12/14/2006
Preguntas para intelectualmente honestos
Ricardo Medina

Al parecer los principales promotores involuntarios de los “impuestos a lo nocivo” o “impuestos pigouvianos” son los negociantes que, ante cualquier propuesta tributaria que les afecta, echan mano de sorprendentes presunciones acerca de la casi perfecta elasticidad con que, aseguran, reaccionará la demanda de sus productos ante un incremento en el precio.

 

Casos recientes y cercanos: Los productores de refrescos ofrecen cifras alarmantes sobre la caída que sufrirá la demanda de refrescos endulzados con sacarosa de caña en caso de que esos productos se graven con un impuesto especial de cinco por ciento. Parecen no darse cuenta de que su alegato hace brincar de gusto a centenares de médicos y especialistas en nutrición que saben los daños a la salud que causa el consumo excesivo de esas bebidas.

 

Otro caso: Los vendedores de automóviles pronostican brutales caídas en las ventas si se aprueba que las compras de autos sólo sean deducibles hasta 150 mil pesos en lugar de los actuales 300 mil pesos.

 

¿De veras están convencidos de sus argumentos o será que la deshonestidad intelectual ha pasado alegremente de los discursos de los políticos a los alegatos de los negociantes?

 

He aquí la primera pregunta práctica acerca de los “impuestos a lo nocivo”, la referente a las elasticidades precio-demanda (en el caso de los autos, es una versión análoga de esta presunción porque al parecer, dicen los afectados, la única motivación de miles de personas para comprar un auto es deducirlo fiscalmente). No sabemos a ciencia cierta cómo reaccionará la demanda de un determinado bien en un determinado momento ante un aumento específico en el precio (o una disminución en su deducibilidad fiscal). Conocemos, sí, la ley básica de la economía: La pendiente negativa de la curva de la demanda, pero no sabemos, “ex ante”, de antemano, en cada caso específico qué tan pronunciada o qué tan plana será dicha pendiente.

 

Esta podría ser una primera objeción, de índole práctica, a los impuestos “pigouvianos”, al menos en determinados casos. Si lo que se busca primariamente no es recaudar, sino modificar una conducta a través del incentivo de encarecerla deberíamos tener clara, antes, la elasticidad de la demanda respecto del precio específico en un momento determinado y en un mercado singular.

 

De ahí los malabarismos intelectuales que han tenido que hacer algunos voceros oficiales y oficiosos de los productores de refrescos para, por un lado, decir que caerá la demanda brutalmente y, por otro, asegurar que de cualquier forma dicho gravamen no tendría efectos –involuntariamente buscados- sobre la salud pública, dado que aseguran también (en flagrante contradicción) que “la gente no dejará de consumir refrescos por causa del impuesto”.

 

¿En qué quedamos?, ¿sí o no?



«Regresar a la página de inicio