Después de la tempestad llega la calma. Pero
¿realmente ha llegado? Me sumerjo en los mares de nuestras confusiones
ideológicas, por un solo motivo, identificar ese remolino de percudidas aguas
en donde algunos aspirantes a navegar el buque, utilizando mapas equivocados,
intentaran, y seguirán intentando, enfilarlo hacia el naufragio.
Desde que inicié el desarrollo de una vieja
inquietud; escribir, he recibido respuestas que transitan desde manifestaciones
que podría describir como admiración, hasta las mas burdas agresiones. Con la
brújula extraviada se me ha etiquetado de fascista, nazi, capitalista salvaje
y, lo más ofensivo, militante de la derecha.
Hace días, navegando el Internet, con sorpresa me
encuentro uno de esos despistados obuses lanzado por un señor Gerardo Murrieta, que me sirve la mesa para mi exposición de
motivos.
Reconoce mi capacidad pero expresa, “eso no debe
justificar su xenofobia hacia los progresistas ni su chovinismo ranchero
defensor de la derecha.” Procede entonces; “el señor aun tiene nostalgia por el
poder y, al igual que sus compañeros millonarios, quiere formar un mundo de los
del saco gris.” Afirma mi lejanía de los sufrimientos del pueblo y pregunta
“¿Qué sabe de las luchas de quienes somos la cultura del esfuerzo? ¿De las
condiciones materiales diferentes a las de los Mazón,
Valenzuela etc.? Cierra poéticamente exhortándome a que “no me gane la víscera
burguesa.”
En primer lugar, confirmo al Sr. Murrieta
que efectivamente soy miembro de esa familia Valenzuela a la cual se refiere
envuelto en resentimiento. Soy, además, nieto de Manuel P. Torres, uno de los
más conocidos latifundistas surgidos en Sonora. Pero un hombre de quien que
Lázaro Cárdenas, que conociera en 1914 en
Lo que no soy Sr. Murrieta,
alguien que se forma en la derecha ni promotor de un mundo de sacos grises. El
gris es un color que no me favorece, a mi me gustan los colores fuertes y
pintadores.
Al tacharme de burgués, le pediré definir el
concepto. Porque si supiera la burguesía fue una clase emergente de los
explotados siervos cuando el Rey de Inglaterra, acotado por
Pero en México, el venenoso cóctel de las ideologías
deformadas continúa embriagando la conciencia de sus hijos. Y lo afirmo
incluyéndome. Como miembro de la odiada burguesía que cita el Sr. Murrieta, fui educado para, con esos actos de fe, aceptar
los dogmas que han producido el México que, ante el asombro del mundo, hace
días se develó en el congreso. El de ALMO, el de Slim,
el de Oaxaca, el de Televisa, el de los macheteros de Atenco,
en un bacanal de izquierdas, derechas, conservadores, progresistas que nadie
entiende, pero como afirmara el Dr. Guerra de Guadalajara, “cualquier rato me
llega alguien con una muela picada en el sobaco.”
En colegios privados me enseñaron a odiar a Benito Juárez
y sus leyes de Reforma, a Martín Lutero, a los
liberales del siglo XIX. Después, ante las agresiones al fruto del trabajo de
mi abuelo, aprendí a odiar
Mi conversión al verdadero liberalismo, el de Locke y el recién fallecido Milton Friedman,
me rescataba del laberinto propietario de mi conciencia mercantilista y, armado
de esa tolerancia que surte su filosofía, abría mi mente para entender otras
corrientes de pensamiento. Aprendía de la metamorfosis sufrida de un esfuerzo
nacido en el ala “izquierda” del parlamento francés que, durante su revolución,
buscaba libertad e igualdad, hasta degenerar en regímenes injustos y opresores.
Una “derecha” emergiendo ahí mismo, para conservar
el estado de la insultante monarquía y feudalismo, luego arribar al
mercantilismo de los gobiernos republicanos, y pasara después a usurpar las
funciones de la sociedad en lo que Mises bautizara como intervensionismo. Una
moderna monarquía con ropajes republicanos y demócratas. Pero lo mas grave, un
hibrido mexicano sin coordenadas ni puntos cardinales mas que los de los
propietarios del usurpado poder.
Como convertido liberal, tuve oportunidad de
analizar, sin compulsiones como las del Sr. Murrieta,
la “etiquetada izquierda” moderna y recatada. Al conocer a Cuauhtémoc
Cárdenas, llegué a darme cuenta de sus admirables ideales por justicia y,
sorprendido, mis coincidencias con él. Fue cuando llegué a pensar México
requería de, ¿una izquierda moderna? para, como en los países libres y
desarrollados, lograr ese elusivo equilibrio natural que no permite la
concentración de poder.
Cito de nuevo al Sr. Murrieta
refiriéndose a mi: “A este señor se ve que le incomoda López
Obrador ¿será que siente miedo que se destape el FOBAPROA?” No señor, no me
preocupaba el FOBAPROA, pero sí un lunático como ALMO que tanto daño le ha
hecho a eso que llaman “izquierda responsable.” Hacia ese rumbo apuntaba mi
xenofobia porque sí conozco los sufrimientos de nuestro pueblo y a sus
responsables.
Pero lo más lamentable, es que esos fedallines continúen con sus actitudes destructivas como la
defensa de Flavio Sosa, las altanerías del Senador González que ahora exige
disculpas para el ofendido PRD, o las posturas, estilo indio Fernández, de un
enrabiado tipo llamado Noroña—que debería de ser Llorona— cuando gritando
afirma, no perdonan ni olvidan. El nuevo gobierno no cumple su primer mes,
cuando ya se le etiqueta desde Cristero hasta el nuevo imperio de Maximiliano.
Esa “destructora izquierda,” que nada tiene que ver
con la nacida en el parlamento francés, no respeta las tradiciones de la patria
puesto que nunca las han comprendido. Dicen aspirar a la igualdad de clases y
en esa supuesta búsqueda, no importa el precio en sangre que se deba pagar. En
su causa no hay asesinos ni sanguinarios, y lo afirman con su derecho de
gavilla. Careciendo de grandeza interior, no son capaces de un proselitismo
honorable y efectivo.
Pero ¿son ustedes realmente de izquierda? Pregunto
porque esa estúpida consistencia es duende de mentes mediocres, adoración de
politiquillos, filósofos de peluquería y teólogos de cantinas de barrio. Y la
derecha ¿donde anda? Tal vez por todo este enredo Hayek
escribiera su: “Por qué no soy un Conservador.” Soy liberal.