El
desafío principal de la administración de Felipe Calderón en materia de
política económica es, quizá, el cuerpo de cambios pendientes en el sistema
fiscal. Este sufre de diversas y documentadas distorsiones, que generan costos
de ineficiencia, así como graves injusticias en el universo de la economía
interna. Sin embargo, a pesar de las promesas de llevar a cabo una reforma
fiscal basada en el impuesto único (el famoso “flat tax”), esta es un área donde la mayoría de analistas
suponen que, de plano, ni se puede, ni se podrá. Los intereses políticos y
populares al cambio propuesto son demasiado grandes para lograr el objetivo de
una solución radical al problema fiscal del país.
No
es así. Al contrario, el ámbito fiscal representa un área de oportunidad para
la combinación de soluciones radicales creativas, que logren una transformación
estructural bajo una estrategia basada en un fuerte apoyo popular, y político.
Nuevamente, la idea no es rebasar por la izquierda, sino buscar alinear los
incentivos en una forma, un esquema de juegos, donde todos los participantes
(popular, político, económico) puedan ser ganadores. Ruth Richardson,
la gran arquitecta de las transformaciones en Nueva Zelanda, suele decir que en
política económica, hay que pensar con la cabeza, pero ejecutar con el corazón.
Es decir, una transformación que no incluya una red social de protección
probada para hacer frente a las contingencias ocasionadas por el ajuste
inicial, así como posibles perdedores de corto-plazo, no tendrá el éxito
buscado.
En
un reciente e importante análisis sobre el reto fiscal del país, Sergio
Sarmiento afirma que “no es ningún misterio lo que se debe hacer en el tema fiscal.
El gran problema es cómo vencer a los grandes intereses que se oponen a la
simplificación y racionalización de los impuestos. Lo importante es que sigamos
avanzando, aun cuando la reforma ideal siga siendo eso, un ideal.” Para
Sarmiento, lo “ideal” sería una tasa única de alrededor de 15% sobre el
ingreso, pero que a la vez eliminara todo el amplio universo de exenciones,
deducciones y privilegios; en consumo, lo ideal sería, también, una tasa de
alrededor de un 10%, pero que sea aplicable a absolutamente todos los
productos, incluyendo alimentos y medicinas, y en todas las regiones del país.
Sin embargo, si “somos realistas,” deberemos de concluir, según la perspectiva
de Sarmiento, que las posibilidades de realizar “lo ideal” en materia fiscal
son “muy limitadas.” Hay demasiadas telarañas mentales (el impuesto no es
progresivo) e intereses especiales (“tabú político”) que impiden llevar a cabo
el cambio fiscal. En las palabras de Sarmiento, “las fuerzas conservadoras han
encontrado en este tema una causa populista que no abandonarán,” por lo cual
concluye que en este sexenio “habrá que ser mucho más modestos, o políticamente
realistas, en cuanto a los límites de la reforma fiscal.”
El diagnóstico de
Sarmiento parece contundente. Sin embargo, creemos que, en el rubro fiscal, sí
se puede—es decir, sí se puede lograr un cambio fiscal radical, basado en la
alineación de los incentivos populares, políticos y de la lógica económica. El
problema es que el punto de venta está basado en la tesis, contundente pero
insuficiente para mover las fuerzas mercadológicas,
que las injusticias de regímenes de tasas diferenciadas, ya sea a nivel de
consumo o a nivel de ingreso, implica que los que menos tienen acaban, sobre
todo en materia de consumo, subsidiando a los que más tienen. La verdadera
razón por la cual se debe unificar la tasa de impuesto al valor agregado, no
reside en que habrá mayor recaudación, o más para repartir, sino que se
eliminarían las injusticias derivadas de un sistema diferenciado, el fenómeno
de “hood-robinismo” fiscal,
donde los que más tienen, y los que sí pueden pagar, se llevan la gran tajada
del privilegio, mientras que los que menos tienen dejan de recibir, en forma
directa, lo que se podría generar por medio de la unificación tributaria.
Los intelectuales,
analistas, legisladores, líderes sindicales, políticos, y otros más, se oponen
a la unificación de tasas bajo el pretexto de que esta medida golpeará a los
que menos tienen, ya que la mayoría de estos sufrirán un aumento en la cantidad
proporcional de los ingresos que destinan al gasto en alimentos
y medicinas, mientras que en materia de ingreso, “los ricos” dejarán de pagar
lo que deberían pagar. Empero, partimos de datos, no de fantasías populistas:
el régimen de tasas diferenciadas, sobre todo en consumo, implica que dejamos
una gran cantidad de recursos fiscales sobre la mesa, al no recaudar recursos
de aquellos que sí pueden pagar el impuesto de 10% (o 15%, o lo que sea) en
alimentos y en medicinas. En concreto, de cada peso que se deja de recaudar por
subsidiar a los que menos tienen con una tasa cero alimentos y medicinas, a la
vez se deja de recaudar hasta cuatro pesos (sino es que más) por no gravar a
los que sí pueden pagar. Esa desproporción equivale a privilegiar a los que sí
pueden pagar a costas de lo que no pueden pagar.
La solución radical,
por ende, es encontrar un medio de apoyo a los potencialmente golpeados por la
tasa única (o sea, los primeros seis deciles de la
población) en la etapa de transición hacia un régimen fijo. El impacto del
aumento hacia el 10% de tasa en impuesto al valor agregado en alimentos y
medicinas equivale a un aumento en el gasto promedio de unos 73 pesos en las
familias del sector más pobre de
La propuesta, incluso,
podría ser de cada peso adicional que se tendría que pagar, para las familias
más pobres, destinar un subsidio “copeteado,”
digamos, de dos pesos. El truco financiero sería hacer llegar esta cantidad de
futuros ingresos a estas familias, pero antes, y no después, de que se ejecute
La forma de hacer esto
es por medio de una operación de factoraje fiscal, es decir, usar las facturas
de futuros ingresos fiscales esperados como garantía para
financiar un instrumento especial de deuda pública, con vencimiento a
largo-plazo, a una tasa igual o más atractiva de las tasas a las cuales hoy ya
se coloca papel gubernamental. Los nuevos recursos se destinarían a un
fideicomiso transparente, cuyo comité sería responsable en otorgar, a través
del padrón actualizado, los subsidios correspondientes. El bono se podría ir
amortizando en la medida que se vayan captando nuevos recursos tributarios
derivados del aumento proyectado en la recaudación.
De esta forma, ya no se
puede usar la excusa de “los pobres” para enmascarar los privilegios fiscales,
y detener los incrementos derivados de la generalización del impuesto al
consumo. Los ciudadanos que menos tienen ya estarían potenciados con recursos antes de la entrada en vigor del cambio en
régimen. Eso, psicológica y políticamente, hace una diferencia crucial. La
operación no impacta negativamente sobre las finanzas públicas, al estar
basadas con la garantía de futuras facturas fiscales, en un solo centavo.
De esta forma, los jugadores
estarían alienados, cada quién con lo suyo—el jugador popular, con un subsidio
con diente, dado antes de la reforma; el jugador político, sin tener que pagar
la factura del odiado “progresivismo,” o todavía más
odiado impuesto a alimentos y medicinas; y el jugador económico,
con la madre de todas las reformas, la gran transformación pendiente para
elevar nuestra competitividad, la reforma fiscal. Así, sí se puede.