Uno de los
retos más importantes que tendrá el gobierno de Calderón en materia económica
es hacer más eficiente y competitivo al sector manufacturero. Su importancia radica en que en los
últimos años las empresas mexicanas han perdido relativamente frente a sus
competidores, no solamente frente a China sino también frente a las empresas de
otros países como Chile, El Salvador, Irlanda, Singapur, Corea, los de Europa
Central, etcétera. Esta pérdida de competitividad se explica, principalmente,
por el hecho de que mientras en el resto del mundo se ha avanzado para reducir
los costos de transacción y de operación de las empresas hacia el interior de
cada economía y en las operaciones comerciales y financieras internacionales,
en México estamos atorados en un esquema institucional ineficiente y por lo
mismo muy costoso. Como señalé en el artículo de la semana pasada, el
crecimiento económico se produce cuando las empresas pueden reducir sus costos,
ya sea por una mejora tecnológica o por enfrentar menores costos de
transacción, lo que se traduce en un aumento en la productividad factorial
total y un mayor flujo de ingreso real generado. En consecuencia, es en esta área en la cual
el gobierno tiene que actuar, partiendo de un principio esencial: la asignación
de recursos escasos en mercados competitivos y eficientemente regulados será
más eficiente que cuando el gobierno interviene activamente decidiendo a cuales
ramas de actividad económica se apoya y a cuales no, cuales ganan y cuales
pierden, a cuales se les transfieren rentas y a cuales no. En la política
industrial que el gobierno instrumente tiene que identificar cuales son las
trabas que encarecen la apertura y el crecimiento de las empresas, cuales son
las barreras a la entrada y salida de empresas de los diferentes mercados así
como los demás elementos que impiden la existencia generalizada de mercados
competitivos y los que evitan una reducción de los costos operación y de
transacción.
Una
constante a la que se enfrentan prácticamente todas las empresas del país es la
maraña regulatoria. Una enorme cantidad de trámites,
federales, estatales y municipales aderezados con una significativa corrupción
de los funcionarios públicos que se apropian de una parte de las utilidades de
las empresas, son sin duda una de las principales barreras a la entrada de
nuevas empresas a los mercados así como al crecimiento de las ya existentes.
Dotar a los mercados y a sus participantes de un marco legal y regulatorio eficiente, uno que reduzca los costos de
transacción, es una condición necesaria para dar un impulso a la creación de
nuevas empresas y el incentivo para su crecimiento. Casos como el de
Aguascalientes son un muy buen ejemplo de lo que puede lograrse con una mejora regulatoria.
Otro
elemento importante para las empresas lo constituye la incertidumbre vigente de
que sus derechos de propiedad estén eficientemente garantizados,
particularmente en lo que se refiere al cumplimiento de contratos. No solamente
la legislación mercantil es obsoleta e ineficiente, sino que además las
empresas, cuando tienen que acudir ante los tribunales, particularmente en los
poderes judiciales estatales, se enfrentan a una notoria ineficacia,
ineficiencia y corrupción por lo que no existe la certeza jurídica del
cumplimiento de contratos, elemento esencial para reducir la incertidumbre y
los costos de transacción. No actuar sobre este gravísimo problema, junto con
una urgente modernización de los registros públicos de la propiedad y del
comercio, implicaría mantener una significativa barrera a la competitividad y
al crecimiento.
Un problema
más al que se enfrentan las empresas se enmarca en el sistema de seguridad
social. Por cada peso de salario pagado a los trabajadores, el costo efectivo
para las empresas por todas las contribuciones a la seguridad social (IMSS,
INFONAVIT, SAR) se eleva 30% sin que los trabajadores perciban que estas
contribuciones sean efectivamente una aportación a su bienestar. La
ineficiencia de los sistemas de seguridad social, particularmente del IMSS,
incentiva a que las empresas y hasta los propios trabajadores prefieran estar
fuera del sistema, y dividirse entre ellos el costo de seguridad social. El
problema es que esto implica no solamente la ilegalidad sino la atomización de las
empresas en unidades muy pequeñas, mismas que operan con tecnologías obsoletas
y sin poder aprovechar las posibles economías a escala, lo que inhibe la
productividad y el crecimiento.