En una
colaboración anterior enumeré los que a mi juicio son los principales retos que
enfrentará el nuevo Presidente de México para hacer crecer la economía. Aunque
las causas del bajo crecimiento son tan complejas como el proceso económico
mismo, sí podemos distinguir diversos factores estructurales que inhiben
decididamente la formación de capital necesario para la expansión económica,
como el diseño de la estructura tributaria, la flexibilidad del mercado laboral,
la apertura del sector energético, la calidad del sistema educativo y el marco regulatorio, entre muchos otros.
En mi muy
personal opinión, la reforma fiscal es la más importante de todas las famosas
reformas estructurales, toda vez que los impuestos inciden, directa o
indirectamente, en nuestras decisiones de consumo, ahorro e inversión y, por lo
tanto, actúan como incentivos o desincentivos de la
actividad económica. Además, en un sentido integral, la reforma fiscal significa
la reforma del gobierno y de lo que nosotros, los ciudadanos, queremos que
haga. Y ahí está lo complejo del asunto. No es un provinciano asunto de que el
Estado se allegue de más dinero para gastar y gastar (el efecto positivo del
gasto público en el crecimiento no puede darse por hecho); se trata de
transformar a fondo la relación gobierno-gobernados.
La falla de
fondo que enfrenta el país en el orden fiscal no es la insuficiencia de
ingresos tributarios del gobierno, lo que le impide emprender ambiciosos
programas de obra pública. Los ingresos fiscales no pueden, por sí mismos,
generar el crecimiento económico que necesitamos para abatir la pobreza. Tratar
el problema fiscal como insuficiencia de recursos gubernamentales llevaría la
reforma tributaria al fracaso, tanto para aumentar los ingresos como para
superar el verdadero problema, el ralo crecimiento. Esto es así por una
olvidada razón: el gobierno sólo puede obtener recursos de la sociedad, la cual
difícilmente estará dispuesta a apoyar una reforma que no muestre claramente
los beneficios para la gente. Incrementar los ingresos públicos es un mal
planteamiento de la reforma fiscal porque es ver sólo la conveniencia de los
gobernantes.
La verdadera
falla fiscal es que la actual estructura tributaria se ha vuelto terriblemente injusta,
complicada y costosa, lo que no posibilita un ambiente favorable para la
creación de riqueza dados los efectos negativos en la acumulación de capital,
el trabajo de las personas y la cooperación de los contribuyentes. México
necesita una reforma fiscal que a) acabe con las injusticias (exenciones
impositivas, tasas diferenciadas, deducciones innecesarias, subsidios y
créditos populistas, multitud de gravámenes, regímenes privilegiados, etc.), b)
distorsione lo menos posible los procesos de mercado, c) reduzca el costo de
cumplir con las obligaciones fiscales y, d) reduzca el desperdicio, elimine
gastos superfluos y obligue más transparencia en el uso de los recursos. El
primer punto significa ampliar la base de contribuyentes mediante impuestos
generalizados y reducir la evasión; el segundo, implica introducir tasas bajas
de impuestos, el tercero, simplificar el pago de impuestos y el último
involucra una transformación presupuestal que refleje las funciones lícitas del
gobierno. Como consecuencia de esto, mejorarán los ingresos del gobierno,
necesarios para cumplir con sus compromisos sociales.
Los
mexicanos pagamos muchos impuestos (IVA, ISR, IEPS, al comercio internacional, ISAN,
tenencia y otras obligaciones adicionales, sólo por enunciar los federales) que
resultan muy costosos para la sociedad por partida doble: porque la tasa total
efectiva es muy alta (en algunos casos rebasa el 40%, sin contar el costo de la
regulación y otras obligaciones adicionales) y porque, además, es muy caro
pagarlos. La existencia de tantos tratamientos especiales y tasas impositivas
para cada gravamen dificulta en gran medida el pago y cobro de los impuestos.
Se estima que cumplir con la legislación fiscal (o hacer parecer que se cumple
con ella) junto con recaudar impuestos nos cuesta a los mexicanos unos 127 mil
millones de pesos al año (1.5% del PIB). Eso quiere decir que, para pagar
impuestos, la sociedad tiene que absorber un 15.7% adicional al pago de sus
contribuciones. Además, hay que considerar la pérdida del gobierno por “gastos
fiscales” –cortesía de la injusticia tributaria- y evasión, que en conjunto
suman alrededor del 100% de la recaudación tributaria. Así pues, la estructura
fiscal actual termina siendo muy costosa para los mexicanos, tanto
contribuyentes, quienes desperdician recursos para pagar o evadir, como
gobierno, que pierde ingresos.
Una manera de transformar
la estructura fiscal en una más sencilla, justa y menos costosa y que incentive el trabajo, el ahorro y la inversión
es mediante la adopción de lo que algunos autores han llamado el sistema PBP, es decir, impuestos pocos, bajos y parejos para todos. De
esa forma se distorsionan lo menos posible las decisiones de los agentes
económicos y se reduce tanto el costo de cumplir con el fisco como la evasión. Otra
opción, que han llevado a cabo diversos países con gran éxito, es la
introducción de un único impuesto, lo que
conllevaría eliminar todos los impuestos actuales, junto con sus múltiples
tasas, regímenes especiales, deducciones y exenciones de la estructura
tributaria. Un estudio reciente sugiere que un impuesto único, igual para todos
los mexicanos y con una tasa sorprendentemente baja, no sólo incentivaría el
crecimiento sino que además igualaría el monto de la recaudación actual y sin las
complicaciones de ahora.
Lo
importante en este momento es comprender que una reforma fiscal exitosa, que
acabe con la verdadera falla fiscal y genere crecimiento económico, debe estar
diseñada desde la óptica del beneficio al contribuyente, no a los gobernantes.