El sistema impositivo correcto, tanto desde
el punto de vista de la justicia, como de la eficacia, es el integrado por un
impuesto único (ni uno más), universal (sin excepción), homogéneo (la misma
tasa en todos los casos), no expoliatorio (para que
el cobro del mismo no degenere en un robo con todas las de la ley), al consumo
(no al ingreso, no al patrimonio), y cuyo fin sea financiar las legitimas
tareas del gobierno: garantizar la seguridad contra la delincuencia, impartir
justicia, y ofrecer los bienes y servicios públicos, ¡que realmente sean
públicos!
Me queda claro que falta mucho para llegar a
tener (si es que algún día llegamos a tenerlo), un sistema tributario como el
descrito en el párrafo anterior, que será el resultado de una reforma fiscal
que sea, antes que tributaria, presupuestaria, y que comience por responder las
siguientes preguntas: ¿en qué gasta el gobierno?, ¿cuánto gasta el gobierno?, y
¿cómo gasta el gobierno?, tres preguntas que se sintetizan en una: ¿qué debe
hacer el gobierno?
Una verdadera reforma fiscal debe comenzar
por esta pregunta, ¿qué debe hacer el gobierno?, para, con la respuesta en la
mano, plantear la siguiente: ¿cuánto cuesta que lo haga y cuál debe ser la tasa
del impuesto único, universal, homogéneo, no expoliatorio,
al consumo que le proporcione los recursos para que lo haga?
Si la reforma fiscal no comienza siendo una
reforma presupuestaria, no será la reforma fiscal correcta, por lo que el
primer paso debe darse a partir de la pregunta, ¿qué debe hacer el gobierno?
Para responderla conviene distinguir lo que el gobierno puede hacer de
lo que debe hacer.
Todo gobierno puede hacer, en esencia, tres cosas. Primera: prohibir que nos
hagamos daño unos a otros y, en el caso de que no se observe la prohibición,
castigar a quien dañe a terceros. Segunda: prohibir que nos hagamos daño a
nosotros a mismos. Tercera: hacernos directamente el bien, garantizándonos
desde la cuna hasta la tumba. En el primer caso se trata del gobierno gobierno, en el segundo del gobierno ángel de la
guarda, que nos preserva de todo mal, y en el tercero del gobierno hada
madrina, que nos concede todos los bienes. Es obvio que el gobierno ángel
de la guarda viola el derecho a la libertad (por ejemplo: al prohibir
determinados consumos), de la misma manera que el gobierno hada madrina
viola el derecho a la propiedad (ya que el gobierno, para darle a unos, tiene que
quitarle a otros), todo lo cual plantea la siguiente pregunta: ¿dónde queda la
legitimidad de un gobierno que termina haciendo aquello que debería evitar:
atentar contra la libertad y la propiedad de los gobernados?
El gobierno, ¿puede ser ángel de la guarda
y hada madrina? Sí, y de hecho gobernar se ha vuelto sinónimo de
preservar al gobernado de todos los males y concederle todos los bienes. Pero
más allá de lo que el gobierno puede, ¿debe ser ángel de la guarda y hada
madrina? No, y sin embargo lo es, y utiliza muchos medios a su alcance para
actuar como tal, desde la prohibición de determinados males, hasta la provisión
de ciertos bienes.
A partir de lo dicho en los párrafos
anteriores podemos analizar los impuestos con los que el gobierno pretende,
uno, reducir el consumo de ciertos productos, nocivos para la salud, actuando
en tal caso como ángel de la guarda, y, dos, proporcionar atención
médica por haber consumido dichos productos, actuando entonces como hada
madrina.
Continuará.