El pasado 17 de noviembre compartí con los lectores algunas
reflexiones acerca de esas añadiduras –unas negativas, otras positivas- que
genera la actividad económica y que los economistas llaman externalidades
(ver “De las cosas que son gratis”).
Un caso típico de externalidad negativa son las
emisiones contaminantes de los automóviles; el automóvil es un bien particular,
desde luego legítimo, que junto con muchos beneficios para su dueño o usuario
genera excrecencias –contaminación, entre otras- que afectan a toda la
comunidad.
De este concepto de externalidades
–desarrollado por el economista Arthur Pigou (1877-1959)- han surgido los llamados “impuestos pigouvianos” o “impuestos al pecado” o, para acuñar otro
nombre, “impuestos a lo socialmente nocivo”. La sola existencia de estos
gravámenes ha sido motivo de una aleccionadora y acalorada polémica entre los
economistas.
En términos muy esquemáticos, el impuesto pigouviano busca disminuir las externalidades
negativas o compensar los costos sociales que las externalidades
causan, elevando el precio de la actividad o del bien que provoca dicha externalidad indeseable.
Por una parte, los defensores de esta clase de impuestos,
encabezados por Gregory Mankiw, autor de un libro de
texto ya clásico para la enseñanza de los principios de la economía y profesor
en Harvard, aparecen agrupados en el “Club Pigou” con miembros tan prestigiosos y disímiles como Alan Greenspan, Gary Becker, Larry Summers,
el juez Richard Posner o el político Al Gore.
Por otra, ha surgido el club anti-Pigou, que critica esta clase de impuestos, siguiendo en
gran medida las objeciones originales de Ronald Coase, premio Nobel de Economía
en 1991, quien sostiene que los impuestos pigouvianos
castigan tanto a productores como a consumidores y pueden tener efectos
secundarios indeseables.
Algunos ardientes defensores del liberalismo económico
descalifican este género de impuestos motejándolos sin más de intervencionismo
gubernamental, pero en muchos casos esta objeción suena más a dogma de escuela
(lo cual no es muy liberal, por cierto) que a un análisis racional y científico
del asunto. Otros, igualmente liberales, pero más prácticos, no desdeñan el
potencial de estos impuestos para generar incentivos deseables socialmente, sin
incurrir en odiosas e ineficaces prohibiciones (como sucede en el caso del
costoso y fracasado combate al narcotráfico).
Esta polémica no es, como podría pensarse, otra “discusión
bizantina” entre académicos sino un asunto de políticas públicas que afecta en
forma decisiva la vida cotidiana de todos los habitantes del planeta.
Por lo pronto, confieso que a mí me deja esta polémica con
más preguntas que respuestas. Abundantes preguntas que, sin ser exhaustivo,
compartiré mañana con los lectores.