Se llamaba José Millán Astray, general franquista. En plena Guerra Incivil,
octubre de 1936, gritó en Salamanca “¡Viva la muerte!”. Don Miguel de Unamuno, rector de la universidad, respondió: “Me conocéis
bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse
callado equivale a mentir... Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta.
Pero no convenceréis… necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha.
Me parece inútil el pediros que penséis en España.”
Se llamaba Augusto Pinochet, general chileno, septiembre de 1973. Ignoro si
gritó ese necrófilo “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!” pero sí que
lo ejerció (dentro y fuera de las fronteras). Luego de su golpe de estado y su
traición a cuanto había jurado, presidió sobre cementerios, cámaras de tortura
y toda hez de ferocidades contra quien –intelectual o no– se le antojara. Y
además, ladrón. Pero eso sí: presumía de muy católico.
Oí una retransmisión de
conversaciones de Pinochet con los golpistas, en
plena acción. Hablaban de Fernando Flores, ministro de Hacienda, quien pedía
del ejército un “trato decoroso”. Fuera de sí, Pinochet
gritó que ya podía “ese carajo” de Flores conformarse
con que lo dejara vivir.
Sentí un tremor por la liviandad de
ese militarote ante una vida ajena. Fernando estuvo
preso 3 años; al salir, en San Francisco se hizo filósofo, escritor,
empresario, inventor, diseñador y maestro de clase mundial en lingüística, comunicación
y tecnología. Hoy es senador en Chile. Fui su discípulo varios años y es de las
personas más constructivas en mi vida. Tuve también amigos chilenos asilados en
México, otrora cercanos a Allende; su hija Isabel entre ellos. Y no nos unía
una inexistente afinidad ideológica, sino la poderosísima escuela de ese
maestro a quien el golpista no mató.
Denunciar al Pinochet
dictador, represor, asesino y torturador no implica defender a un Allende que
llevó a su país al desastre económico, político y cultural, y a una profunda
discordia, que Pinochet exacerbó, y que pervive. Por
más que hubiese triunfado legalmente, Allende produjo una tragedia de brutal
escasez, inflación tan desbordada como su demagogia, creciente pobreza, déficit
fiscal superior al 25%, etcétera.
Tras el golpe, y aparte del salvaje
e indiscriminado ataque a todo derecho político o de pensamiento o expresión,
en la economía vino una larga cadena de ensayos en que predominó el error. Sólo
la llegada de personajes como José Piñera y Hernán Büchi logró iniciar un duradero desempeño económico,
envidiable para quienes, en el resto del continente, seguimos tropezándonos con
las mismas mitologías.
Concedamos que Pinochet
permitió manejar la economía a gente capaz; pero no es suya la medalla, como
tampoco es mérito de su admiradísimo Franco el desempeño actual de España.
Además, se sometió a una elección y se bajó del poder; mejor eso que otro
brutal asesino latinoamericano como Fidel. Mas las comparaciones extremas
ayudan poco. Pinochet saldría ganando también, si lo
comparásemos con Atila o con Calígula
o con Iván el Terrible. ¿Y?
Es aborrecible todo enemigo de la
libertad y del derecho ajeno, apellídese Allende o Pinochet.
Es detestable cualquier demagogo y envidioso de la riqueza ajena, llámese López
de Santa Anna, López Portillo o López Obrador. Toda
dictadura es execrable, sea de un antipático como Pinochet
o Stroessner, o de uno políticamente “correcto” como
Castro o Mao. Todo asesino es reprobable, sea de
“derecha” como Pinochet o Somoza
o Mussolini, o de “izquierda” como Ceausescu o Lenin o Pol Pot.
Algunos pensamos que la moral no es
doble. Que es la misma para todos, aunque uno sea mi compadre y el otro mi enemigo.