En amplios e influyentes segmentos de la población en
Estados Unidos ha resurgido un fuerte sentimiento contra el ingreso de
inmigrantes –legales o no- al mercado laboral. Con un simplismo similar al que
priva en varios países de Europa –especialmente en Francia- se juzga que la
llegada de trabajadores no especializados de otros países contribuye a
disminuir los salarios y, por ende, a mermar el bienestar.
De nueva cuenta hay que remitir a los políticos y a
los líderes de opinión que sostienen y promueven esa visión miope –contra la
evidencia histórica y contra el simple razonamiento- al magistral ensayo de Bastiat, sobre lo que se ve y lo que no se ve. Los malos
economistas, advertía el genial ensayista, sólo atienden a lo que se ve de
inmediato y ello les lleva a sostener tonterías tan monumentales como la de que
la sociedad recibiría grandes beneficios si tuviésemos un ejército de jóvenes
vándalos rompiendo ventanas; después de todo, ¿razonan?, de algo tienen que
vivir quienes reponen ventanas rotas.
En el caso de la migración de trabajadores –haciendo
a un lado los chocantes reflejos xenófobos cubiertos de hipocresía
políticamente correcta- no se “ve” que gracias a los menores salarios de esos
inmigrantes no calificados laboralmente, los precios disminuyen y se liberan
recursos que se destinan a incrementar la productividad o a mejorar el
bienestar. El trabajador nativo, que ve al inmigrante como una terrible
amenaza, no percibe que él está pagando menos por su vivienda gracias a que la
productividad introducida por los inmigrantes ha disminuido los costos de
construcción; tampoco “ve” que sin el aporte de la migración sería imposible
sostener los bajos precios que él paga por comer una hamburguesa.
Generalmente lo que no se “ve” –porque a los grupos
de interés que se benefician del proteccionismo o de las barreras a la
migración justamente no les interesa que se “vea”- es la perspectiva del
consumidor y la del contribuyente. La miopía focaliza todo en la mezquina
balanza de costos-beneficios de un productor o de un sector de los productores.
El mundo lo reducimos a los fabricantes de ventanas y a quienes reparan
ventanas rotas. No existe el fabricante de zapatos que venderá menos zapatos
porque gastamos lo que teníamos en reponer ventanas rotas ¡y no existimos, para
tal miopía, nosotros mismos que destinamos recursos escasos no a generar valor,
sino a subsanar una pérdida neta, que es la ventana rota!
Esta miopía, pertinaz y arrogante, que se resiste a
abandonarnos, también está presente en algunos cálculos alegres –pero miopes-
que se hacen sobre el gasto público. De eso, si el paciente lector lo desea,
hablaremos mañana.