Discutí ayer los monopolios
“naturales” en los que las condiciones económicas inherentes a la fabricación de
un producto o la prestación de un servicio hacen que sea más eficiente que los
ofrezca una sola empresa al haber economías de escala apreciables. También
aludí a cómo evitar el abuso en sus precios.
A primera vista, da la impresión que
empresas de servicios telefónico y televisivo caen dentro de esta categoría. Si
bien es cierto que hay economías de escala en la instalación y operación de redes
telefónicas o de cable, es posible lograr condiciones competitivas en estas
industrias a partir de la regulación de los costos de interconexión o del
ingreso de más oferentes.
El enfrentamiento en Estados Unidos
entre el monopolio telefónico AT&T y las
autoridades judiciales, se remonta a 1913 cuando el Procurador de Justicia
federal ordenó a la empresa “deshacerse
de sus operaciones telegráficas, ofrecer la conexión de larga distancia a
operadores independientes de telefonía y no adquirir más firmas telefónicas
independientes sin autorización del gobierno.”
En 1956, y después de siete años en
los juzgados, la autoridad antimonopolios de Estados Unidos consiguió que AT&T, entre otras cosas, “no pudiera acceder al mercado de computadoras ni de servicios
informáticos para negocios; y que su subsidiaria fabricante del equipo se
mantuviera separada de la matriz.”
Para 1982 sus potenciales
competidores ganaron otra demanda contra AT&T y
un juez federal ordenó a la empresa deshacerse de su mayoría accionaria en 22 operadores telefónicos que se convirtieron
en siete empresas independientes –conocidas coloquialmente como baby Bells-, y
limitó a AT&T al negocio de larga distancia y
fabricación de equipo.
Finalmente, en 1996 cambió
radicalmente la regulación pública en el mercado de telecomunicaciones, que se
abrió sin restricciones a la competencia. En todas las decisiones previas se
reconocía el principio de que éste era un monopolio natural y que, por lo
tanto, no resultaba conveniente desintegrarlo.
En la del ’96, sin embargo, la
autoridad decidió barrer con estatutos anticuados que, en pretendiendo regular
a la empresa, lo que hacían era impedir la competencia y proteger al monopolio.
Los objetivos específicos de la ley promulgada en ’96 fueron:
·
Abrir los sistemas locales y la interconexión al acceso de
competidores.
·
Promover una mayor competencia en el mercado de las telecomunicaciones
que ya habían sido abiertas al acceso de rivales, incluido el servicio de larga
distancia. Esta medida eliminó uno de los últimos cuellos de botella
monopólicos en el sector, con lo que todos los oferentes pudieron acceder a
todos los mercados sin discriminación alguna.
·
Reformar el sistema de “servicio universal” –telefonía fija,
móvil, banda ancha, etc.- para que se ajustara, en beneficio de los usuarios, a
las nuevas condiciones competitivas.
Como se puede apreciar de la
experiencia norteamericana, de tiempo atrás existen las condiciones técnicas
para forzar a un monopolio telefónico a jugar de acuerdo a las reglas de la
competencia, pero si tal cosa no ocurre se debe a la protección que la
autoridad le otorga al monopolio.
En el caso de México, las
condiciones competitivas del mercado de telefonía han sido precarias desde
antes de la integración del servicio en Teléfonos de México. Recuerdo que
existían dos redes telefónicas, Ericsson y Mexicana,
que no estaban interconectadas entre sí, pero que cuando llegaba a casa el
inspector de alguna de ellas había que esconder la instalación de la otra.
Telmex fue operado como monopolio
privado aunque el gobierno fue ampliando su participación accionaria
y la administración de Luis Echeverría tomó su control formal. La
eficiencia del monopolio, a juzgar por sus costos y tiempos de espera para
recibir el servicio, se deterioró gravemente con el paso del tiempo.
Mañana seguiré con esta historia.