El nombre, el partido político y hasta el año de que se
trate es lo de menos: Se aprueba un nuevo presupuesto público, se anuncia que
los legisladores lograron más recursos de los que había propuesto originalmente
el Ejecutivo, se festeja esa victoria. ¿Victoria?, ¿para quién?
Es otro ejemplo de nuestra pertinaz miopía acerca de lo que
se ve y de lo que no se ve; lo que no se ve, lo que no se festeja, es –hay que
repetirlo- lo más importante.
Podríamos tomar multitud de partidas específicas del
presupuesto para mostrar no sólo que mayor gasto no significa, necesariamente,
mayor bienestar o la creación de un valor que antes no existía, sino que por lo
general hay una pérdida neta –para la sociedad en su conjunto- derivada de la asignación
de tales recursos.
Por una parte, existe el costo directo: El conjunto de los
contribuyentes ve mermados sus recursos propios en un porcentaje (llamémoslo
“T”) equivalente a la tasa neta final de impuestos, contribuciones y otras
cargas fiscales que paga. Por “otras cargas fiscales” me refiero a múltiples
costos asociados al gasto gubernamental: Disminución de recursos disponibles
para crédito (en la medida que el gobierno recurre a los mercados para
financiarse), presión sobre las tasas de interés, inflación derivada del gasto
improductivo y otras “añadiduras” más o menos costosas, como pueden ser las
corrupciones y las ineficiencias en el ejercicio del gasto público, e incluso
el costo de los controles burocráticos establecidos para combatir tales corrupciones
e ineficiencias. El político típico oculta “T”.
Por otra parte, en cada caso específico la elección de gasto
ha implicado múltiples renuncias al uso de tales recursos para otros fines
alternativos dentro del mismo presupuesto: Lo que destino a un gasto etiquetado
como “educación superior” implica gastar menos en otro rubro etiquetado como
“educación básica”. ¿Cuáles son los costos de oportunidad implícitos en esa
elección?, ¿acaso los legisladores hicieron una evaluación precisa y objetiva de
esos costos de oportunidad?
Y ello, para no entrar a discutir la inoperancia e
impertinencia de la mayor parte de los indicadores de resultados diseñados para
el gasto público, así como la muy escasa calidad de las herramientas de
medición aplicadas a tales resultados.
Esta miopía específica respecto del gasto público –y de su
contraparte: los costos fiscales para consumidores y contribuyentes- recibe el
nombre de “ilusión fiscal”. Es una ilusión que explotan con gran rentabilidad
esos grandes ilusionistas que son los políticos. El ilusionismo, ¿hay que
repetirlo?, consiste, entre otras cosas, en ocultar “T”.
Llegará el día, esperemos, en que al aprobarse un nuevo
presupuesto festejemos, entonces sí, auténticas buenas noticias: Que el gasto
público disminuya. No estaría nada mal; para variar.