Va, primero, la versión ligeramente actualizada de un
relato publicado aquí hace un par de años. Dice así:
Por fin, el líder parlamentario subiría a la tribuna
a razonar el voto de su partido. Gran expectación, mientras la figura
regordeta, sonrisa congelada, mofletes rubicundos, avanza por el pasillo,
balanceándose hacia el púlpito de la patria soberana. Murmullos. Un avezado
senador le comenta a su compañero: “Vas a ver qué argumentación. Con esto los
vamos a dejar estupefactos”.
El líder, flamante senador que antes fue diputado, y
antes gobernador, y antes subsecretario, y antes secretario de gobierno, y
antes diputado local, y antes secretario particular de don Abundio Martínez –
legendario político de armas tomar, tanto en sentido literal como figurado-,
sube por fin al sitial, se aclara la garganta y, antes de hablar, bebe un sorbo
de agua de un líquido burbujeante y oscuro, del vaso que la mano de un ujier
invisible y servicial ha puesto a un lado del atril.
Con su inolvidable voz aguda inicia el ritual de
rigor: “Con su venia, señor Presidente de la Asamblea”. Bebe otro sorbo del
líquido chispeante, se aclara la voz y emite un sonoro eructo.
“Es cuanto, señor Presidente de la Asamblea”. Sus
seguidores estallan en aplausos y gritos de júbilo. La chispa de la vida ha
ganado otra batalla.
Fin.
Va el segundo cuentito:
Del rostro del sabio médico se borró paulatinamente
la sonrisa, mientras le ofrecía a su paciente – un viejito gordo, rubicundo, de
barba blanca, enfundado en un llamativo y ridículo traje rojo- su diagnóstico:
“La curva de la glucosa no deja lugar a dudas. Se trata de hipoglucemia
reactiva a hiperglucemia. Eso explica las fatigas
repentinas. Al principio del día usted toma calorías en abundancia, sobre todo
su bebida esa, oscura y burbujeante, pletórica de azúcar. Puede verlo aquí, es
el pico más alto de la curva, usted se siente rebosante de energía, dispuesto a
recorrer el mundo repartiendo regalos; pero muy pronto, aquí en este otro punto
de la curva, el nivel de azúcar en la sangre se desploma brutalmente. Fatiga,
debilidad, mareo, se le nubla la vista y puede perder la conciencia, como le
sucedió ayer…menos mal que los duendes se avisparon y evitaron una
desgracia…esos trineos pueden ser muy peligrosos.”
El viejo escucha el discurso del médico con angustia
creciente, hoy es 23 de diciembre y en sólo unas horas deberá iniciar el
trabajo más importante del año, de todos los años. ¿Cómo podrá hacerlo
sintiéndose tan mal? El médico es tajante: Dieta. Frutas. Agua pura. Ni hablar
de azúcar.
El viejo hace un último intento, aunque sabe que será
inútil: “¿Y la chispa de la vida, doctor?, eso siempre me reanima”.
El médico, ahora terriblemente serio, le responde:
“¿Chispa de la vida?, para llamarle así a ese potaje se necesita un humor más
negro que ese veneno con burbujitas”.