Dejamos ayer la discusión
entre Bastiat y Lamartine
en donde el primero deshace los alegatos del segundo, mostrando que si en
efecto el arte –digamos, el teatro en París a mediados del siglo XIX- es
provechoso y genera no sólo empleos, sino que engrandece a la nación que lo
cultiva e ilustra a sus habitantes, NO requiere subsidios del Estado porque por
sí solo, sin estorbosas intervenciones de la burocracia gubernamental,
florecerá y prosperará.
No cabe duda que Bastiat y Lamartine discutían no sólo de una manera civilizada, sino
inteligente. El economista, con prudencia, no se metía a calificar la calidad
del arte para el que Lamartine pedía cuantiosos
fondos públicos; daba por sentado, con una gran generosidad, que tal arte era
“bueno”. Por su parte, el intelectual no incurría en groseros chantajes
amenazando con trastornar la vida cívica de Francia si no se cumplían sus
deseos. Por desgracia, en eso hemos retrocedido.
El acertado razonamiento de Bastiat
se funda en la constatación de una ley invariable, formulada por Santo Tomás de
Aquino: “El bien es difusivo de suyo”. No necesitamos subsidiar lo que es
bueno, porque lo bueno se defiende por sí mismo sometido al juicio del público
en su día y, más importante, al juicio de la historia, que vendría a ser el
mismo juicio popular decantado por la experiencia; experiencia que lo mismo
arroja desengaños que hallazgos insospechados.
¿Qué sucede cuando se nos dice que el arte requiere del
subsidio de fondos públicos porque en la práctica no logra florecer sin tales
ayudas? Sucede, entonces, que el promotor de tales subsidios y los políticos
que lo secundan incurren en una arrogancia inadmisible que ofende al público.
Sucede, entonces, que erigiéndose en jueces supremos de la belleza y de la
bondad, pretenden recetarle a la gente –a la fuerza–
lo que ellos consideran digno de encomio, aunque la gente lo desprecie o lo vea
con indiferencia soberana.
Esos tales se comportan del mismo modo que cualquier sátrapa
que pretende obligar al pueblo a “ser bueno” a su pesar, imponiéndole, por la
propaganda oficial o mediante la coacción, tales o cuales cosmovisiones y
prejuicios. Lo hizo Hitler, lo hizo Stalin, lo hace el régimen castrista en Cuba, lo hizo Mussolini, lo hace cualquier dictadorzuelo callejero
engreído con el delirio de que él, y sólo él, sabe lo que es bueno para todos
los demás.
Si no hemos de subsidiar lo bueno, que se defiende solo, ¿por
qué demonios deberíamos subsidiar lo malo o lo que es incapaz de imponer, por
su propia naturaleza, el imperio de su bondad?
No es lo mismo la obra de Víctor Hugo, el auténtico, que se
defiende sola y sigue dando frutos, que las obritas mediocres de algunos Víctor
Hugo menores y locales, carentes de talento para subyugar al espectador.