Jorge Castañeda le ha llamado la “comentocracia”.
Se refiere, desde luego, a esa pléyade de personajes que, se supone, “comentan”
los asuntos de actualidad en beneficio, también se supone, de lectores,
radioescuchas, televidentes. Salvo excepciones notables –más adelante
mencionaré con nombre y apellido una de estas excepciones en la radio, así como
a un medio impreso que también ha sido excepcional- este gremio se caracteriza
por su ignorancia ilustrada con lugares comunes, su arrogancia, así como por su
incapacidad congénita para investigar y razonar por cuenta propia. Todo esto
los hace deliciosamente previsibles.
En días recientes la “comentocracia”
nos ofreció dos muestras perfectas de su previsible estupidez. Tan
perfectamente previsibles fueron las reacciones de los “comentócratas”
que habrá que considerar seriamente clasificarlos ya como “perritos de Pavlov” que ladran automáticamente, en uno u otro sentido
según sea el estímulo externo al que son sometidos.
Caso Uno: Algún subnormal de los que pueblan el panorama
político mexicano (por ejemplo, Gerardo Fernández Noroña o Leonel
Cota, por mencionar a los más notorios) lanza la enésima y tosca bravata de que
los feligreses de Andrés Manuel López Obrador –farsante legítimo- no permitirán
que “tome posesión” el Presidente electo Felipe Calderón. De inmediato se pone
en marcha el mecanismo de los reflejos condicionados. Los reporteros corren a
las redacciones o al teléfono más próximo para mandar la nota “de ocho”, los
editores experimentan un sobresalto (“hay nota” –conjeturan- porque la bravata
de los subnormales reúne todas las características de lo que ellos entienden
por “periodismo”: 1. Es un dicho, no un hecho, 2. Es un exabrupto primario que
entienden hasta reporteros y editores, por tanto: lo entenderá el público, 3.
Suena atemorizante y se presta para desgranar adjetivos adocenados), así pues
se lanza al aire o a las prensas la presunta “noticia” adornada de gruesos
caracteres o de gritos destemplados; más tarda en circular la “nota” que los
miembros de la “comentocracia” en elaborar sesudas
interpretaciones – todas iguales, todas mal informadas, todas pletóricas de
lugares comunes en boga desde los años setenta del siglo pasado- y lanzarlas al
aire con voz engolada, aguda o de aficionados al aguardiente (cada cual su
“estilo”). Se cumple, con exactitud y precisión científica, el experimento: Los
perritos ladradores, nerviosos y exasperantes, reaccionan justamente como era
previsible. Lanzan grititos de alarma, desempolvan presagios apocalípticos,
regañan doctamente a unos y a otros, auguran los peores males…Tan previsible y
gastado que aburre a fondo al auditorio.
Caso dos: Se anuncia que para sufragar los costos de tener
gasolina “Premium” de bajo contenido de azufre y diesel de las mismas
características (bajo en azufre) ordenada por una políticamente correcta “norma
ambiental mexicana”, los precios de esos productos tendrán que subir. Suena la
campanita para los perritos de Pavlov. En lugar de
leer con cuidado la información oficial e investigar, antes de lanzar
conclusiones infundadas, la comentocracia reacciona
instintivamente – saliva, excreta jugos gástricos y biliares, no piensa porque
eso desgasta las neuronas- rebusca en su inventario de lugares comunes y dice
burradas perfectamente previsibles: “¡Qué barbaridad, el gobierno de Fox nos da
un golpe artero a los pobres!” (Ojo, en este país todos, empezando por Carlos Slim, se autodefinen como pobres y de atinada izquierda),
“¡Tienen el pulso político de un elefante, si de por sí Felipe Calderón llega
raspado y sin credibilidad a
En medio de los ensordecedores ladridos de los perritos pavlovianos alcanzo a escuchar un comentario en la radio
verdaderamente inusitado e increíble: En la estación 98.5 de Grupo Imagen
(antes la estación se llamaba “Radioactivo”) el mismo miércoles en la noche
Ángel Verdugo hace una exposición impecable e implacable de la noticia. Ángel
advierte, primero, que vamos a escuchar a toda clase de politiquillos
rasgándose las vestiduras…, y que no debemos creerles. Después, explica con
claridad que el impacto en la inflación de estos aumentos es totalmente
marginal (de hecho llegará, en el peor de los casos, a 0.02% en el índice nacional
de precios consumidor y a 0.03% en el índice nacional de precios productor)
dado el bajo consumo de ambos combustibles (Premium y diesel bajo en azufre),
advierte que es un inevitable traslado de costos a precios debido a que para
importar esos combustibles (que no se producen en México dada la dichosa
“soberanía”) PEMEX incurre en gastos de miles de millones de pesos, dados
también los altos precios mundiales del petróleo y de sus derivados; concluye
que es una buena decisión de política pública -conforme a las circunstancias-
porque evita que se siga descapitalizando la paraestatal y tomada en el momento
oportuno –antes de que sigan creciendo los costos de estas importaciones con
cargo a las finanzas públicas y antes de que empiece el nuevo gobierno, y se
discuta el presupuesto 2007-, para dejarle alineados precios y finanzas
públicas a la nueva administración. Claro, breve, contundente. Todavía se da el
lujo de señalar que si acaso sus comentarios no se entienden ello será
exclusivamente por su culpa, por no saber explicar con claridad las cosas, y en
modo alguno del público (¡bravo!, regla número uno del comunicador profesional:
Si no te entienden siempre es tu culpa, jamás de los receptores de la
comunicación; tu deber es ser claro y no es deber del público el ser exegeta). Una
luz en medio de la oscuridad.
La otra excepción a la manada de perritos pavlovianos ha sido, a mi juicio, el periódico “El
Economista” que le dio su justa relevancia a la noticia (marginal) del aumento
en esos combustibles y que en el caso de los presagios apocalípticos respecto
del primer día de diciembre simplemente los ha desdeñado. Su lema podría ser
“no publicamos basura”… y sus lectores habituales lo agradecemos.