12/4/2006
Los “poderes fácticos” y Felipe Calderón
Juan Pablo Roiz

Sostengo que en su primer encuentro frontal con alguno de los “poderes fácticos” de México, el Presidente Felipe Calderón ganó la partida en forma contundente.

 

Pero para evitar que por ahí salga algún “vocero” oficioso que sentencie: “Lo que Roiz quiso decir es que…”, parece necesario precisar de qué estamos hablando.

 

Empecemos por la definición. ¿Qué diablos es eso de “los poderes fácticos” tan de moda en los sesudos análisis y en los discursos políticamente correctos?

 

Cada cual usa la etiqueta “poderes fácticos” a su gusto. Lo que nos deja, a los pobrecitos mortales, un tanto desconcertados. Mi amiga Clotilde, por ejemplo, asegura que no ha conocido “poder fáctico” más terrible que la señora que fue otrora su suegra o madre política. Otros hablan de los “poderes fácticos” como si se tratase de una entidad sin rostro, ubicua, desde luego casi omnipotente, que nos amenaza embozada desde una oscuridad indefinible. La ventaja de esta descripción “mágica” de los “poderes fácticos” es que, dada su ambigüedad, lo mismo sirve para un barrido que para un fregado. Es una etiqueta para todo uso en el discurso como lo fueron hace décadas las etiquetas del “imperialismo”, “la reacción”, “las fuerzas oscuras del mal”, “la derecha”, “los poderosos”, “los de arriba”… Sin nombres, ni apellidos.

 

En situaciones como esta demuestran su utilidad los académicos de la lengua que, bien que mal, se ven obligados –ante la aparición de neologismos que hacen fortuna, por su uso y abuso- a precisar los términos de una definición. De ahí que se agradezca a los señores de la Real Academia haber parido una definición de la etiqueta tan usada pero tan poco comprendida. Dice la tal definición:

 

“Poder fáctico es el que se ejerce en la sociedad al margen de las instituciones legales, en virtud de la capacidad de presión o de autoridad que se posee; por ejemplo: la banca, la Iglesia, la prensa.”

 

Si esto es así, ¿y quién es uno para negarle autoridad definitoria a los académicos de la lengua?, resulta que Clotilde, al motejar a la señora que fue su suegra como terrible “poder fáctico”, no anda tan desencaminada. Pero yo tampoco estoy errado, porque el viernes primero de diciembre Felipe Calderón enfrentó con singular éxito los amagos de unos señores y de unas señoras que, alentados por las órdenes de su líder y caudillo de apellido López, buscaron romper –tal vez irremediablemente- el orden constitucional, impidiendo que el Presidente rindiese su protesta ante el Congreso, tal cual señala la Constitución.

 

Que esos señores y esas señoras ostenten el fuero de legisladores no les autoriza en forma alguna a proponer una flagrante violación a la Constitución. El “poder” para realizar sus amagos de golpe de Estado –porque eso era lo que proponían- no lo recibieron de los sufragios emitidos en las urnas, sino de fuentes extralegales, como la de disfrazarse de víctimas inconsolables de fantasiosos agravios o la de proclamarse en ese tribunal de espectros y simulaciones que llamamos “opinión pública” como los únicos y autorizados representantes de una no menos espectral “izquierda” que pretende resumir toda la infalibilidad y todas las causas nobles que en el mundo han sido.

 

Es decir, se trata de un “poder fáctico”, al margen de la ley, que creció al amparo de la irresponsabilidad con que algunos medios de comunicación y presuntos “líderes de opinión” trataron a ese “poder fáctico” cual si tuviese autoridad moral, legal o constitucional para transgredir la moral republicana, la ley y la Constitución.

 

También fue fertilizado este “poder fáctico” por la indolencia que manifestaron el expresidente Vicente Fox y su escudero, Carlos Abascal, para cumplir y hacer cumplir la ley en lugar de andar montando vistosas e inútiles mesas de negociación –costosas y dañinas para la vida institucional de una República- en las cuales se le otorgó a ese “poder fáctico” (desbocado e insolente) alguna suerte de autoridad –por encima del resto de los ciudadanos- de la que a todas luces carecen.

 

Dicho lo anterior, y librada la primera batalla con éxito contra un “poder fáctico”, el Presidente Felipe Calderón habrá de seguir librando batallas contra muchos otros de esos “poderes” al margen de la legalidad que pretenden imponernos sus convenencieras reglas del juego despreciando la supremacía de la ley escrita y consagrada.

 

Sería divertido que en las secciones de “sociales” o de “gente bonita” de los periódicos empezasen, para variar, a llamar por su nombre a otros de estos “poderes fácticos”. Por ejemplo: “En la gráfica vemos departiendo amablemente a don Fulano y a don Perengano con uno de los principales poderes fácticos de México, el ingeniero Carlos Slim Helú”. O también: “El aguerrido poder fáctico conocido como Ricardo Salinas Pliego festejó por todo lo alto los 100 primeros años del imperio de negocios que heredó y acrecentó hasta confines sorprendentes”. O quizá: “Ejerciendo con total impunidad su poder fáctico, la corporación Televisa se ha dado a la noble tarea de destrozar ante el público la reputación de Isaac Saba, quien ha tenido la insolencia de querer competir con esa querida televisora”. Otra opción: “El sindicato de los petroleros, poder fáctico si los hay, vio con desdén el nombramiento de Jesús Reyes Heroles como nuevo director de Pemex”. Y una más: “Hablando como vocero de uno de los más temibles poderes fácticos de México, la maestra Gordillo, el líder formal del sindicato de maestros vituperó a la nueva Secretaria de Educación Pública”.

 

Digo, para que nos vayamos entendiendo.



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