Al parecer los principales promotores involuntarios
de los “impuestos a lo nocivo” o “impuestos pigouvianos”
son los negociantes que, ante cualquier propuesta tributaria que les afecta,
echan mano de sorprendentes presunciones acerca de la casi perfecta elasticidad
con que, aseguran, reaccionará la demanda de sus productos ante un incremento
en el precio.
Casos recientes y cercanos: Los productores de
refrescos ofrecen cifras alarmantes sobre la caída que sufrirá la demanda de
refrescos endulzados con sacarosa de caña en caso de que esos productos se
graven con un impuesto especial de cinco por ciento. Parecen no darse cuenta de
que su alegato hace brincar de gusto a centenares de médicos y especialistas en
nutrición que saben los daños a la salud que causa el consumo excesivo de esas
bebidas.
Otro caso: Los vendedores de automóviles pronostican
brutales caídas en las ventas si se aprueba que las compras de autos sólo sean
deducibles hasta 150 mil pesos en lugar de los actuales 300 mil pesos.
¿De veras están convencidos de sus argumentos o será
que la deshonestidad intelectual ha pasado alegremente de los discursos de los
políticos a los alegatos de los negociantes?
He aquí la primera pregunta práctica acerca de los
“impuestos a lo nocivo”, la referente a las elasticidades precio-demanda (en el
caso de los autos, es una versión análoga de esta presunción porque al parecer,
dicen los afectados, la única motivación de miles de personas para comprar un
auto es deducirlo fiscalmente). No sabemos a ciencia cierta cómo reaccionará la
demanda de un determinado bien en un determinado momento ante un aumento
específico en el precio (o una disminución en su deducibilidad
fiscal). Conocemos, sí, la ley básica de la economía: La pendiente negativa de
la curva de la demanda, pero no sabemos, “ex ante”, de antemano, en cada caso específico
qué tan pronunciada o qué tan plana será dicha pendiente.
Esta podría ser una primera objeción, de índole
práctica, a los impuestos “pigouvianos”, al menos en
determinados casos. Si lo que se busca primariamente no es recaudar, sino
modificar una conducta a través del incentivo de encarecerla deberíamos tener
clara, antes, la elasticidad de la demanda respecto del precio específico en un
momento determinado y en un mercado singular.
De ahí los malabarismos intelectuales que han tenido
que hacer algunos voceros oficiales y oficiosos de los productores de refrescos
para, por un lado, decir que caerá la demanda brutalmente y, por otro, asegurar
que de cualquier forma dicho gravamen no tendría efectos –involuntariamente
buscados- sobre la salud pública, dado que aseguran
también (en flagrante contradicción) que “la gente no dejará de consumir
refrescos por causa del impuesto”.
¿En qué quedamos?, ¿sí o no?