12/6/2006
Toma de protesta
Sergio Sarmiento

Finalmente Felipe Calderón cumplió con el mandato constitucional de prestar protesta como presidente de la república. Desde el primer minuto del 1 de diciembre se llevó a cabo la entrega formal del mando del ex mandatario Vicente Fox. Tomaron protesta de sus cargos los titulares de defensa y marina a la medianoche también, como lo establece la costumbre y para dejar en claro que ni un minuto se pierde la continuidad del mando de las fuerzas armadas. El presidente Calderón ofreció su primer mensaje a la nación apenas pasada la media noche. Esto es algo que no se había hecho con anterioridad, pero fue una manera de dejar en claro que el cambio de poder había ya tenido lugar.

 

En la mañana Calderón se dirigió al Palacio Legislativo, sede oficial del Congreso de la Unión, como lo ordena el artículo 87 de la Constitución. De nada sirvieron los amagos y los cuestionamientos. El nuevo presidente de la república tomó protesta y juró cumplir y hacer la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y de las leyes que de ella emanan. El juramento, que en otros sexenios ha parecido una ceremonia acartonada y burocrática, tomó un cariz distinto ante los esfuerzos de los legisladores del PRD por impedirla. Los dos momentos más dramáticos tuvieron lugar cuando a las ocho de la mañana llegaron los senadores del PAN y algunos perredistas se enfrentaron a puñetazos con ellos y los diputados panistas. Más tarde los perredistas bloquearon las puertas de acceso al salón de plenos. Pero la ceremonia se llevó a cabo de todas maneras. Significativamente los legisladores de todos los partidos cantaron al final el himno nacional.

 

El día transcurrió con una reunión política del nuevo presidente ante un Auditorio Nacional repleto de sus simpatizantes y un desfile en el Campo Marte con el que las fuerzas armadas le expresaron su lealtad al nuevo presidente.

 

Al término de las ceremonias, sin embargo, quedaba claro que los retos que enfrenta el nuevo gobierno no habían terminado. Por el contrario. Los problemas del país adquirieron una vez más su real dimensión. Las protestas de López Obrador y de los perredistas son, en este sentido, de poca monta. No son realmente significativas las dudas sobre la legitimidad del presidente Calderón. A pesar de la fuerte campaña del PRD para levantar sospechas, las encuestas de opinión señalan que el 85 por ciento de los mexicanos, incluyendo a muchos que votaron por López Obrador, consideran que Calderón es el presidente constitucional y legítimo de la república. Sólo un grupo pequeño, el cual está concentrado sobre todo en el Distrito Federal, bastión del PRD, considera realmente que López Obrador sea el presidente legítimo de México.

 

Los retos de López Obrador palidecen frente a los verdaderos problemas del país. Mucho más difícil para el presidente Calderón que justificarse ante los perredistas será enfrentar a los narcotraficantes, que han llevado a cabo ejecuciones constantes en distintos lugares del país a lo largo de los últimos dos años. Complicado también será promover una mayor competitividad del país, que permita un más rápido crecimiento económico y, en consecuencia, una mayor creación de empleos. Combatir la pobreza, que es uno de los principales males de nuestra nación, será también un reto gigantesco. E igualmente difícil será acostumbrar al país, y especialmente a los políticos y a los empresarios poderosos, a aceptar la aplicación de la ley como una norma para todos. Ante todos estos retos, realmente, los desplantes de López Obrador y del PRD no son nada serio.

 

El sexenio apenas está comenzando. Es muy temprano para ofrecer cualquier juicio acerca de él. Sus retos son ciertamente enormes. Pero el que el presidente se haya atrevido a cumplir el mandato de la Constitución, y haya acudido al Palacio Legislativo el primer día de su sexenio, a pesar de las amenazas del PRD, debe ser considerado como un buen comienzo.



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