12/22/2006
Pinochet o ¡viva la muerte!
Fernando Amerlinck

Se llamaba José Millán Astray, general franquista. En plena Guerra Incivil, octubre de 1936, gritó en Salamanca “¡Viva la muerte!”. Don Miguel de Unamuno, rector de la universidad, respondió: “Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir... Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis… necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.”

 

Se llamaba Augusto Pinochet, general chileno, septiembre de 1973. Ignoro si gritó ese necrófilo “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!” pero sí que lo ejerció (dentro y fuera de las fronteras). Luego de su golpe de estado y su traición a cuanto había jurado, presidió sobre cementerios, cámaras de tortura y toda hez de ferocidades contra quien –intelectual o no– se le antojara. Y además, ladrón. Pero eso sí: presumía de muy católico.

 

Oí una retransmisión de conversaciones de Pinochet con los golpistas, en plena acción. Hablaban de Fernando Flores, ministro de Hacienda, quien pedía del ejército un “trato decoroso”. Fuera de sí, Pinochet gritó que ya podía “ese carajo” de Flores conformarse con que lo dejara vivir.

 

Sentí un tremor por la liviandad de ese militarote ante una vida ajena. Fernando estuvo preso 3 años; al salir, en San Francisco se hizo filósofo, escritor, empresario, inventor, diseñador y maestro de clase mundial en lingüística, comunicación y tecnología. Hoy es senador en Chile. Fui su discípulo varios años y es de las personas más constructivas en mi vida. Tuve también amigos chilenos asilados en México, otrora cercanos a Allende; su hija Isabel entre ellos. Y no nos unía una inexistente afinidad ideológica, sino la poderosísima escuela de ese maestro a quien el golpista no mató.

 

Denunciar al Pinochet dictador, represor, asesino y torturador no implica defender a un Allende que llevó a su país al desastre económico, político y cultural, y a una profunda discordia, que Pinochet exacerbó, y que pervive. Por más que hubiese triunfado legalmente, Allende produjo una tragedia de brutal escasez, inflación tan desbordada como su demagogia, creciente pobreza, déficit fiscal superior al 25%, etcétera.

 

Tras el golpe, y aparte del salvaje e indiscriminado ataque a todo derecho político o de pensamiento o expresión, en la economía vino una larga cadena de ensayos en que predominó el error. Sólo la llegada de personajes como José Piñera y Hernán Büchi logró iniciar un duradero desempeño económico, envidiable para quienes, en el resto del continente, seguimos tropezándonos con las mismas mitologías.

 

Concedamos que Pinochet permitió manejar la economía a gente capaz; pero no es suya la medalla, como tampoco es mérito de su admiradísimo Franco el desempeño actual de España. Además, se sometió a una elección y se bajó del poder; mejor eso que otro brutal asesino latinoamericano como Fidel. Mas las comparaciones extremas ayudan poco. Pinochet saldría ganando también, si lo comparásemos con Atila o con Calígula o con Iván el Terrible. ¿Y?

 

Es aborrecible todo enemigo de la libertad y del derecho ajeno, apellídese Allende o Pinochet. Es detestable cualquier demagogo y envidioso de la riqueza ajena, llámese López de Santa Anna, López Portillo o López Obrador. Toda dictadura es execrable, sea de un antipático como Pinochet o Stroessner, o de uno políticamente “correcto” como Castro o Mao. Todo asesino es reprobable, sea de “derecha” como Pinochet o Somoza o Mussolini, o de “izquierda” como Ceausescu o Lenin o Pol Pot.

 

Algunos pensamos que la moral no es doble. Que es la misma para todos, aunque uno sea mi compadre y el otro mi enemigo.

 



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