Los
economistas clásicos, desde Bastiat hasta Smith, nos enseñaron muy claramente, que la medida del
costo político es, necesariamente, el costo de lo que no se ve. En pocas palabras,
la efectividad de un esquema de políticas públicas depende, necesariamente, de
las oportunidades perdidas y de todo aquello que pudo haberse hecho y que no se
llevó a cabo.
Sin embargo,
para América Latina, me parece que tiene también mucha importancia aquello que
normalmente sí se ve. Y esta idea de lo que se ve, no necesariamente se
relaciona con políticas públicas o esquemas de gobierno, sino con el mundo de
la imagen política. Axial es la imagen política, tiende a engañarnos y levantar
falsas expectativas. Revisemos algunos ejemplos.
Lo mismo podría
decirse de la saliente administración del Presidente Vicente Fox. Vicente Fox,
vestido de botas vaqueras y hebilla ancha, ilusionó a la juventud electoral
mexicana. Sus asesores en imagen lo alejaron del tradicional político mexicano,
vestido de negro, con colores sobrios y un tono de voz monótono. Cautivar al electorado
mexicano que deseaba un cambio en el país, en un país donde las clases medias y
los jóvenes se habían cansado ya de la imagen rígida de los presidentes priístas,
fue posible porque un grupo de asesores en imagen combinaron el discurso de
cambio y rechazo al pasado con una imagen política que rompía con todos los cánones
conocidos: El primer presidente del siglo XXI en México no sería mas un masón
anticlerical, tecnócrata formado en las universidades elites de la costa este
norteamericana con una proyección de estilo sobria y de poder total: Colores
negros y tonos secos. El nuevo Presidente hablaría tal y como cualquier
ranchero, pensaría tal y como cualquier vendedor de la calle que únicamente
busca hacer una ganancia, comería en puestos callejeros junto con cualquier otro
ciudadano.
Pero cuando
la imagen política pasa del plano de la campaña electoral, encontramos un
Presidente tan incapaz de enfrentarse a los problemas de la nación como cualquier
otro neófito en materia de política.
¿Que podemos
concluir?
Grandes
sectores de la población en el hemisferio ahora entienden cuán cerca están de
perder muchos de los logros conseguidos con mucho trabajo en los años recientes
si el análisis de los discursos políticos no conlleva un mayor esfuerzo. Por
otro lado, se dan cuenta de que el tiempo corre en contra a la hora de resolver
problemas de pobreza, desempleo e injusticia, y que una imagen de hombre
trabajador, campechano y de cojones fuertes no es lo suficiente. La magia y el
poder de la imagen política pueden ayudarnos a romper los paradigmas en materia
electoral, pueden ayudarnos a dar saltos históricos convirtiendo en realidad lo
que las masas sueñan y añoran. Pero el elemento clave es guiarnos por la racionalidad
de las propuestas, y no por estímulos emocionales como las imágenes de
televisión: lo que un candidato transmite –su feeling-, las sensaciones. Por
eso es tan importante la primera como la última impresión que se deja en la
audiencia.
Y en eso,
los asesores de imagen tenemos mucho que decir.