Decía mi abuelo que con pelmazos no hay que bañarse
porque se pierde el jabón. Es cierto. Bastó con que un tonto con balcones a la
calle, un tonto de catálogo (de esos que deberían aparecer en cualquier
catálogo o diccionario como ilustración paradigmática de lo que es un tonto),
que es el diputado panista que preside la Comisión de
Presupuesto, dijese una sandez acerca del sistema de calificaciones en la UNAM –exabrupto que no venía
el caso cuando lo que se discute es el subsidio federal a esa universidad- para
que el rector de la “maximísima” casota de estudios
se vistiera de víctima agraviada y exigiese, con voz tronante, más dinero
público.
(Nota, sólo para documentar nuestra desazón: Ese
tonto de antología llegó a diputado del PAN y a presidente de esa comisión
clave invitado por, ¿a qué no saben quién?, ¡bingo!, le atinaron: Manuel Espino
Barrientos).
Poder fáctico poderoso, entre varios más, la UNAM representada por su
rector ha explotado a placer en los medios de comunicación la tontería del
diputado primerizo. El objetivo: Dinero, dinero público, más dinero público.
Hagamos cuentas, porque los números que dispara la UNAM –nunca mejor aplicado el
verbo disparar- son tramposos y exagerados intencionalmente. Primero, es falso
de toda falsedad que la disminución en el subsidio federal planteada para 2007
sea de 900 millones de pesos. Es, apenas, de 123.6 millones de pesos como puede
comprobar quien revise el proyecto
de presupuesto de egresos para 2007 donde dice que el subsidio federal
sería de 16 mil 714 millones 886 mil 590 pesos y lo compare con el presupuesto
aprobado por los diputados para 2006, donde señala claramente que el
subsidio federal asignado a la
UNAM este año es de 16 mil 838 millones 524 mil 984 pesos. La
diferencia, entonces, es de sólo 123 millones 638 mil 394 pesos. Que se haga
tanto escándalo por una cantidad que es menor, sin duda, a la nómina del equipo
de futbol soccer de esa
universidad resulta patético. Que nadie, de entre los sesudos periodistas que
han pontificado sobre el asunto, y sacado a relucir su corazoncito “puma”, se
haya tomado la molestia de acudir a las fuentes para hacer esta comparación nos
habla a las claras de la calidad intelectual, y moral, de nuestros “líderes de
opinión”.
Lo que pasa, explican algunos, es que la UNAM pelea por un aumento
sobre el subsidio efectivamente recibido en 2006, que a la postre resultó
superior al aprobado originalmente (porque tuvimos un año excepcionalmente
afortunado para las finanzas públicas, gracias a los altos precios del petróleo
y a otros excedentes que logró el fisco a través de la recaudación, dado que el
crecimiento económico fue mayor a lo previsto). Pues, ni con esas aparecen los
dichosos 900 millones. Veamos, en la página de transparencia de
la UNAM dice que el subsidio del gobierno federal para 2006 será de 17 mil
149 millones 201 mil pesos. La diferencia entre eso y lo presupuestado para
2007 es de 434 millones 314 mil 100 pesos. Nos siguen tomando el pelo. Y por
partida doble, porque no sólo inventan cifras, sino que es absurdo pedir que
todos los años nos saquemos la lotería y que presupuestemos como si todos los
años vayan a ser de vacas no sólo gordas, sino superdotadas.
La pelea por más dinero público la tenía perdida la UNAM en el terreno de las
buenas razones y de las cifras auténticas, pero tuvo que aparecer el dichoso
tonto de capirote y la disputa se trasladó –muy lopezobradoristamente-
del terreno de los hechos y la objetividad, al terreno de los agravios fingidos y los chantajes emocionales. Ahí, por extraño que
parezca, el rector unamita está en su mero mole, como
avezado político extractor de presupuestos.
Lo único que quedaría es tratar de volver al terreno
de los numeritos fríos y de las razones. ¿Sabía usted que gastamos casi cinco
veces más dinero público por cada alumno de la UNAM que por cada alumno de primaria? ¿Ha
considerado usted que dado que la
UNAM está entre las mejores 100 universidades del mundo,
cualquiera de sus alumnos podría ser sujeto de un crédito educativo –como
existen en cientos de universidades públicas y privadas del mundo- dado que
podrá pagar por la educación que recibió más que holgadamente una vez que
termine la carrera y se incorpore al mundo del trabajo remunerado?, ¿dónde
están los cientos de miles de exitosos egresados de la UNAM, pumas de corazoncito y
alma, que podrían aportar como mínimo agradecimiento a su casota de estudios,
unos veinte o treinta mil pesos por cabeza para juntar los 900 millones extras
que quiere el rector unamita?
Y otra pregunta incómoda, ¿no debería la UNAM, que vive prácticamente
del presupuesto federal –dado que sus ingresos propios no llegan ni al 12 por ciento
de lo que recibe de subsidio- sumarse al programa de austeridad del gobierno?,
¿no podrán juntar los milloncitos que les faltan para tener lo mismo que les
ofrecieron el año pasado –123 millones para ser exactos-, bajándole 10% a los
sueldos de los 18 funcionarios más importantes de la casota de estudios –del
secretario del consejo de planeación al señor rector que perciben sueldos
equivalentes a los de secretarios o subsecretarios de Estado- y sobre todo
bajándole al gasto en celulares, automóviles, choferes,
viáticos, viajes, papelería, electricidad, comidas de trabajo, fotocopias,
anuncios publicitarios, promoción de imagen e inserciones en la prensa?
Bueno, son preguntas. Y, ¡por el amor de Dios!, que
le pongan un bozalito al diputado que recomendó el señor Espino.