En la introducción de su estupendo libro “Gulag. A history”, Anne Applebaum comenta un hecho
chocante: A la caída del imperio soviético, en Praga los turistas
estadounidenses y de Europa occidental compraban alegremente recuerdos del
régimen caído, se adornaban con la hoz y el martillo en emblemas pegados a la
solapa o en camisetas o en gorras “simpáticas”. A esas mismas personas les
habría resultado repugnante ostentar una suástica nazi, pero avalar –así fuese
humorísticamente- al terrible régimen que
asesinó, torturó y deportó a campos de concentración –“de trabajo”- a millones
de personas, muchas más que aquellas que Hitler
alcanzó a destruir, parece inocuo y hasta ligeramente “progresista”.
Entre otras muchas razones para explicar esta flagrante
incongruencia moral, común en Occidente, Applebaum
propone la siguiente: Nos resistimos a condenar un régimen criminal con el que,
aunque sea en la retórica, tenemos simpatías. “Los ideales comunistas –justicia
social, igualdad para todos- son simplemente mucho más atractivos para la
mayoría en Occidente que la apología Nazi del racismo y del triunfo del más
fuerte sobre el débil. Aun si la ideología comunista significa en la práctica
algo muy diferente, es muy duro para los descendientes intelectuales de las
revoluciones americana y francesa condenar un sistema que sonaba, al menos, similar al propio”.
Leyendo ésa y otras reflexiones de Anne
Applebaum recordé cómo, intermitentemente, a lo largo
de este año, 2006, la plaza central de
Sin embargo, la historia de
Sólo dos palabras que deberían hacer que se les cayera la
cara de vergüenza: Deshonestidad intelectual.