Traté en días previos de definir al
monopolio, el caso especial del monopolio natural y sus ejemplos clásicos, para
llegar a la cuestión de si la telefonía corresponde a este último caso. Por
último, ayer plantee la batalla legal que se ha dado en Estados Unidos por casi
un siglo para forzar la competencia en esta industria, y los avatares necesarios
para la privatización de Telmex.
Las autoridades a cargo de la
privatización trataron de establecer un equilibrio entre maximizar los ingresos
por la venta de la empresa telefónica, con el diseño de marcos tarifario y regulatorio
apropiados para evitar que se postergara la apertura del sector a la
competencia indefinidamente.
A este respecto, me temo que pecaron
de inocentes y menospreciaron el poder del monopolio para consolidar su
posición, dar marcha atrás a los pasos previstos para asegurar la competencia,
y apoderarse de las autoridades reguladoras encargadas de establecer condiciones
competitivas, neutralizando sus esfuerzos casi por completo.
Es indudable que la empresa en manos
privadas fue mucho más eficiente desde un principio. El servicio mejoró casi de
inmediato. Desaparecieron las interminables esperas para conseguir que los
trabajadores de mantenimiento atendieran los números descompuestos, lo que
requería salir a la calle a buscar una camioneta de Telmex para “arreglarse” con
el operario.
Las llamadas perdidas y cruzadas,
las conversaciones involuntarias entre tres o más personas, la necesidad de
contratar una secretaria exclusivamente para que marcara una cantidad casi
infinita de veces hasta conseguir una línea, y los teléfonos públicos
destrozados, pasaron a ser cosas del pasado.
Desaparecieron también prácticas
aberrantes del monopolio anterior, como era la compra forzada de acciones de la
empresa para poder contratar una nueva línea, que a la salida de sus oficinas
en la calle de Sullivan podía uno vender a los
“coyotes” apostados para comprarlas a descuento.
Fue posible también empezar a
conseguir aparatos telefónicos más modernos y de diversos proveedores para
remplazar los vetustos armatostes que el monopolio obligaba a adquirir, que
recordaban la famosa frase de Henry Ford, “lo pueden pintar de cualquier color mientras sea
negro.”
La empresa también modernizó y
descentralizó su administración y fue posible arreglar asuntos por teléfono que
antes requerían asistir en persona a sus oficinas, armado con todo tipo de
documentos oficiales. También fue notoria la mayor cortesía y esmerado servicio
del personal.
Asimismo, Telmex procedió en forma
acelerada a invertir en nueva tecnología, a instalar modernas centrales
automáticas y a colocar a gran velocidad y por todo el país cableado de fibra
óptica que mejoró apreciablemente la velocidad y calidad de las llamadas y la
transmisión de información.
Todo esto hay que reconocerle a
Telmex. Sin embargo, ello tuvo un elevado costo para la sociedad, como señala Rafael del Villar en su magnífico
estudio Competencia y Equidad en Telecomunicaciones:
“…los
precios (del servicio telefónico) siguen siendo elevados en comparación con
otros países. La relativa debilidad de las autoridades y la opacidad con la que
toman decisiones limitan su capacidad para controlar a la empresa, ya sea
mediante la fijación del precio tope, la sanción de prácticas monopólicas, la regulación asimétrica o reducir las barreras
a la entrada a capital extranjero.”
Para ponerlo en lenguaje llano, el
monopolista se apoderó de las entidades reguladoras que pretendieron generar condiciones
más competitivas o neutralizó en los juzgados los intentos de las comisiones
federales de Competencia y de Telecomunicaciones por robustecerlas.
Por cierto, ese es precisamente el
comportamiento que predice la teoría económica que tendrá un monopolista
racional pero para tener éxito requiere que las autoridades cooperen al poner
obstáculos al acceso de competidores. Esa parte de la historia la seguiremos el
lunes.