El poder del
estado tiene tres vertientes imponderables y que marcan los límites de la libertad:
las leyes, la seguridad pública y los impuestos. Todo lo demás puede ser
matizado, puede ser necesario o fútil, puede ser negociado, puede ser
cuestionado pero ninguna democracia se atreve a negarle al estado el poder de
hacer las reglas, el poder de utilizar la fuerza y el poder de cobrar
impuestos, pero en México parece que somos una especie de democracia diferente,
como todo lo mexicano, antes de entender ya tenemos el “pero en México las
cosas son diferentes”, y por ello los políticos no se cansan de criticar la
fuerza del estado, que casi había renunciado a su uso, los particulares y los
políticos comercian libre e impunemente con las reglas a fin de hacer un estado
premoderno de excepciones que más se parece al mercantilismo que a una
democracia y por último toda la sociedad reacciona mal a los impuestos al grado
tal que han dejado de ser un asunto económico y pasan a ser la expresión de las
particularidades de la política mexicana, el que quiera más impuestos es retrógrada
de derecha, cuando en el mundo es lo contrario, el que se niegue a gravar el
consumo es progresista de izquierda y así sucesivamente nos mostramos como unos
verdaderos ignorantes en materia fiscal y en materia política.
Los
impuestos son eso, la imposición del estado para financiar sus actividades y
que cada ciudadano debe pagar, la razón pues que los ciudadanos con su voto y
sus delgados (congresistas) llevan las demandas de sociedad al gobierno y
diseñan programas de gobierno con los que todos, en teoría, están de acuerdo;
por ello si los ciudadanos votan un programa de gobierno tienen que pagar por
él. Pero en México es PEMEX el que paga la mayor parte del gasto y los políticos
se sienten desligados de los ciudadanos por la extrañeza de la no reelección,
así que la sociedad debería ser la que se negara a pagar impuestos pero no es
así, son los políticos los que rechazan el pago de impuestos haciendo unas
reglas tan arcaicas que el deporte favorito no es el futbol
y ver perder al América sino el evadir y eludir el pago de responsabilidades
fiscales. Las cifran son espantosas, que el 40% del IVA se evade, que los
privados evaden entre 400 y 500 mil millones de impuestos al año, pero lo más dramático
es que los informales evaden mucho más y en mucho más grandes números, son por
lo menos el 30% de nuestra economía y son, según la fuente, ya casi 15 millones
de mexicanos.
El nuevo
equipo de Hacienda presentó una Ley de Ingresos que no dejó satisfecho a nadie,
pues al verse imposibilitados para presentar una iniciativa de reforma fiscal
presenta un auténtico bodrio recaudatorio que trata de sacar ingresos de los
que ya pagan por medio de restringir la deducciones y por el otro lado trata de
castigar los comportamientos “socialmente indeseables” como el fumar o beber,
alcohol o refrescos. Esta apuesta por el ser políticamente correcto y no retar
al Congreso para que se faje y por primera vez discuta el futuro del gobierno
del país nos lleva a resultados por demás “políticamente indeseables” pues a
las propuestas surgen las protestas de los afectados en sus ingresos como son
los restauranteros o los enemigos declarados entre los
fabricantes y concesionarios de automóviles o peor aún Pepsi
y Coca Cola haciendo cabildeo juntos. Pero la señal es muy clara, el gobierno
requiere de ingresos nuevos para solventar un gasto que ya se ha vuelto muy
pesado y ante la “crisis” política no hay más que recurrir a exprimir a los consumidores.
Los efectos
de esta política en la que los impuestos no son generales, ni racionales, y con
impuestos como los ahora planteados no hay más que nuevas distorsiones al
funcionamiento de los mercados y peor en un área donde la teoría económica lo
más que nos llega a decir es que los impuestos son un mal necesario y por ello
lo que hay que hacer es conseguir el mínimo de malestar social, por ello se
llaman así impuestos. Es esperar a que en algún momento de los próximos años
tengamos un sistema menos injusto, pues el slogan de nuestros políticos de una
reforma fiscal justa, equitativa y que no grave a los pobres es nomás eso, un
membrete que suena bonito pero que técnicamente es imposible, a fin de cuentas pagar
impuestos viene a ser el costo de ser ciudadano y en México pagamos muy caro
por una ciudadanía olvidada y unos servicios públicos de quinta.