Andrés Manuel López Obrador realizó su ceremonia de toma de posesión el
pasado 20 de noviembre. Una vez más mostró su capacidad de llenar el Zócalo de
la ciudad de México. Pero se cuidó de no dar elementos para alguna acusación penal
por usurpación de funciones.
Tomó protesta como “presidente legítimo” y no como “presidente
constitucional de los Estados Unidos Mexicanos”. A sus espaldas tenía un águila
mexicana, pero no la del escudo nacional sino la que se usaba en el siglo XIX
en el país. Prometió cumplir y hacer cumplir las leyes emanadas de la
“Constitución General de la República”, pero no las de la Constitución Política
de los Estados Unidos Mexicanos, que es la única que nos rige. Prometió
presentar una serie de iniciativas legislativas, pero a través de las
fracciones parlamentarias de los partidos que integran el Frente Amplios
Progresista.
Todo parece indicar que López Obrador piensa mantener sus esfuerzos
políticos por dos vías distintas. Por una parte continuará cuestionando la
legitimidad de las instituciones y buscará de hecho impedir la ceremonia de
toma de posesión del presidente Felipe Calderón el próximo 1 de diciembre. Al
mismo tiempo, utilizará a las instituciones, y en particular al Congreso de la
Unión, como el vehículo para impulsar su proyecto político.
El ex candidato de la coalición Por el Bien de Todos a la Presidencia
de la República quiere gozar de lo mejor de los dos mundos. Por una parte,
necesita a las instituciones. Le es indispensable que el tan cuestionado IFE le
siga dando dinero al PRD y a los partidos del Frente Amplio Progresista. Requiere
también que en el seno del Congreso sus legisladores se cuelguen las medallas
de las causas que tengan beneficios políticos.
Al mismo tiempo, López Obrador tiene que seguir dando la impresión en
los foros públicos que ha mandado al diablo a las instituciones y que, por lo
tanto, ha tenido que dar un golpe de estado para convertirse en “presidente
legítimo” de México. Con esto asegura que los medios de comunicación le presten
atención: evita perder vigencia y quedar olvidado.
López Obrador no se contentará, por supuesto, con jugar a ser
presidente de la república por tiempo indefinido. Está preparando el camino
para que en el 2012 pueda volver a postularse como candidato. No quiere que le
pase lo que a Cuauhtémoc Cárdenas, quien después de
haber aparentemente ganado la elección presidencial de 1988 sólo pudo obtener
un distante tercer lugar en la votación de 1994.
¿Es legal la estrategia de López Obrador? En buena medida sí lo es.
Cualquiera puede autoproclamarse presidente de lo que sea, siempre y cuando no
trate de usurpar las funciones del presidente constitucional de los Estados
Unidos Mexicanos. No son legales los bloqueos y agresiones a personas, empresas
e instituciones que constantemente hacen sus simpatizantes, pero al parecer
esto es un derecho adquirido por los usos y costumbres políticos de nuestro
país.
¿Es ético? No lo sé. Eso sólo lo pueden juzgar López Obrador y sus
seguidores, quienes han mantenido la doctrina de que en política el fin
justifica los medios. Y el fin, claramente es el poder.
¿Es pragmático? Eso es algo que sólo el tiempo puede responder. Por lo
pronto los desplantes de López Obrador han reducido significativamente su
popularidad y le han causado a su partido la derrota en las elecciones de
Tabasco.
Pero Andrés Manuel se muestra confiado: le apuesta a los errores que
está seguro cometerá Calderón y, por supuesto, a la siempre confiable
desmemoria de los mexicanos.