Es ya una frase común aquella
que recomienda no regalar pescado al necesitado sino enseñarle a pescar. Una
variante del refrán dice que en lugar de regalar el pescado mejor regalarle la
caña o la red. La verdad es ninguna de las dos sugerencias termina de
convencerme.
Yo me mejor propongo que en
vez de regalar pescado o cañas o redes una sociedad que desee acabar con la
pobreza deberá de asegurar las condiciones para que los que necesiten ayuda
utilicen sus capacidades para producir los bienes requeridos sin interferencias
ni obstáculos y dejen de ser necesitados en base a su propio esfuerzo.
Si usted regala pescado a un
necesitado, ese día el beneficiado comerá y le estará muy agradecido, pero al
día siguiente estará esperando que alguien venga a regalarle otro pescado.
Si usted regala una caña o una
red para pescar, el recipiendario de su generosidad podrá salir a pescar cada
vez que necesite alimentarse, pero llegará un momento en que el pescado estará
escaso y lo más probable es que más temprano que tarde se agote, ya que muchos
pescadores se estarán disputando la cantidad de producto que la naturaleza
espontáneamente es capaz de generar.
En los tiempos del filósofo
Chino a quien se le atribuye la frase original, seguramente la cantidad de
pescado disponible en el mundo era tal que no había disputa entre quienes se
dedicaban al noble oficio de la pesca, pero al paso de los siglos a medida que
la población ha ido creciendo en un planeta que no lo hace, el refrán deja de
tener validez práctica.
De ahí la necesidad de pensar
objetivamente cuando de programas de combate a la pobreza se trata. Considero
que aquellas discusiones en torno a que si es bueno, malo o peor que baje o
suba la asignación de los presupuestos gubernamentales a los rubros de
asistencia social, salud, educación y otros destinos, sería más productivo
discutir en qué forma sociedad y gobierno pueden propiciar las condiciones para
que todo el que desee tener una granja de pescados lo pueda hacer en condiciones
de libre competencia y sin intervenciones onerosas del sector oficial que la
mayoría de las veces terminan fortaleciendo formas monopolísticas de
producción.
Para una nación como la
mexicana que es heredera legítima de dos culturas señoriales, monárquicas, caciquiles, paternalistas –la prehispánica y la hispánica-,
muy bien haría considerar la implementación de vigorosas, ambiciosas,
inteligentes políticas públicas que enseñen a la gente a salir de la pobreza
por su propio esfuerzo, en vez de acostumbrarla a esperar la limosna, la dádiva
o el soborno electoral.
Termino con la siguiente
frase: “Yo creo que el mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles
limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla”. La dijo Benjamín Franklin
(1706-1790), estadista, filósofo y científico estadounidense, considerado uno
de los padres fundadores de esa gran nación que es la norteamericana.