensarán en lo que lo movió: la libertad.  Friedman explicó cómo ella saca lo mejor de cada quien; sólo en libertad puede el ser humano desarrollarse, crear, construir, crecer. Friedman es uno de los más destacados inventores de la libertad.

 

¿Invención? Suena raro; como hablar de invención del amor, o del cuerpo, o del sexo. ¿Pero qué no, a cada rato, podemos estar reinventando el amor? ¿Por qué no también la libertad? Porque la libertad es tan inmensamente rica, tan amplia, tan enorme, que hay que reinventar su práctica, experiencia y entendimiento; qué se puede hacer a cada momento, en toda la vida, con la más humana de las facultades. (Y la respeta, según los libros sagrados, hasta Dios; según el Apocalipsis, es el libre albedrío el origen de la caída de los ángeles: origen del mal, y origen del bien como opción disponible. No tendría sentido alguno el mérito moral, si no tuviésemos posibilidad de optar por algo distinto.)

 

A la libertad hay que estarla identificando, reencontrando y defendiendo sin pausa, porque en todo momento se nos puede ir. Nos la arrebatan. La olvidamos. Así como la vida, la libertad puede desaparecer sin que nos demos cuenta. Y en ese momento, la existencia individual y social se degrada y hasta se pierde; el humano se animaliza si queda –voluntaria o involuntariamente– a merced de otro, despojado de su más elevada facultad.

 

Friedman tituló Capitalismo y libertad y Libertad para elegir sus más célebres obras. Una obviedad esta última, acaso; una tautología. Tan obvia, que la humanidad tardó milenios en identificar a la libre elección como el motor de la acción humana efectiva. Y no fue invento sólo de Friedman, como tampoco de Mises o de Hayek o de Mill o de Smith o de los escolásticos medievales, pero todos colaboraron para inventar ese entendimiento, que para muchos se nos ha hecho un nuevo sentido común, parte de nuestra piel. Y pocos como Milton Friedman habrán hecho tanto para evidenciar el beneficio de la libertad para una economía humana, una educación eficaz, o una vida decente y productiva. Humana, finalmente.

 

No sé en qué resplandor perdido de la historia reconoció alguien reflexiva y lingüísticamente el acto de elegir; ni idea de cuándo se identificó con un vocablo abstracto. Sí creo que cuando por primera vez se habló de ella, la libertad se inventó. Lo que no tiene una manera de distinguirse en el lenguaje, en cierta manera no existe; o existe de una manera menos rica.

 

La libertad necesita distinguirse en la palabra, pero lo primero es la experiencia. Dice así el gran liberal Mario Vargas Llosa:

 

La experiencia de la libertad, como la del amor, es más rica que las fórmulas que quieren expresarla. Al mismo tiempo que definirla es inconmensurablemente difícil, nada es más fácil que identificarla, saber cuándo está presente o ausente, si es genui­na o un simulacro, si gozamos de ella o nos la han arrebata­do.

 

Friedman y los grandes liberales de dos siglos son autores intelectuales del estupendo progreso del siglo XX y lo que va del XXI, así como Adam Smith inspiró la tremenda inyección de riqueza que hizo, en el XVIII, la única revolución enriquecidora: la Industrial. Las ideas liberales lograron donde tuvieron vigencia, desde Alemania hasta Singapur, altísimos niveles de desarrollo frente a dictaduras patéticas y asesinas, o dictablandas como la mexicana; unas y otras consiguen el ridículo ante la ácida prueba de la realidad.

 

Poco se habrá hablado de los grandes pensadores liberales como autores del progreso económico y humano de nuestra era. Al menos, este ignorante escribidor quiere hacerlo hoy, al recordar al gran maestro Milton Friedman.



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