Fueron
cuatro minutos los que duró la accidentada toma de protesta de Felipe Calderón.
Cuatro minutos cruciales para la vida política, jurídica e institucional del
país, porque ilustran claramente el estado de las cosas. El nuevo Presidente,
rodeado de un gabinete sujeto a fuertes cuestionamientos, enfrenta a un
Congreso dividido, agraviado, inmaduro e irresponsable. Invitados incómodos
presenciando un espectáculo triste, un inicio de funciones por la puerta de
atrás, resguardada por legisladores instalados desde 68 horas antes para
abrirle paso. Un Palacio legislativo rodeado de la fuerza pública,
manifestantes (aunque relativamente pocos) en las calles. De esos cuatro
minutos, sigue el alivio: un evento entre simpatizantes, con pancartas de apoyo
y aplausos, discursos y propuestas.
Existen
tantas lecturas como agravios infligidos entre los partidos desde el inicio de
las campañas federales. Para cada una de las partes, escuchar sólo los vítores
de los partidarios es tan equivocado como proferir sólo expresiones de
denuesto. Ignorarse, el principio del fracaso. Los errores de los lopezobradoristas son tema recurrente, por lo que no les
dedicaremos espacio hoy.
Los llamados
a la concordia, al trabajo conjunto, a empujar una agenda común, están a la
orden del día del lado de los “oficialistas”, como se ha dado en llamar en la
prensa internacional a Felipe Calderón y al PAN. Pero, por loables que sean, no
se perciben pruebas que los respalden. El nombramiento de los miembros del nuevo
y flamante gabinete son una clara muestra: un equipo que confirma el
“continuismo” en lo económico y en lo social, y mano dura en lo político. Independientemente
de la posible idoneidad de sus integrantes para lograr el programa de gobierno
de Calderón, es indudable que no pueden leerse como pruebas de reconciliación.
A nadie
puede habérsele ocurrido que el nombramiento de Ramírez Acuña en Gobernación
fuera a complacer a la izquierda ni a ninguno de los grupos en conflicto con el
gobierno. Insistimos, no ponemos aún en duda que pueda ser efectivo en sus
funciones de manejo de la política interior. Lo que sostenemos es que no es una
señal de interés genuino en un pacto político que pudiera incluir al Frente
Amplio Progresista.
Lo mismo
puede decirse del gabinete económico. Seguramente Agustín Carstens
tiene la formación y la experiencia para encabezar exitosamente
Se puede
también inferir de los nombramientos la retribución de lealtades, el
cumplimiento de compromisos y la cesión a presiones. Los espacios a los foxistas, quienes fueron en el mejor de los casos tibios en
su apoyo a Felipe, son ejemplo de lo último. Un gabinete azul, que no busca
combinación alguna con los colores de los otros partidos.
Aparentemente,
pues, la apuesta de Calderón es buscar un acercamiento con los suyos para
conseguir en primer lugar su apoyo incondicional y gobernar a su manera. Lo que
se tiene que ver con claridad es que esto no va a resultar en un acercamiento
con la oposición, en particular con los partidos del FAP. No los necesita para
aprobar iniciativas, ciertamente, pero no podrá llamarse a engaño si los quince
millones de votantes que apoyaron a
Cuatro
minutos que marcan el inicio de largos seis años.